Destino

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Érase una vez una aldea en la que sólo tenían cabido la envidia y la codicia. Sus habitantes sólo miraban por su bien personal y la desconfianza era el sentimiento más extendido. Los padres educaban a sus hijos en tener más que los demás, en no perder el orgullo y creerse los mejores. Los hermanos competían entre ellos, intentando demostrar que eran el hijo más avispado. No había amigos, sólo vecinos fastidiosos y metomentodo. Las parejas se unían por interés y sólo entendían de proteger a sus “cachorros” con uñas y dientes.

Como ya sabréis, toda regla tiene su excepción. Así que, un día luminoso de verano, el destino quiso que naciera un niño diferente a todos. Era el pequeño de 6 hermanos y ninguno de ellos, ni siquiera sus padres, habían sentido tanto amor por alguien como por él. Cuando su madre pasó la cuarentena, salió a mostrárselo orgullosa a sus vecinos. Para la sorpresa de todos y cada uno, sintieron un cariño inmediato por el bebé; no se lo explicaban y nadie hablaba de ello por orgullo. No obstante, cuando lo veían, sus miradas se dulcificaban y una sonrisa se formaba en sus labios.

El niño fue creciendo y resultó ser el más perfecto habitante de la aldea. Siempre acataba las órdenes de sus mayores sin rechistar, ponía paz en las peleas entre sus hermanos, preguntaba por todo a su alrededor y los mayores le explicaban con el pecho henchido,… Estar a su lado era tener una paz inmensa y todas las rencillas se olvidaban. Contaba con el apoyo incondicional de sus mayores, pero la envidia atroz de los niños.

Él nunca se quejaba pero sólo recibía desprecios. Nunca le avisaban para ir a jugar a la alberca, se reían de él por sacar buenas notas, por ser elegido el monaguillo de la parroquía,… Era el objeto de todas las bromas pesadas y nunca se enteraba de lo que pasaba en la pandilla, sus hermanos salían en su defensa pero él no era feliz. Muchas veces deseaba ser como ellos: saltarse las normas, pensar sólo en su beneficio, hacer trampas… pero no le salía, sería siempre el perfecto perdedor.

Un día, hablando con una de las vecinas más influyentes, le comentó que estaba harto de ser el último, de que lo trataran como un pánfilo,…, estaba empezando a sentirse encasillado, sin posibilidades de salir de su molde de perfección. Ella le dijo “naciste así, ese es tu papel en la vida, no puedes hacer nada”. Aquella respuesta no le gustó en absoluto, ¿se nace ya predestinado? ¿acaso era una hormiga obrera condenada a no aspirar a más?

Se puso a caminar pensando en ésto y, sin darse cuenta, se alejó de su aldea. Por el camino, encontró a un anciano sentado en la pared de una de las tierras. Éste, al verle con el ceño fruncido, le preguntó que le pasaba. Tras escucharle le dijo:

“Que nadie te inculque que no puedes cambiar las cosas, todos podemos cambiar nuestro destino y buscar la felicidad. Sal de la aldea, deja el molde en ella y recorre mundo, sigue a tu corazón”.

El muchacho siguió su consejo, dejó su aldea y la idea preconcebida que tenían de él. Llegó a otra aldea mayor, sin esforzarse por mostrar quién era, fue repartiendo sonrisas, consejos, consuelo a quién veía abatido… no hacía nada con lo que se sintiera incómodo. Por primera vez, era él mismo y, con gran alegría comprobó que todos le aceptaban y querían. Incluso cuando sus consejos no eran acertados, sus errores no se tenían en cuenta y le ayudaban a mejorar.

En su larga vida, nunca se arrepintió de la decisión que tomó. A todos los pequeños les decía que tenían la fuerza y voluntad necesaria para conseguir lo que se propusieran en la vida, sin herir a nadie y aprendiendo de cada obstáculo. Al igual que aquel anciano hizo con él.

Aunque os veáis limitados, perdidos, infelices,… tened en cuenta que tenemos una voluntad y capacidad de superarnos de la que no somos conscientes. Una vez un amigo me dijo “es que tú eres fuerte y yo no”. Le contesté que yo no lo veía así, no era cuestión de fuerza sino de confianza en ti mismo para superar los obstáculos. Todos somos mucho más fuertes y valientes de lo que nos creemos y todos tenemos algo que aportar a los demás. ¿No os parece?

No sé si el destino nos fija un principio y un final, pero en el camino que seguimos tenemos mucho que decir.

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