El Pozo de la Tristeza

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Cuando la tristeza te envuelve, no puedes ver nada a tu alrededor. Tienes la sensación de que la vida duele demasiado y te refugias en esa penumbra; si es durmiendo, mejor. Allí, al menos, el reloj no avanza, no se espera nada de ti y nada del exterior puede perturbarte.

De vez en cuando, oyes una voz conocida dándote ánimos. Intenta que te quites esa venda sobre tus ojos. ¿Para qué? Cedes, expresas lo que sientes pero te chocas con la incomprensión,… Visualizas un pozo. Sí, ahora ves que estás en un pozo frío, húmedo y muy profundo. Para complicar las cosas, si miras hacia arriba sólo ves un cielo nuboso, tormentoso y nadie parece asomarse para lanzarte un cabo.

La tristeza está ganando por goleada y no encuentras con qué salir de ella. Has perdido tal confianza que no serás capaz y punto. Te has rendido. No hay nada bueno en ti, no aportas nada, y piensas que tampoco se notaría tanto si no existieras. ¿Te has sentido así alguna vez? Pues espero que el relato, a continuación, te sirva de ayuda:

Una vez, la tristeza se apoderó de uno de los chicos de la aldea. Todos estaban preocupados por él, iba y venía como alma en pena. Sus familiares y amigos le preguntaban, le daban consejos que ellos creían buenos, pero no había manera. Pasado un tiempo, todos lo dieron por perdido y él también a sí mismo.

Aquel día en concreto estaba tan triste, se sentía tan infeliz, que decidió ir a dar un paseo. Odiaba salir de casa, pero la sensación de angustia era tal que necesitaba salir. Iba tan absorto en sus pensamientos que no se dio cuenta y cayó a un pozo, a ras del terreno. Por suerte, aunque era muy profundo, estaba prácticamente seco. 

Después de una noche sobre el fango, oyó unos pasos y un anciano se asomó “Te voy a ayudar, coge lo que te tiro”. Abrió los brazos, esperando la soga (con o sin el cubo, eso poco le importaba), pero en sus manos cayeron una libreta y un lápiz. “¡Cómo me va a ayudar ésto a salir!” dijo enfadado. “Estás ahí porque piensas que de nada sirves, cuando veas lo equivocado que estás, te sacarán”. ¡Semejante tontería dice el viejo” pensó al tiempo que tiraba los objetos al fango.

Pasado un rato, con la espalda apoyada en la fría pared, fija su mirada en la libreta y siente una especie de fuerza que le atrae a ella. Decide volcar todo lo que le pasa por la cabeza. Empieza a notar menos peso encima, menos tristeza. La cierra. Mira hacia arriba, el cielo sigue igual de nuboso que el día anterior. Duerme, esperando que no haya lluvia.

Al día siguiente, empieza a escribir preguntas ¿por qué? ¿qué hago?,…, siente enfado pero cierto alivio. Comprueba el cielo, el número de nubes es menor. Repasa las preguntas, busca las respuestas. Piensa en lo que hizo, en lo que puede o no hacer,… Lo vuelca todo, su tristeza está ahí plasmada. Duerme, pero antes mira al cielo y comprueba que puede ver estrellas. 

En la siguiente jornada, empieza a pensar razones por las que debería estar fuera, por las que lo esperan, por sus proyectos, sus ilusiones,… y, mucho más importante, las cualidades que tiene, los adjetivos que le definen… ¡Están entrado rayos de sol! Siente su tibieza en el rostro y algo le empuja a querer salir. Guarda la libreta y el lápiz en su pantalón. Comprueba las piedras de la pared, hay hueco suficiente, podrán servir. Se agarra a las piedras con las manos, asegura con los pies, comienza a subir. Se resbala, cae de espaldas en el fango, no importa. Vuelve a levantarse y repetir la operación. Sube tres piedras, se resbala dos, pero no para. Hay una fuerza dentro de él que le hace no desfallecer.

Cuando llega a la boca del pozo, ve al anciano con la soga en las manos. “¡¿La tuviste todo el tiempo y me lanzaste la libreta?!”. El anciano le dijo “Dime, si yo te hubiera tirado el cabo ¿qué merito tendrías tú? Te prometí que te ayudarían a salir”. El muchacho siguió mirándole enfadado, sin pestañear. El anciano le instó “Busca tu último escrito, ahí está la respuesta” y comenzó a alejarse.

Abrió la libreta y leyó “Saldré porque sé que soy fuerte y valiente”.

Ahí estaba la respuesta, sus armas para vencer a la tristeza, para salir del pozo. Siempre las tuvo, siempre estuvieron. Busca dentro de ti, tú también las tienes.

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