Despierta

reflejo

Como quién despierta de un largo letargo, le pesaban aún los párpados cuando el sueño le abandonó. Debió dormir muchas horas, pues la luz entraba a raudales a través de la persiana. Se incorporó y sintió sus piernas muy livianas, pero no podía con el peso de sus zapatillas… Sintió el frío de las baldosas en sus pies desnudos y le encantó esa sensación. Notaba que su ánimo era distinto, su cuerpo estaba más relajado.

Se miró en el espejo y se sorprendió de sus ojos brillantes y gesto relajado, ni un resto de preocupación o sufrimiento en su rostro. No fue capaz de abrir el grifo, algo empezaba a no ir bien. Sintió el ruido familiar de llaves y cómo alguien entraba en su casa, se asomó al pasillo y sofocó un grito.

Era Ella misma quién se estaba quitando el abrigo y el gorro, hasta la bufanda era la que se tejió en el otoño. Veía su gesto cansado, sus ojeras pronunciadas y esa mirada huidiza de quién está en sus propios pensamientos. Se siguió al salón, miró el reloj y, a esa hora, tanto ella como su otro yo debían estar en el trabajo. No, espera, recuerda que está de baja pero no sabe el por qué.

La despista el sonido de un llanto, está llorando tendida en el sofá. Siente un vacío y, al mismo tiempo, un nudo en su pecho que la supera, no le gusta estar así. No se gusta estando así. Se acerca al sofá “Cuéntame, cuenta lo que te pasa, no puedo verte llorar”. Su otro yo se seca las lágrimas, va hacia su escritorio y empieza a escribir.

Ella lee por encima del hombro. Recuerda, siente, pasa de ver las letras a las escenas, a revivir todo otra vez… no se merece ese castigo. Por primera vez lo está viendo todo desde otro punto de vista, más lejano aunque las malas sensaciones la estén acechando. Se ha echado demasiado peso encima, se ha exigido mucho, ha caído en el menosprecio a sus logros y en la consideración exagerada de sus pequeños fallos. Ha asumido culpas de otras personas, ha dejado que acaben con su moral, dándoles la razón.

“Ésto tiene que cambiar, escúchame…” Aconseja, remarca, le vuelve a hacer partícipe de esas escenas sin dejar que la arrastren a ese vórtice de desesperación. Le transmite ánimo, le consuela, le recuerda cuál es su verdadera naturaleza y qué está en su mano y cuál no. Su otro yo había perdido el rumbo y navegaba por el mar de la desolación. No debía volver a pasar.

Se siente cansada, nota como si toda su energía se hubiera gastado, necesita echarse.. Su otro yo le acompaña hasta la cama, la arropa. Ella cae en un sueño profundo… Se despierta, la luz entra a raudales a través de la persiana. Se incorpora y pone en pie notando el frío suelo, reconoce que esa sensación le encanta.

Pasa a refrescarse antes de ir a por el desayuno, se mira en el espejo y una sonrisa se dibuja en su rostro: no hay ojeras, no hay ojos vidriosos… la alegría ha vuelto a ella. Se pregunta qué habrá pasado, qué habrá soñado pero, por primera vez en mucho tiempo, siente cómo si hubiera recuperado una parte importante de su ser.

Abrigo, gorro, llaves… ¿y la bufanda? “En el salón, tal vez”… Ahí está, en el escritorio, junto a unas hojas escritas de su puño y letra. Lee las primeras líneas y las rompe, se acabó. Sale de casa dispuesta a comerse el mundo, va a volver al trabajo, siente una ilusión renovada. Está a gusto consigo misma y hará lo imposible por estar así cada día.

No sabe qué o con quién soñó, pero ahora es otra. Una versión mejorada de Ella misma, nada será capaz de arrastrarla al fondo otra vez.

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