Me espero

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Con esas dos palabras, mi vecina (10 años) dió por finalizado el tema y me hizo sentir orgullosa de su madurez.

Hace un año se hizo un perfil de Facebook. El nombre de su prima, sus apellidos al revés y su cumpleaños con el año justo para tener los 18 requeridos. Este verano, me pidió el móvil para entrar en su correo (uno al que los profes puedan recurrir, en un futuro, para mandar problemas y lecciones) y, de paso, en Facebook. Le pregunté que si lo sabían sus padres y si ella era responsable de no aceptar solicitudes de gente desconocida. A lo primero, me respondió que no lo sabían pero que tenía agregado a su primo más mayor y él estaba pendiente. A lo segundo, me dijo “nadie sabe que, en realidad, tengo 9 años”.

Después, empecé la charla sobre la inseguridad cibernética, ser responsable, no chatear porque sí, no poner cosas ofensivas, no aceptar nada si no procedía de un conocido (y aún así),… Resumiendo, que las redes sociales hay que saber utilizarlas y ella no debería estar en Facebook (y menos, mintiendo sobre su edad). Ahí quedó el tema pero no lo desactivó.

Hace dos semanas, vino a mi casa para jugar un rato y, como no, perseguir a mis gatitos. Vio mi teléfono nuevo y me dijo que si lo podía ver. Se lo dejé pues es muy cuidadosa. Al poco, pregunta si la dejo entrar en su Facebook pues lleva un tiempo sin mirarlo (afortunadamente, sus padres no han puesto ADSL en el pueblo para que no entre en la red). Le di el visto bueno porque, así, yo podía verla en acción.

Mira, tengo casi 30 amigos, son gente de mi clase”, “¡Pero si sois de 11 años como mucho!” “Ya, pero todos mentimos en la edad, aunque yo soy la única que no pone su nombre”. “¿Y te aceptan la solicitud sin saber que eres tú?”. “Sí, de momento todos. Uy, está esta boba conectada, voy a ponerle algo”. “¡Laura, si no te cae bien, no le pongas nada!”. Tardé algo en responder porque lo de que niños de 10-11 acepten sin saber a quién me pone los pelos de punta. Por eso, cuando reaccioné ya le había puesto un inocente “hola”. La niña de su clase le pregunta quien es y ella, ni corta ni perezosa, le dice que es Paz Padilla y no vuelve a decirle nada.

Bajé a por donuts y unos kinder  que había comprado para nosotras, sabía que estando de vacaciones vendría todas las tardes, y cuando subo está mirando unas fotos de la Nochevieja en el bar del pueblo. Uno de los chavales había colgado las fotos por la red social. “¿Tienes agregado a ese?¡ pero si es mucho mayor que tú!” “Sí, le mandé la solicitud y me aceptó enseguida”. ¡¡¡Parando motores!!! ¿Cómo agregas a alguien que no conoces de nada y ni tiene foto de perfil? Creo que ya es mayorcito para hacer esas tonterías.

“Le he puesto hola k ase”, “¡Laura, no le pongas nada. Te quito el móvil a la de ya!” Suena la respuesta, él le pregunta que quién es y ella le pone “no te importa, listillo“. “Vale, dile que tienes que devolver el móvil y despídete antes de que te metas en un lío”. Nada más decir ésto, llega un “¡eres de aquí, del pueblo, lo pone, ¿quién eres?!”. Ella me pasa el móvil como si quemase mientras dice “Ups, me han pillado, como adivine quien soy… ¡quítalo, quítalo!”. La miro sonriente “Te lo desactivo, ¿no?” “Sí, sí, no entro más”.

Mi madre aparece por allí con los mininos detrás y le suelta la charla que ya le echara yo en su día. “Si lo sé, pero todos los de mi clase lo tienen…”, dice con cara de pena “Bueno, puedo hacerme otro con otro nombre, edad,…” Eso sí que no, así que le digo que o se espera a los 18 o se puede meter en un buen lío por hacer lo que hacen los demás. “Me espero” “¿Seguro que lo harás?”. “Sí, sí, prometido. Hasta los 18 años. Me espero”.

Respiré aliviada y, aunque me ha dado sus datos y su contraseña por si no se desactiva bien, me puse a pensar en todos esos niños de poca edad que se están exponiendo así. Además, con lo crueles que podemos llegar a ser en esa etapa.  El ciberacoso está a la orden del día, los abusones no se quedan sólo en los dominios del colegio. Y no sólo asusta eso y el que no protejan sus cuentas, sino que pueden caer en manos de verdaderos desalmados para aprovecharse de ellos.

Ah! y otra cosa, el aparente afán que parecen tener por ser “adultos” antes de tiempo. Presentes en redes sociales, asistentes a cotillones abstemios para adolescentes de 14 a 18, discotecas con horario “prudencial”,… chavalillos por Twitter que ni llegan a los 16, etc. No siguen los patrones que debieran, disfrutando de su libertad para soñar y su infancia todo lo posible.

Por las ganas de ser mayores hemos pasado todos, sobre todo al ver como los hermanos o primos mayores hacían lo que querían y tú tenías que esperarte. O cuando alguna de tu clase llegaba con las uñas pintadas a los 12 y tu madre te decía que hasta el instituto o los 16 nada y que ya te hartarías de pintártelas, etc. Es algo que va en la preadolescencia y adolescencia, pero ahora se ve más precoz y generalizado. Asusta.

Me da pena porque en esta vida da tiempo para todo, aunque ésto es algo que vas aprendiendo conforme más maduras.

Gracias, bichilla, por tu “Me espero”.

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