En soledad

banco

Quería verla, necesitaba saber que estaba bien. Le había destrozado el corazón y creía no ser capaz de sostenerle la mirada, pero ¿cómo iba a soportar la culpa de no saber ni cómo estaba?

Cogió su teléfono móvil y pensó en qué poner, las letras iban apareciendo, formando palabras pero no las suficientes… le faltaba espacio. Mejor dicho, le faltaba valor para querer reducirlo todo a 160 caracteres. Debería llamarla, oír su voz. Si embargo, el temor de no ser atendido le echó para atrás. Se sentía atado.

Necesitaba salir, organizar sus ideas y pensar, sobre todo pensar. Pensar en qué iba  a decirle, en cómo se iba a enfrentar a ese momento, al comportamiento que se espera de él. Necesitaba analizar si, con el hecho de transmitirle sus ganas de conversar, Ella concebiría falsas esperanzas.

Se moría por dar marcha atrás a todo y desdecirse para intentar que Su Historia volviera a ser la misma, pero sabía que lo mejor era que Ella volara. Que no se aferrara a esos sentimientos que Él tendrá que negar.

¿Y si no actuaba? ¿y si dejaba que fuera ella quien marcara el ritmo? ¡No, eso sería una locura!  Ella podría aparecer con el discurso de que todo estaba bien y era Él con quién quería pasar el resto de su vida. ¡Eso no podía ser! Porque Ella le miraba con otros ojos. Veía cosas en Él que ni los demás, ni él mismo veían y tarde o temprano se daría cuenta de que no había nada bueno en Él. Nada, no podía dar pábulo a eso…

“A la mañana, hablaré con ella y la veré, espero…” pensó, mientras se rendía al sueño…

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