Ejemplo vital

Llego de pasar una semana en mi pueblecito salmantino. Sólo llevamos 6 años asentados ahí pero la acogida no ha podido ser mejor, son poco más de 30 vecinos y creo que eso influye en la hora de acoger a los nuevos con los brazos abiertos. A mí, por mi carácter y mis circunstancias, me ha costado más abrirme aunque, a día de hoy, ya estoy integrada.

Obviamente, cada uno tiene unas peculiaridades y, a lo largo del tiempo, vas conociendo sus historias, sus anécdotas y vas viendo la afinidad que tienes con cada uno. Yo, desde el primer día, he conectado con Micaela quien es el motivo de este post.

Siempre he conectado bien con la gente mayor, me encanta escucharles, echarles una mano,…, pero Mika es mágica, al menos para mí. Tiene una vitalidad desbordante y un brillo en sus ojos que no veo en mucha gente, su naturaleza es risueña, divertida, ocurrente y curiosa. Según ella, la curiosidad es lo que siempre le ha movido y, a día de hoy, no deja de aprender cosas, de intentar comprender el mundo. Como todos los mayores, es sabia pero no es consciente de su sabiduría, de lo que transmite sólo por su voz y sus recuerdos; da ejemplo sin quererlo y te remueve los cimientos mientras, inquieta, te sirve un café de puchero y así, poder retenerte algo más con ella.

Mica desciende de la gente pudiente del pueblo, su padre tenía multitud de tierras y edificios, sirvientes y jornaleros, toda clase de ganado y el acceso a todas las comodidades que su estatus le podía aportar. Sus padres querían que fuese una señorita de bien, que aprendiera las cosas del hogar e hiciese un buen matrimonio pero… pero Mica no era así. No le importaba ir a trabajar a la era para conocer el trabajo duro, participaba en las cosechas, las matanzas y donde hubiera que echar una mano, allí estaba ella. Aprendió a leer y escribir y decidió dar clases a los niños del pueblo, a los que preparaba la merienda con todo el cariño del mundo. Descubrió que pintaba bien y nunca le faltaron acuarelas ni lienzos, sus cuadros aún están colgados en su casa. Se escapaba con su caballo a competir con los muchachos y contaba con su propia silla de montar labrada, pues su padre no tuvo manera de hacerla desistir. Bordaba, hacía ropa, aprendió repostería, recopiló todas las recetas que pudo, hizo manualidades con tela almidonada, con troqueles que va a buscar por su desván para dejármelos y fue la primera que, con el permiso paterno, se sacó el carnet de conducir y tuvo coche propio. Sabe algo de mecánica, de cómo cambiar una rueda y hasta de bricolaje, ella no se queda atrás. Su curiosidad le llevó a aprender a poner inyecciones y ser la practicante del pueblo, su desparpajo a ser de las primeras en bañarse en enaguas en el río y… podría seguir con una larga lista.

A sus 89 años, tiene un espíritu de veinteañera. Siempre está dispuesta a dar un paseo, tomar un cafetito, ir a “hacer el bermut” después de misa o aguantar hasta las tantas charlando con una copita y una baraja de cartas. Sabe de sus limitaciones pues tiene la cabeza bien amueblada y no se engaña con la edad, es consciente de que no puede hacer las cosas que hacía ni hacer cosas nuevas, pero disfruta con mis tonterías y hobbies. Ayer mismo estuvo en mi casa porque quería saber cómo hago algunas cosas. Desde que se lo comenté, estuvo dando vueltas a cómo podría hacerlo. También se interesa por las cosas de Ciencia, que dice ella, y ¡cómo no! por conocer mi entorno, anécdotas de mis amigos y, además, no se le va ni un nombre. Algunos tenéis la suerte de conocerla (y querer secuestrarla para llevarla con vosotros) y ella siempre me pregunta por vosotros, por cómo os van las cosas y si volveréis para “aburriros” con las suyas.

Fue y es una inconformista, alguien adelantado a su tiempo. Una de tantas adelantadas que no quiso ni casarse ni meterse en el convento como alguna hermana suya. Ella quiso viajar, vivir, absorber por la mirada y volcó su cariño y sensibilidad en sus vecinos y sus sobrinos, a quienes, por circunstancias de la vida, tuvo que cuidar como una madre. Vive con su hermano, de 90 años, y le tiene prohibido quejarse más de la cuenta pues “todos somos viejos y tenemos achaques, no es novedad comentarlos porque es algo normal y que, si lo cuentas, te puede deprimir”. Total que… yo de viejecita quiero ser como ella.

Me gustaría tener su gran sentido del humor y su naturalidad para ver los procesos de la vida, su inconformismo y aplomo a pesar de la edad y ese brillo en la mirada cuando me mirase en el espejo.

Hace un tiempo escribí “perlas y diamantes” y, sin duda, Mica es uno de mis diamantes. Espero disfrutar de ella unos añitos más y seguir aprendiendo a sonreír a la vida y el tiempo.

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