Primeras alarmas

Era la primera vez que iba a hacer la compra y se preguntaba cómo reaccionarían las vecinas al verle entrar. Su nieta pequeña le acompañaba, iba contándole las aventuras del día anterior. Le encantaba esa complicidad y no se cansaba de que ella le relatara todo un día de colegio o cómo había ganado una carrera con la bici. Cuándo quiso darse cuenta, ya estaban en la puerta del supermercado.

Abrió la puerta y sonó una dichosa campanita, pensó “no podía entrar en silencio, no”; todos se giraron y le miraron con cara de sorpresa. Tuvo que explicar que su esposa no se encontraba bien y se había ofrecido, como si fuese un delito que un hombre se ocupase de eso. El dependiente le acompañó por toda la superficie y se ofreció a llevarle la compra a casa por si le daba vergüenza. ¡Lo que había que oír!.

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