El chico del tren

borreguero

Hace no demasiados años, existía un tren (varios), denominado “el Borreguero”, con asientos de madera, redes prendidas al techo para llevar el equipaje sobre las cabezas…, cuya tarea era llevar a los jóvenes de 21 años desde sus provincias o partidos judiciales (donde estuviera su cuartel) a sus destinos para cumplir el servicio militar. Eran viajes que duraban, por lo general, días.

En uno de ellos, con más días de camino por delante, iba un muchacho de apenas 21 años que no pensaba en su destino sino en que, la noche anterior, había conseguido la promesa de un baile por parte de una esquiva chiquilla. Serían 15 meses mínimo y estaba convencido de que le esperaría, aunque le hubiera rechazado varias veces ya.

Después de su periplo por África, regresó y se arregló para ir a por su baile. La divisó en la discoteca, con su grupo de amigos. Nunca le habían dejado pertenecer por ser más pequeño. Tocó el hombro de la muchacha y le dijo “me debes un baile, he vuelto”. Ella soltó un suspiro y le dijo que cumplía las promesas. Bailaron y, ocho meses después, se dieron el “sí, quiero”. No se había equivocado cuando, a los 16 años, se cruzó con ella en el hospital tras ir ambos, sin saberlo, a ver al mismo bebé.

Montaron un negocio, comenzaron a prosperar, darse caprichos y, pronto, esperaban a su primer hijo. No podían ser más felices. Hasta que un día de marzo, el feto murió y ella casi pierde la vida entre gritos, lágrimas y dolores. Aquello los unió aún más. Un año y dos meses después, volvía a repetirse la historia. Su esposa se moría de dolores, sin dilatar y su esperada hijita se apagaba. No podía creerlo.

Quiso el destino que el doctor que la reconoció en su día, pasara por allí y le practicara una cesárea de urgencia. Ya eran tres y él no podía casi reaccionar, ¡qué miedo había pasado! Estaba tan en las nubes que le compró un chupete y un ratón, en vez de un biberón.

Llegó la primera Navidad, había que hacerle su primer regalo y tuvo una idea: ¿qué mejor que un scalextric, un tren rojo y verde? Todos le rieron la ocurrencia, sus sobrinos de 9 (aquel bebé), 7 y 6 años se lo agradecieron bastante. ¿Y la bebé?

Ella aún conserva un vagón rojo entre sus juguetes infantiles.

A mi padre

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¿Sólo un juguete?

La noche se le hacía eterna, estaba cansada de dormir. No podía abrir los ojos aún, pero sentía que un rayito de luz se colaba por una rendija.

Despertó y se encontró con esos ojos amables en los que podía ver su propio reflejo. Comenzaba la rutina, él le eligió un vestido precioso, como cualquiera de los que tenía. Aunque hoy le apetecía ir de rojo, no de verde. ¡Ojalá pudiera decírselo! El verde no estaba nada mal, pensó.

Le repasó el maquillaje y, al ver su sonrisa, supo que estaría preciosa, causaría sensación. Sin embargo, la dejó sentada delante de un espejo y, al verse, pensó que algo de colorete o un poquito de color en los labios le favorecería. Emitió un pequeño suspiro, ¡ojalá pudiera arreglarse ella!

Aunque no tenía razón para quejarse por detalles tan nimios como de qué forma ir vestida o maquillada, él estaba contento con ella y ella era feliz, ¿no? Había escuchado que si dudabas sobre tu felicidad, algo iba mal. Apartó ese pensamiento, era feliz, ¡Y era todo gracias a él!

Pasado un tiempo, él volvió arreglado, elegante y emanando una seguridad que no todos tenían. Hoy bordaría su actuación, no había duda. Sólo esperaba estar a la altura. ¿Podría equivocarse y hacerle sentir vergüenza? Imposible, sabía qué decir, estaba marcado en el guión.

Sintió su abrazo y cómo la reconfortaba, notó la aprobación en su cara y se sintió plena. La cuenta atrás comenzaba. Se abrió el telón y observó como todos sonreían; sus palabras salían al ritmo de las paradas de él, no olvidó nada de su texto. Todos reían, aplaudían y ella se sintió feliz otra vez.

Se apagaron los focos, podía notar el orgullo en la cara de su compañero pero, al llegar al camerino, su gesto se volvió serio. No le dijo “buen trabajo” o “estoy orgulloso de ti”. Hacía mucho que no se lo decía y comenzó a sentirse triste.

Sonó una melodía conocida y observó como él tecleaba sin parar, sonreía. Sólo significaba una cosa: se iría como otras tantas noches y la dejaría sola.

Le puso su modesto camisón, le lavó la cara para no dejar restos de maquillaje y la metió en la cama. Aunque… no sabía si podía llamar cama a una caja donde la dejaría prisionera hasta la próxima función.

¿No habría nada más en la vida de una marioneta?

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¿Esperando?

Suena el despertador. ¿Debería cambiarle la melodía? No merece la pena, el sentimiento de odio se impondrá sea cual sea la responsable de espantar al sueño. Irremediablemente, otra jornada comienza; cómo no, igual que todas las anteriores. ¿También las futuras? Tan rápido como aparece ese pensamiento, lo desecha. Pensar está prohibido desde hace mucho.

De modo automático, repite los pasos de todos los días y, con cada uno de ellos, es más consciente de su Realidad. Esa sensación de vivir en el día de la marmota es errónea. El tiempo y la vida avanzan, inexorables. Quien está en un estado estacionario, en una situación invariable, congelada en un punto,…, es ella.

Se sienta y rodea la taza de café humeante con sus manos. Mira por la ventana hacia un punto lejano y rompe su regla de no pensar. ¿Esto será todo? ¿Se repetirá siempre el mismo escenario, la misma rutinas y las mismas sensaciones, mientras todo sigue en constante flujo y transformación a su alrededor? ¿Sería algún día la vida más benévola con ella? Con esta última pregunta se siente egoísta y sale de su ensimismamiento. Toma un sorbo de su café y traga todas esas pastillas de colores.

Lleva tanto tiempo en ese limbo, en esa espera eterna que ya NO espera nada.

Belleza matinal

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Despertó con un ligero hormigueo en el brazo y sonrió al pensar que bien valía por tener la cabeza de ella tan cerca de él. Vio que su lado estaba vacío y una sensación de tristeza le invadió, pero sus ropas, sus zapatos,…, todo estaba desperdigado por la habitación. ¿Dónde estaría?

Comprobó que faltaba su jersey azul, el mismo que no le había dejado cuando Ella replicó que le haría frío por el pasillo con su fina camisa. No pretendió ser descortés, ¡cómo le gustaba esa camisa en ella! Sus botones traicioneros y… no se le ocurría otra prenda con la que estuviera tan seductora como aquella noche. Percibió sonidos al fondo del pasillo y encaminó hacia allí sus pasos, sigiloso se asomó a la cocina.

¿Qué le pasaba? Tenía la mente en blanco, paralizado ante la imagen que tenía delante. Unos pies pequeños y descalzos, unas piernas bien torneadas… y una melena ondulada y despeinada que caía sobre su grácil figura cubierta con el jersey azul. Daría todo por parar el tiempo en ese instante o, como mucho, unos segundos después, cuando Ella se volviera y le mirara con esos preciosos ojos negros…

De repente, los aplausos resonaron en el salón y se encendieron las luces. Allí estaba Ella, tan profesional, tan hermosa,… tan lejos en el escenario como lejana en el tiempo esa aún nítida imagen suya…