Recordando… Olvidando

Despertó y, como cada mañana desde hacía un tiempo, dedicó unos minutos a recordar. Su vida no había sido fácil pero ella siempre había estado ahí, era su motor. Recordaba sus primeros bailes, los encuentros en el abrevadero,…, hacía poco tiempo se lo había contado a sus nietos como una historia de dos. Quién iba a decirle que formarían una familia tan grande y llegarían a conocer a su primer bisnieto. Sonrió.

Se giró en la cama para darle un beso como cada mañana y volvió a encontrarse con su mirada vacía. Eso le rompía el corazón, miraba sus ojos pero no la veía, su mujer no estaba allí. Había recuperado algo de movilidad y habla, sin embargo, los periodos de tiempo en los que estaba ausente iban a más. Unos días le preguntaba por el ganado, otros le decía que tenía que ir a casa de sus padres,…, siempre le descolocaba porque, en cuestión de segundos, volvía al presente y le preguntaba dónde había estado. A ver que le deparaba ese día…

Sus hijos le habían explicado que se trataba de una enfermedad llamada Alzheimer, según ellos su mujer se iría olvidando del pasado reciente hasta el punto de irse mentalmente muchos años atrás. Le dijeron que tuviera paciencia y le siguiera el juego si ella hablaba de sus padres, si le hacía en la guerra o si no recordaba que estaban casados. ¿Cómo se hacía eso? ¿Cómo se prepara uno para ver cómo uno de los seres que más quieres te olvida? Los olvidaría a todos y todo lo vivido. ¿Se daría cuenta ella?

Como cada día, después del desayuno, cogió uno de los cuentos que su nieta pequeña tenía. A él nadie le leyó cuentos de pequeño, así que ¿por qué no leerlos con el tiempo del que disponía? Además, había otra razón… Cuando leía cuentos o sus queridas novelas de western, ella se enfadaba. Podía pasarse horas ensimismada pero cuando volvía en sí, le regañaba. No sabía si era porque leía o porque no le hacía caso, aunque le daba igual si la hacía reaccionar. Después, le daba un montón de besos hasta que le sacaba un “Sofoco” y con eso se contentaba.

Ese día pasó dentro de lo que se había vuelto “cotidiano”. Sin embargo, semanas después, su esposa dejaría de hablar. Se tiraría horas en su propio mundo o en ninguna parte, intentaría hablar, se frustraría y frunciría el ceño hasta volver a marcharse. Tendría reacciones parecidas a las de un niño pequeño cuando reconoce a quién tiene delante, abriría los ojos con sorpresa e ilusión, sonreiría como sólo ella podía y acariciaría la cara de esa persona al tiempo que intentaba decir su nombre. Después, se volvería a marchar. Era una enfermedad muy dura, sólo esperaba que ella no fuera consciente. Su esposa estaba desapareciendo, estaba con ellos y al mismo tiempo no.

Un día dejó de caminar, de comer sola, se le había olvidado caminar y coger los cubiertos, era como un bebé asustado. Sus hijos, nietos y hasta su bisnieto, de poquitos años, se deshacían en mimos con ella, había amor en esa familia y daba gracias por tenerlos a todos. Veía el dolor en los ojos de todos y él notaba su comprensión, aunque nadie pudiera ponerse en su lugar. El amor de su vida se estaba agotando lentamente, la besaba, le cogía la mano, le recordaba anécdotas de los dos y ella le miraba como a un extraño.

En el frío mes de diciembre, estando en su casa, ella se apagó del todo. Al calor de la lumbre, mientras sus hijas le hacían la comida y él leía una de sus novelas, ella se quedó dormida. Al levantar la vista, la vio con los ojos cerrados y una sonrisa en sus labios. Entonces lo supo, su querida esposa se había marchado.

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