Siempre presentes

En las últimas entradas: Primeras alarmas, En alerta y Recordando… he intentado recoger cómo el Alzheimer llegó para quedarse en nuestras vidas. Contado desde el punto de vista de mi abuelo, con algo de la inocencia que yo tenía por esa época (era una niña cuando empezó y no había tanta información como ahora) y algo de la conciencia de esta enfermedad que tengo ahora.

A día de hoy no sé cuánto llegarían a sufrir los dos. Todo apunta a que mi abuela olvidó todo, pero sólo espero que en ese proceso, la conciencia de su deterioro no fuera demasiada. Aún así, me cuesta creerlo por los momentos en los que luchaba por hacerse entender y en los que veías ese brillo en su mirada al reconocerte. Mi abuelo tuvo que ser testigo de cómo esa chiquilla vital y de carácter, a la que había querido desde siempre y con la que había formado una familia, poco a poco desaparecía ante sus ojos.

Tampoco soy capaz de hacerme una idea de lo que han sufrido verdaderamente sus hijos… Sólo puedo poner voz a mi sufrimiento e impotencia como nieta. Mucho de lo que soy se lo debo a ellos. Me criaron los primeros años y, después, iba todos los fines de semana a verlos con mis padres. Sin olvidar los veranos, en los que no había quien me sacara del pueblo y de su casa.

Por mucho que los adultos intentaban quitarle hierro al asunto, nosotros nos dábamos cuenta. Subestimamos la percepción de los pequeños de la casa. En mayor o menor medida, fui testigo de cada etapa, de cada despiste, cada accidente cerebral con el que se nos iba escapando más y más. Veía el vacío en sus ojos, sus enfados cuando no podía hablar, su alegría al reconocerte,…, y también el desconcierto, la pena y el dolor en mi abuelo y todos sus hijos. Ver cómo dejaba de ser ella misma fue durísimo. La mimamos cuánto pudimos, le hablábamos despacito, la besábamos cada vez que enfocaba la mirada en nosotros. Le contábamos nuestro día a día,… pero, sobre todo, la mimábamos.

Cuidar de un enfermo de Alzheimer quema, hay veces que te puede, te sobrepasa,… no sabes cómo será el día siguiente. Lo único que sabes es que se irá apagando cuál vela y no podrás hacer nada. Nadie debería verse negado de sus recuerdos, de los suyos, de lo que es. Todas las enfermedades son duras, pero sobre todo aquellas en las que sabes que sí o sí el final está a la vuelta de la esquina. Confío en que un día pueda tratarse, saber qué lo desencadena, cómo se puede frenar,…, Porque, con el corazón en la mano, os digo que deja una huella muy profunda.

Eso sí, mientras mi memoria me acompañe, los recordaré sonriendo, peleándose por quién hizo trampa con los triunfos de las cartas o, mejor, notando el amor y la ternura que había en los ojos de mi abuelo cada vez que la veía. Siempre presentes.

(También son los protagonistas de “Una historia de dos”)

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