Sal del molde

molde

En destino quise hablar un poco de las dos cosas:

  • cómo nos encasillamos
  • cómo somos dueños de nuestro destino

Pensaba desarrollar los dos puntos porque, tal vez, la idea no se ve demasiado en el relato. Veréis, si os paráis a pensar un poco llegaréis a la conclusión de que tenéis un papel en vuestra familia, vuestro círculo de amigos y que, por varios motivos, lo aceptáis casi sin ser conscientes.

Tenemos etiquetas como “el responsable”, “el que no tiene remedio”, “el inteligente”, “el pesimista”, “el líder”,… Y podemos optar por seguir con la etiqueta si no nos molesta o romper con ella y sentirte libre. Paso a poner ejemplos:

En un grupo muy amplio de amigos, había dos personas indispensables: “el líder” y “el co-líder”, puede que os suene de “Pulseras rojas” (la genial serie de Albert Espinosa), pero en casi todas las pandillas están. Cuando estaban juntos, lo decidían todo entre los dos y los demás lo acataban sin rechistar: eran los líderes, ¿para qué idear si lo hacían ellos?.

Un día, los dos líderes conocieron a un chico que tenía anécdotas para todo y mucho carisma. Lo integraron en el grupo y pasó a ser “el imprescindible”. Desde su llegada, sí él no estaba, el grupo no se divertía. Cuando estaba, todos le pedían alguna anécdota para reírse y terminó convirtiéndose en “el bufón”. Tenía la sensación de ser popular pero todo era un espejismo. Si no estaba pendiente del grupo, el grupo no se molestaba en estar pendiente de él. Sólo servía para entretener, triste.

También aceptaron a una chica que se caracterizaba por no tener pelos en la lengua. Se suponía que era libre de hacer lo que quisiera. Su etiqueta era la de “ya sabes como es”, etiqueta destinada a gente a la que se les perdona todo porque no puede morderse la lengua, son así y punto. Esa etiqueta le entusiasmaba, podía decir lo peor de cualquier persona o tema y no le era tenido en cuenta. Salvo cuando se encontró con:

“la sosa” que le reprendía cualquier comportamiento excesivo, que no se reía con sus insultos y que la miraba mal cuando, sin importarle ningún sentimiento, ilusionaba a unos para dejarlos por otros. “La sosa” sabía que lo era porque no encajaba con ellos. No seguía órdenes de los líderes; nunca le pedía anécdotas al bufón (quiso conocerlo de verdad); y nunca aceptaba que por ser como era, la otra tuviera el perdón de todos.

Pero la sosa resultó también ser “la perfecta” para su familia, “la cría perfecta” para los mayores,… todas sus etiquetas incluían la perfección. Ella se sentían bien con su forma de ser, era responsable, seria, abierta con quien se lo merecía, callada y observadora con los que no se identificaba, le encantaba no bajar de notable o sobresaliente, era perfeccionista en todo… Hasta que se cansó de las altas expectativas que tenían unos en ella y el desprecio de su grupo por ser tan “perfecta” para el mundo.

Al igual que al niño del cuento: muchos le daban la espalda, la tachaban de no saber divertirse, de no permitirse ni un acto espontáneo, planeaban todo y si ella no aparecía, que se las apañara. La chica “ya sabes como es”, interrumpía todas sus charlas con los chicos del grupo, porque hablaba de cosas interesantes y eso era aburrido. Tenía ganas de amargarle, pero los co-líderes respetaban a “la sosa” porque les maravillaba que no dejara su papel ni un momento, era el contrapunto perfecto. Aunque sabían que desaparecería.

Ella preguntó a una supuesta sabia si siempre iba a ser así, si siempre sería la que va detrás de su grupo, si no daría con gente parecida a ella y la quisieran como tal; si alguna vez, podría librarse de las altas expectativas que esperaban de ella los mayores, etc. Esa mujer le contestó “naciste así, es tu papel en la vida. No puedes cambiar nada, siempre será igual“. Eso la enfadó mucho, le gustaba su forma de ser pero no quería ni mendigar atención, ni permitir que los demás le exigieran siempre cuando a los demás se le permitían los fallos.

Abandonó el grupo, no le gustaba su etiqueta social. Y empezó a desacatar alguna orden o regla frente a sus mayores. Seguiría siendo ella misma pero con sus errores, sus pequeñas licencias en su rígido comportamiento. Ella era como todos, más comedida o no, más responsable o no, pero tenía derecho a equivocarse, a defraudarlos,… y, por supuesto, tenía derecho a encontrar gente que no la etiquetara, que la echara en falta cuando no estuviera, que respetara sus desacuerdos, que le ayudaran a mostrar realmente su personalidad.

Finalmente, salió de su encasillamiento. Había pasado demasiado tiempo en un molde impuesto por los demás y por ella misma. Aprendió a relajarse, pero también a luchar por otro lugar en sus círculos,… no quería una etiqueta, quería ser ella.

Finalmente, sus etiquetas se cayeron. Conoció a gente que la admiraba y aceptaba con sus virtudes y defectos, a veces se sorprendía siendo “la líder” porque confiaban en ella, otras era “el bufón” cuando alguien estaba triste… Se había librado de su etiqueta y de cómo ésta es capaz de marcar el destino.

Se dedicó a ser ella misma, a no temer el salirse de “su molde” y a olvidarse de aquel grupo en el que todos estaban catalogados. Nadie debe decirte qué eres o qué tienes que ser. La vida es una sucesión de decisiones, de elecciones y de voluntades. Si algo en tu vida no te gusta, cámbiala; si la gente de tu alrededor te tiene como un pilar, un recurso, el que solucionará todo, etc.,… escapa de la catalogación. Está bien estar al pie del cañón, poder ayudar a los demás pero… que no lo confundan con algo seguro y una obligación tuya. Tú tienes tu derecho a acertar y equivocarte, a caerte y levantarte, a evolucionar personalmente… Así que, que no te metan en el molde y, muy importante, no te metas tú.

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