A ti, eterno ilusionado

Tenía algunas ideas para esta nueva entrada pero, de estas veces que no sabes por qué, me acordé de un amigo muy especial y rasgos suyos que estoy viendo en otra gente y que, aunque no lo sepan, van a sufrir mucho.

A este amigo lo conocí la segunda semana de prácticas, lo había visto por clase (dos de mis amigas estaban, como adolescentes que eran, loquitas por él) pero no habíamos hablado. ¿Cómo lo conocí? Vino a mojarme con el frasco lavador sin venir a cuento y, después, vino a ver la hormiga que pesé en la balanza analítica (eso de tener un hormiguero cerca no es bueno para la pesada). Sí, mojadura gratuita e insectos pululando por el laboratorio, idílico y verídico. Por cierto, la hormiga me daba peso negativo… ahora que recuerdo. Después vino a disculparse pero nos caímos en gracia y, desde ese momento, nos dedicamos a descubrir cafeterías salmantinas fuera de las horas de clase, ir a dar paseos, contarnos nuestros sueños y problemas,…

Mis dos amigas dejaron de hablarme (así son algunas) pero merecía la pena con un amigo que se convirtió en un verdadero hermano. Si bien, no sabía si era mi hermano pequeño o mi hermano mayor, pues nunca sabías si te protegería o tendrías que protegerle. Aguantaba mis puyas, me escogía como compañera de laboratorio aunque sabíamos que en eso éramos completamente incompatibles. Bien visto, era un reto: para él trabajar con una perfeccionista y para mí trabajar con alguien que se despista con el vuelo de una mosca, je, je.

Unos años después, yo cometí el error de salir con uno de nuestros mejores amigos y eso nos separó. Ese chico no podía con sus celos, así que mi amigo se alejó para evitarme broncas y escenas en clase y yo,…, yo dejé que se alejase por la misma razón. Me tuve que limitar a verlo de lejos en las clases comunes, verle como se entusiasmaba con una amistad nueva tras otra y como le rompían el corazón una vez tras otra, también. Se volcaba demasiado con sus nuevos amigos y amigas, era como si el resto del mundo no existiera hasta que lo veías triste y de mal humor con todo el mundo. Confiaba demasiado en lo novedoso, en lo genial que veía al principio y, después, llegaba la realidad para acabar con él. En esos momentos, siempre me miraba y yo me acercaba para hablar con él, para que me contara y se desahogara; sabía que yo estaba ahí aunque hubiera optado por no contar conmigo.

Era una situación tensa, rara,… yo me sentía destronada por los demás pero, a la vez, sabía que también le había alejado y no tenía nada que reprocharle. Siento que le fallé muchas veces pues ni luché por nuestra amistad, ni pude hacer que esos desengaños fuesen menos dolorosos para él. En esa época, no podía ni ayudarme a mí misma. Y él no veía la dinámica en la que había entrado. Yo no llego a entenderlo, soy desconfiada de primeras y nunca me vuelco con nadie si eso supone alejar a los demás. Pero cada uno es como es y, aunque se pueda cambiar, sólo se hace a base de experiencia y cambios de estrategia.

Cuando volví a estar libre, lo primero que hicimos fue quedar y pedirnos perdón mutuamente. Por aquel entonces yo no entendí algo que me dijo y lo comenté en casa. Mi madre me dijo que le había prometido no contármelo nunca pero, si yo no le decía ni una palabra, me lo contaría. Lo prometí y así supe que durante toda mi relación con “ese”, mi amigo, al que yo veía tan distanciado y yendo de amistad verdadera a amistad verdadera, había estado yendo al trabajo de mi madre cada poco. Iba con la excusa de vivir cerca para saber cómo me iba y si tenía que dar algún que otro puñetazo. Sé que llamaba a mi padre, que quedaban los tres sin que yo lo supiera para que él me protegiera, si “quién nos había separado” llegaba a sacar su verdadero carácter. Y hace unos meses supe, que hace unos años, él y mi padre “aconsejaron” bien al otro personaje para que nunca volviese a molestar.

Nunca se lo pude agradecer, nos habíamos separado demasiado y, aunque cuando coincidíamos seguíamos comportándonos como antes, no era lo mismo. Sé que está feliz con una compañera de facultad a la que adoro y que, cuando viene por la ciudad, va al nuevo destino de mi madre para charlar.

Algún día, cogeré el teléfono y te llamaré, te daré las gracias por todo y volveremos a ser esos dos hermanos que éramos. Volveré a ser tu “reina del sarcasmo” y la que esté ahí cuando te desilusiones. Esa “eterna ilusión” por los nuevos en tu vida es algo que me fastidia, que veo en otros y no me gusta, pero es parte de ti y… seas como seas, eres mi mejor amigo. Nunca dejaste de serlo, tenlo claro.

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