Límites ¿tendiendo a infinito?

¿Qué son los límites? ¿En qué pensamos? Algunos pensarán en límites de propiedad, sociales, del ecosistema, del planeta… posiblemente, en funciones matemáticas… Pero, ¿os habéis parado a pensar en los límites del cuerpo y, especialmente, en los límites físicos? Creo que nadie está preparado para ellos, que cuesta un trabajo tremendo hacerse a ellos. Bueno, más bien en aprender a convivir con ellos. No hace falta que estés limitado en una silla de ruedas o una cama de hospital tras un accidente,… Puedes tener límites en un cuerpo aparentemente sano, con movilidad y flexibilidad, sin que salga nada en una prueba médica, por ejemplo y que, después, la realidad sea otra. Que te encuentres atado a esa cama o a una distancia, unas horas, o a una simple actividad,… y no sepas cómo enfrentarlo o asumirlo. ¿Se puede estar más atrapado que en un cuerpo limitado físicamente? Este relato se va a centrar en el límite físico dominado por el Dolor.

Foto de Carlos Quezada (@carlosquezadaphotographer)

Puede pasar desde siempre o aparecer progresivamente. Incluso, sin más, creyendo que has tenido una lesión. Sin entender porque salen las analíticas y pruebas de imagen perfectas, sin ninguna fractura o luxación, que todo especialista al que se visite diga que no hay nada para impedir seguir con una vida normal. Sin embargo, no es verdad y por más que se intenta, es imposible. Y ¡ay de quien supere sus límites alguna vez! Pues sabe que lo va a pagar, que al día siguiente le dolerá todo, que terminará en esa cama o sofá que tanto odia; y estará dos días o tres o una semana sin ser él mismo, sin que su cuerpo responda. No hay plazos, no. No los hay cuando se trata de estos límites. Y eso bien lo sabe sólo el que lleva años intentando  ir un poquito más allá, recuperar su día a día, su fuerza, volver a “su vida”. 

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Tu vida sin dolor

Hace unos días se creó un grupo, alguien había tenido una idea y era festejar el 5º aniversario de @tuvidasindolor. El grupo para dar ideas, aportar, participar y darle forma se llamó Superheroínas con el avatar de “We can do it!” (pongo mi versión gatuna)

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Una de las iniciativas era hacer un pequeño vídeo con el avatar de Twitter de cada una y la palabra que nos sugería TuVidaSinDolor. A mí me salieron muchas pero hubo una que destacó y fue GRATITUD. Puede parecer algo rara comparada con comprensión, apoyo, refugio,… porque esas palabras que, tan divina y acertadamente, han puesto mis compañeros de #pacientesquecuentan, es lo que nos dais o lo que representáis para nosotros, también lo que sentimos. Y yo siento apoyo, siento que puedo refugiarme en los doctores, que me van a comprender, van a empatizar conmigo… Todo eso, sí. Si algo caracteriza a los que forman parte de TVSD es que restan de su tiempo para dárnoslo a nosotros sin horarios, sin problemas, sin reservas y estar ahí para lo que sea, cuándo sea, cuánto sea…

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Reencuentro

Había pasado mucho tiempo, “¿Tal vez demasiado?” Sí, demasiado, pero dicen que nunca es tarde. “Ojalá hubiera sido antes”. Borró ese pensamiento, era el momento y eso era lo que importaba. Ahí estaba, enfrente suya. ¿Cómo podía apenas no reconocer ese rostro?

Ese pequeño lunar en el arco de Cupido, ese hoyuelo en la mejilla derecha al sonreír. Esa sonrisa, ¡esa maravillosa y cálida sonrisa! La cual iba acompañada del arqueo de su ceja izquierda. Pero, sobre todo, era incapaz de comprender cómo había sido tan fácil olvidar el hipnótico brillo de sus ojos. Y sí, ahí estaba, mirando esos grandes ojos, hoy risueños por verle de vuelta.

Su corazón latía a más de 100 pulsaciones por minuto, no cabía duda. Sentía una especie de mariposas en la boca de su estómago, unas mariposas ya olvidadas y comenzó a llorar de emoción. Lloraba y sonreía mientras pasaba sus manos por ese rostro tan familiar y, después, por ese pelo rubio oscuro que parecía brillar como lo hiciera antaño. No podía ser, “No puede ser”…

Pasó a su cuerpo. Sí, ahí estaba el lunar de su clavícula, al igual que los puntos rubíes entre sus pechos y la cicatriz de su cesárea, esa que le picaba los días de lluvia pero que eran el recordatorio de su maternidad. Sus caderas eran algo más anchas; sin embargo, no tanto como le había hecho creer. Ni cánones ni no cánones, le encantaba lo que veía.

