Una historia de dos II

anilloboda

Sobre 1935, regresó al pueblo. Su padre, engañado por su actual esposa, estaba enfermo y en la ruina. Ella quiso cobrarse los años de servicio, vendiendo los muebles y robando el dinero poco a poco. Junto con su hermano y su cuñada, lo cuidaron y también velaron el día de su muerte, todo estaba perdonado.

Como su hermano disponía de una buena casa, la familiar le tocó en herencia a él y comenzó a reformarla. Le ilusionaba arreglar desperfectos, echar suelo nuevo, cambiar vigas,… siempre que su trabajo de criado se lo permitía. Sin embargo, en unos meses se desataría la Guerra que paralizó a España y los planes de boda de la pareja, ya comprometida, quedaron en el aire.

Como la mayoría de los hombres de este país, se vio reclutado por uno de los bandos y desde 1936 a 1939, estuvo destinado a la caballería, en la retaguardia. Como hombre de palabra y de hechos, diplomático y mediador, pronto llegaría a cabo. Durante ese tiempo, las cartas eran el único medio de comunicación y lo que podía sacarle, aunque fuera unos minutos, de los desastres y tristeza que le rodeaba. Sus dos cuñados, uno aún menor de edad, también estaban reclutados pero destinados a otros lugares de la geografía.

Ella se limitaba a esperar, a sacar adelante a su familia y asistir impotente a cómo los carros de ambos bandos pasaban a por los mozos del pueblo. Gracias al correo, sabía de la suerte de sus hermanos y su prometido. Cuando recibió una postal con la foto de su amado vestido de uniforme: peinado impoluto, botas lustrosas, pantalones bombachos y gesto serio, la guardó en su devocionario y nunca más lo sacó de allí.

Uno de sus hermanos resultó herido de gravedad. Tras meses de angustia sin noticias, recibieron una carta en la que él mismo relataba cómo fue socorrido por una familia pudiente, durante su recuperación había surgido el amor entre él y una de sus cuidadoras y esperaba el final de la guerra para casarse y establecerse por el norte.

En una de las cartas, le llegó un anillo de hojalata. Su prometido le contaba que el mismo había fundido el metal y le había dado forma. Era su manera de decirle que volvería para casarse. Y ella no se lo quitaría hasta el mismo día de la boda, esperaba.

El final de la Guerra llegó el 1 de abril de 1939, él volvió a casa el 4 de abril. El 5 de abril asistieron a la boda de sus mejores amigos, una pareja que siempre estaba con ellos y con los que se daban celos cuando tenían alguna riña. Ellos, por fin, con 27 y 28 años, se casarían el 6 de abril en una sencilla ceremonia. La austeridad obligada por la guerra les quitó celebrarlo con antevíspera, víspera, boda y tornaboda como era la tradición. Pero eso no importaba, podían decir que eran marido y mujer.

Llenos de ilusión y confiando plenamente en sus sentimientos emprendieron una nueva etapa, pues el matrimonio no era el final feliz… sino el principio.

Continuará (ya dije que no era el final, je)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s