Sólo una historia más…

una historia más

A pesar del tiempo, no se había acostumbrado a su ausencia. Aún cuando pasaba cerca de su balcón, levantaba la vista con los ojos llenos de melancolía. En ocasiones, pensaba que era un tonto romántico y, en otras, sentía que traicionaba a su esposa.

No podía quejarse de su vida. Cierto que se fue de la ciudad con el corazón roto pero, al cabo de unos años de dedicarse a su trabajo, Cecilia apareció para devolverle la ilusión. Hasta ese momento se había dedicado a sus casos, a hacerse un hueco en el gabinete donde le dieron su primera oportunidad y había decidido no volverse a enamorar. Bueno, eso no era del todo cierto, sabía que no se volvería a enamorar. Cuando llegó a ser socio, le invitaron a un gran evento, con la flor y nata de la ciudad y allí le presentaron a Cecilia. Bailaron unas piezas, compartieron charla durante la cena y poco más.

Al cabo de unos días, Cecilia apareció por la puerta de su despacho. Iba de acompañante, su padre había detectado irregularidades en una de sus compañías y buscaba asesoramiento. Ese encuentro llevaría a varías visitas más a la casa familiar, donde ella siempre estaba presente y, sin saber muy bien por qué, decidió invitarla al teatro. En unos meses, estaban comprometidos y en poco más de un año, eran una pareja de recién casados que estrenaba su primera casa en pleno centro.

Cuando llegó su primer hijo, se sintió el hombre más feliz y completo del mundo. Ese niño era el centro de su existencia. Sabía que no estaba enamorado de su mujer pero, como madre de aquel pequeño, nunca le fallaría. Siempre se preguntó si no había ido en contra de sus sentimientos hasta que la paternidad le llenó por completo.

Años después, cuando ya tenían dos varones y Cecilia estaba en estado, le surgió la oportunidad de volver a su ciudad. Había pocos letrados con su preparación y podría hacer una gran clientela, aunque costara en los primeros años. Ella no le permitió dudarlo y en poco tiempo se habían mudado. Su tercer hijo, una niña, nacería en el mismo hospital en el que naciera él. Inconscientemente, le salió “Irene” al cogerla entre sus brazos y a Cecilia le encantó. Así pues, nunca sería capaz de librarse de ese nombre y los recuerdos asociados.

Sí, Irene era como se llamaba la muchacha que le rompió el corazón. La misma con la que creció en aquel barrio trabajador, con la que compartía el camino desde la escuela. La misma que siempre le esperaba asomada al balcón, con sus ojos resplandecientes y las mejillas encendidas. Siempre creyó que la vería envejecer a su lado, que a pesar de sus arrugas los ojos de ambos brillarían igual. Sin embargo, la vida es impredecible.

No estaba preparado para que ella le dijera adiós. Sus padres, propietarios de la única farmacia del barrio, le habían concertado matrimonio con Emilio, el hijo del médico. El chaval, encaprichado con Irene desde siempre, iba para cirujano. Él no era más que el hijo de un modesto tendero, no sabía si podría entrar en Derecho y no era un buen partido. Aquella época era distinta. Podrían haberse escapado, haber forzado el matrimonio,…, pero eran demasiado nobles con sus familias. Irene había decidido, vivirían con el corazón roto.

Llevaba una década asentado, con una clientela segura y acomodada, cuando Irene se presentó en el despacho. Recuerda que el tiempo se congeló, el habla le falló y sólo podía mirar esos ojos tan conocidos. Fue ella quien rompió el hielo, le sonrió y presentó a su hijo pequeño Ángel, de 12 años. Ángel, le había puesto su nombre… aquello le conmovió. Acudía a él puesto que había enviudado hacía poco y los padres de Emilio no estaban de acuerdo con el testamento. Sabía que era el mejor y no lo dudó

Fueron meses de reuniones, de consultas,…, y él acudía cada jueves a la casa del balcón. Nunca le volvió a esperar allí, pero sabía que ambos lo recordaban como si fuera ayer. Cuando el proceso iba a resolverse, Irene le confesó que nunca le había olvidado, aunque había sido feliz y ahora sus hijos tendría un futuro asegurado. Le reconoció la tristeza que ambos compartían y la sensación de que nada había cambiado entre ellos, el amor y la atracción seguían intactos. En aquel instante, lo supo… la volvería a perder.

Y así fue, Irene no quería acabar con su matrimonio. Le había visto embelesado con sus hijos, la ternura con la que miraba a Cecilia y  también, la admiración con la que su esposa le miraba. Estarían mejor sin cambiar las cosas, no dejarse llevar por el egoísmo. Se marcharía a otro lugar, empezaría de cero. Él aceptó sus palabras, no hizo preguntas, se limitó a besarle la mano y decirle que nunca la olvidaría. Ya no eran unos adolescentes que comenzaban a vivir.

Ella nunca le contó que conocía a Cecilia. Ésta se presentó un día en su casa y charlaron, vio cuánto le quería aún sabiendo que él no le correspondía. Era una mujer dulce, le había dado tres hijos maravillosos y debía convivir con que su única hija llevara el nombre de su verdadero amor. No se merecía que Ángel le hiciera daño, con dos corazones rotos era suficiente. Irene decidió, esa vez sería ella quién se fuera.

“Ángel, ¡Ángel!…¿estás bien?”, oyó a su esposa. “Sí, me quedé ensimismado”. Cecilia dudó, cogió el periódico de las manos de su esposo. Había una esquela… Irene había fallecido. Abrazó a su marido, “no sabes cuánto lo siento, cariño”. Sin decir nada más, Ángel dejó rodar las lágrimas por sus mejillas. Los muros habían caído, desde ese momento estuvo en paz. No debía estar en otro lugar que en los brazos de su querida esposa.

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