En alerta

Habían pasado unos meses desde que el médico le dijera “son cosas de la edad, algo de demencia pero no te asustes”. Sin embargo, el comportamiento de su esposa iba volviéndose más extraño. Quién se ocupaba de las comidas era él, entre preguntas y despistes de ella conseguía hacer algún plato, nadie se extrañaba de verle ir y venir con su carrito de la compra, ir al médico por los dos y llevar las cuentas de la casa.

Una mañana le extrañó que, al despertar, ella no estuviese levantada. Se giró para mirarla y estaba con los ojos abiertos y la mirada fija. Le habló, la movió, pero ella seguía igual. Recordó que él estuvo así unos años atrás, cuando le dio la trombosis que lo tiró de su burra. Intentó levantarse lo más rápido posible pero la edad no perdona y menos con esa dichosa enfermedad que le diagnosticaron, Parkinson o algo parecido. Intentar incorporarse le costaba y el abotonarse una camisa le suponía todo un reto. Cuando quiso llamar por teléfono, ella reaccionó y le preguntó extrañada si había fuego o iba a fugarse de casa. Ella y su dichoso humor, qué alivio sintió al “verla” de vuelta.

Pasaron los días y observó que se quedaba con las palabras en la punta de lengua, no conseguía acabar ninguna frase sin que él tuviera que decirle la palabra justa. El médico decía que era “normal” pero algo se podría hacer, ¿no?. Decidió hablar con una de sus hijas, ya no podían estar solos y su madre iba para peor.

Aprovechando las fiestas, los reunió a todos y dejó que su hija lo propusiera. Sabía que su mujer no cedería en su orgullo y saltaría con lo de valerse por sí mismos. Fue algo tenso, veía reproche en sus ojos. ¿Cómo no iba a adivinar que la idea era suya si llevaban juntos desde los 15?. Finalmente, decidieron que rotarían cada mes para que parecieran visitas “largas”, 4 meses en la capital con los hijos que trabajaban y 6 en su casa con las hijas que podían desplazarse. Era un cambio duro pero necesario.

Pasados dos meses, ella despertó muy distinta: se le trababa la lengua y tenía un lado casi paralizado. El viaje hasta la capital se le hizo eterno y, para colmo, no lo dejaron estar en el hospital. Sus hijos podían llegar a ser muy pesados y cabezotas, aunque reconocía que estar con sus nietos le ayudó a rebajar la ansiedad. El diagnóstico: le había dado un derrame cerebral y podría recuperar algo de movilidad, para lo del lenguaje había que hacerle unas pruebas. Nada, cosas de la edad… Dichoso soniquete, parecía que rebasando una cifra todo era cosa de viejos, eso le enfadaba. Sus temblores habían remitido y sus pies ya no se arrastraban tanto. Si había remedio para eso, bien podría haberlo para lo de ella. Habría que resignarse, los avances médicos estarían por llegar y ojalá llegaran.

En cuanto apareció por la puerta, la llenó de besos y no se separó ni un minuto. Ella le dijo “¡Quita, sofoco! ¡qué eres un sofoco!”. ¡Una frase sin trabarse que le arrancó una carcajada!. Sus nietos también reían, la abuelita se pondría bien.

Qué poco sabía que, en poco tiempo, esa sería una de las pocas frases que le sacaría…

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