Una historia de dos I

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Esta es la historia de dos jóvenes, nacidos a principios del siglo XX, que sólo tenían clara una cosa: vivirían el uno junto al otro, superando todas las pruebas que les pusiera la Vida.

Él era el segundo hijo de uno de los matrimonios más ricos del pueblo, baste decir que contaban con servicio doméstico, tierras y ganado. Económicamente, el pueblo estaba endeudado pues sus habitantes habían asumido el pago de las tierras al Marqués. No obstante, el trueque era la “moneda” de cambio y gracias a su buena posición, su padre pudo darles una educación.

Era rubio y de ojos azules, además de educado, inteligente y muy trabajador. Estaba muy bien considerado en el pueblo y las mozas lo veían como un buen partido. Sin embargo, él sólo tenía ojos para una prima lejana suya, morena de ojos avellana, guapa y muy respetada. Todas las tardes, conducía a las vacas al abrevadero justo a la hora en la que ella iba con las cántaras a por agua. Así, entre turno y turno, hablaban y galanteaban.

Ella era la tercera de seis hermanos, decidida, algo caprichosa pero de muy buen corazón. Sus dos hermanas mayores, sirvientas de una familia pudiente en Cuba, le habían dejado como la mayor y modelo a seguir por sus otros hermanos; además de responder por todos ante sus padres. No le gustaban las faenas del campo, pero ni se le caían los anillos ni dejaba que nadie fuera más eficiente que ella. Lo que esperaba al final del día era ir a por agua, a la fuente, para poder ver a ese rubio de mirada sabia.

Según la tradición del pueblo, en la víspera de las Fiestas, los muchachos dejaban flores a la puerta de las muchachas que querían pretender y ramas de higuera a las que eran antipáticas o poco agraciadas. En la fiesta de 1928, ella se encontró con un bonito ramo de flores y supo que esa noche bailaría con él. Durante esa noche, en el baile comunal, él con 16 y ella con 17, se convirtieron en novios aunque quedaba el visto bueno de los progenitores. No hubo problema, eran los dos chavales más respetados y decentes del pueblo, no había mejor pareja para ninguno de los dos.

Tres años después, él tuvo que enfrentarse a la pérdida de su querida madre. El luto le resultó muy duro, estaba demasiado unido a ella y sin su presencia se sentía perdido. No habían pasado dos meses, cuando su padre contrajo matrimonio con la sirvienta de la casa. Ante la oposición de sus dos hijos, el padre los desheredó y echó de casa.

Sin saber cómo sería su futuro, decidió dejar el pueblo. Antes de marchar, habló con ella y ésta le prometió que le esperaría. No eran más que unos chiquillos, tenían la vida por delante y no se veían con otro compañero de camino. Terminó encontrando un trabajo en un pueblo cercano como criado y, en otro a unos 10 km, como pastor. Durante unos años, su vida sería ir de un pueblo a otro, trabajando tanto tierras como casas, pasando frío, durmiendo al raso o en un pajar y juntando el poco dinero que ganaba. Todo esfuerzo merecía la pena para poder construirse una casa para él y su futura familia.

Pasarían años hasta que pudieran hablar de futuro, si bien se veían siempre que el pobre muchacho podía acercarse a su amado pueblo y pasar un tiempo en casa de su hermano, ya casado por aquel entonces.

Continuará…

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