“Disculpe”, dijo una voz sacándola de su ensimismamiento, “si quiere otra talla de vestido se la acerco”. “Gracias, traiga el que usted decía, calculé bastante mal”, respondió con voz cantarina. Y así era, llevaba tanto tiempo aislada que había olvidado su reflejo.

Ahora, a kilómetros de su cárcel y carcelero, en un probador donde apenas entraban la sillita con su hijo de 3 años y ella, había tenido lugar un ansiado momento: el reencuentro consigo misma. Eran libres, era libre y se comenzaba a amar de nuevo.

Botella al mar, gracias

Si no os tuviera, estaría perdida. Perdida en vida, no me cabe duda. Cuándo hace casi 7 años decidí abrir mi primera red social, no sabía que estaba dando con ese chaleco salvavidas o ese bote de rescate para protegerme del frío océano que me rodeaba y comenzaba a aterir mi cuerpo y, sobre todo, mi Alma.

Midsummer Night's dream

Patricia Delgado by Alberto Oviedo

No sabía que esta red social sería mi barco, mi medio de transporte hacia Ítaca. Mucho menos, que algunos de vosotros me acompañaríais a pesar de atracar en islas en las que, si quisierais, podríais quedaros. Y tampoco sabía que cada uno de vosotros sería un eslabón de la cadena de ese ancla que permite que este barco se mantenga en rumbo, pese a las tormentas, pese a las horas de paz y descanso. Sé que no os ato pero que “algo” nos enlaza entre nosotros y que, muchos, lo pensaríais mil veces antes de cortar ese hilo.

Gracias por vuestra lealtad, vuestra amistad, vuestro amor e infinita paciencia, pues muchas veces, esta aprendiz de loba de mar suelta improperios cuándo la Tormenta se avecina y durante ella.

Vosotros sois capaces de calmarme, de trabajar en equipo conmigo, de sacar esa botella de ron después de haber salvado otra galerna, de que lleguen las risas y las ganas de baile.

Oksana Bondareva by Andrej Uspenski


Y alguno, a la vez, sois mi faro, mi estrella Polar.
Sé que es un mensaje breve. Puede que no demasiado pensado pero que sale de mi corazón sin miramientos, sobre todo después de los últimos meses.

Gracias por todo. Os quiero, chicos

La chica de la mochila

El “¡Cuánto tiempo, mi niña!” y los dos besos de una dependienta, el que le pregunte si salió de la ciudad o si sigue en ella, que la mire con tristeza al oír lo que tantas veces escuchó y que no cambia. Y que, seguidamente, la mire con admiración cuando le comenta qué hace y sus próximos proyectos. Que no sepa que ha estado quince minutos sentada en un banco, whatsappeando con un amigo, en lo que cogía fuerza para llegar a su tienda. Y que no sabrá que, tras despedirse de ella, la podrá encontrar en el bar de siempre, ese que queda cerca de su casa, en plena cuesta y que le da la vida para no hacer todo el recorrido de un tirón.

El saludo de la camarera. Su mirada mientras repite su ritual: elegir mesa, quitarse la mochila, sacar un cojín y colocarlo en la silla justo antes de ir a la barra y pedir. Su sonrisa cuando la ve sentada con un boli en la mano y una libreta, sin abrir; y cuando le sirve su café. Ella nota su escrutinio cuando comienza a escribir o a mirar al vacío concentrada. Su “hasta luego, guapa” cuando la chica de la mochila, siempre risueña y amable, se marcha. No cojea pero  ve sus muecas y como ajusta su cojín según mejor le vaya. Algún día preguntará. ¿Qué le pasará?

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Eso mismo se pregunta el conductor del autobús. Lleva meses viéndola coger su línea, cargada con la mochila, y bajar siempre en la parada del Hospital. ¿Hará noches con algún familiar? ¿Irá ella a rehabilitación?

Ella es consciente de esas miradas pero son mejores que las que recibía por no dejar el sitio a los mayores. No siente que deba justificarse pero comenta educada a quién le pregunta. Ahora, va cómoda. No como antes, sufriendo en cada cafetería, transporte o la silla de casa para sentarse a la mesa.

Ella se acostumbró a sus mochilas -tiene varias-,  a sus cojines lumbares -tiene dos- y se acostumbró al escrutinio de la gente. Esas miradas pasaron de la curiosidad a la costumbre entre los que la ven todos los días. Porque esos cojines, sin pretenderlo, cuentan ya la historia de una chica con una gran mochila a la espalda: el dolor crónico.

*relato escrito en una servilleta, la libreta no se abrió esta vez.

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