Destino

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Érase una vez una aldea en la que sólo tenían cabido la envidia y la codicia. Sus habitantes sólo miraban por su bien personal y la desconfianza era el sentimiento más extendido. Los padres educaban a sus hijos en tener más que los demás, en no perder el orgullo y creerse los mejores. Los hermanos competían entre ellos, intentando demostrar que eran el hijo más avispado. No había amigos, sólo vecinos fastidiosos y metomentodo. Las parejas se unían por interés y sólo entendían de proteger a sus “cachorros” con uñas y dientes.

Como ya sabréis, toda regla tiene su excepción. Así que, un día luminoso de verano, el destino quiso que naciera un niño diferente a todos. Era el pequeño de 6 hermanos y ninguno de ellos, ni siquiera sus padres, habían sentido tanto amor por alguien como por él. Cuando su madre pasó la cuarentena, salió a mostrárselo orgullosa a sus vecinos. Para la sorpresa de todos y cada uno, sintieron un cariño inmediato por el bebé; no se lo explicaban y nadie hablaba de ello por orgullo. No obstante, cuando lo veían, sus miradas se dulcificaban y una sonrisa se formaba en sus labios.

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