Casi al límite

Hoy es una de esos días en los que el Dolor quiere ser protagonista único. Nada más abrir mis ojos, después de una noche sin despertares, lo sentí. Primero empieza dando pinchazos en el tobillo, creo que lo hace para que me centre en esa pierna; después sube por el exterior de la pierna hasta la rodilla, igual que si alguien pasara una cerilla cerca. Y, por último, se centra en el muslo y las lumbares, dejando un rastro permanente que se va agudizando hasta que estoy completamente despierta.

La culpa en parte es mía, he despertado boca arriba y esa postura es la peor que puedo coger… mi cuerpo no aprende, baja la defensa cuando me ve algo más valiente. Hora de levantarse. Al extender los brazos noto las manos torpes y cierto dolor en el antebrazo, se ha despertado también ahí. Muevo los dedos, me masajeo los antebrazos duela lo que duela,… y me incorporo. Hora de dar un paso…

La planta del pie se rebela, ¡ni que hubiera ido en tacones toda la noche!. “No pienses en que duele, avanza, avanza”, hago como que no existen (aunque se hacen notar demasiado) y consigo llegar, a velocidad crucero (¡ojalá!) a la cocina para tomar la medicación. Miro la hora, tocaría ir al gimnasio. Es una de las cosas que me va bien, a pesar de las contracturas y el incremento de dolor que acuso al cabo de unos días. Aún así, el dolor que siento es demasiado, mi ánimo también lo nota.

Normalmente, estoy siempre dispuesta a salir de casa. Quitando las semanas de ciática intensa, no he dejado de caminar… aunque me canse, aunque me agote, aunque no consiga llegar a 20 metros. Cada día ha sido una prueba, cada metro ganado por la ciudad ha sido un logro y cada hora fuera de casa o sentada en algún local ha sido motivo de orgullo. Pero… hoy no lo veo factible. He llegado al tope, toca hacer una llamada…

Oigo su voz amable, me pregunta por mi día y si estoy bien. Me reprende un poco por no haber salido un poco, ahora que hace sol, pero noto su sonrisa de comprensión. Mañana, mañana aunque me cueste tengo que pasarme por allí, por su consulta… Me hará daño, encontrará cada punto doloroso, incluso aquellos a los que no les doy importancia porque duelen pero poco. Llegaré a casa agotada, dolorida y, posiblemente, duerma toda la tarde. Pero el jueves seré otra, estaré ágil y saldré, dibujaré una sonrisa en mi cara y haré como si el dolor no existiera.

Hasta entonces, no me queda más que tener paciencia, entretener la mente con otras cosas y pensar en que mañana estaré mejor. Para bien o para mal, tenemos que convivir el uno con el otro y, sinceramente, revolverme contra él no funciona. De hecho, el convivir con el dolor me ha hecho replantearme muchas cosas y cambiarlas también.

Pero eso, para otro día…

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