No limits

Hacía tiempo que se sentía sin fuerzas, sin ilusión,… Sólo quería dormir, que los días se limitaran a pasar. No quería pensar aunque tenía un pensamiento recurrente… “No sé por qué estoy aquí. Si desaparezco, nadie se dará cuenta”. Su sensación de soledad e incomprensión le asediaba. No servía para nada, ya no. Ningún amigo tocaba el móvil para llamarle, a ninguno parecía importarle que sólo tuviera la compañía de sus lágrimas. Nadie parecía inmutarse y eso le molestaba. Esa una contradicción, quería estar entre sueños todo el día pero echaba de menos el apoyo de alguien, un simple abrazo… Pero eso no pasaría.

Sabía lo que pasaba en estas ocasiones, la gente se desubica con ella y no sabe si peca de paternal o de duro. Saben que la palmadita en la espalda y el “saldrás de ésta” no ayuda en nada y se quedan sin palabras que decirle. Todo es mucho más fácil visto desde fuera, todos tenemos todo clarísimo hasta que nos toca a nosotros, hasta que te sientes completamente hundido y desdichado.

No obstante, tampoco les culpa demasiado. Si dentro de su piel no sabía ni qué le consolaría o hiciera reaccionar, ¿cómo iban a saberlo los demás? Estas cosas no se suelen contar porque causan rechazo, porque tu ansiedad aumenta y la de tu alrededor también.

Un día, viendo sus ojos rojos y sus párpados hinchados por llorar, supo que debía pedir ayuda, gritar, aunque la respuesta fuese cruel, dura, le hiciese ver que había hecho un océano de una simple gota de agua. No quería hacerlo pero tampoco quería estar así y… era demasiado cobarde como para quitarse de en medio. No, esa idea no se había llegado nunca a asentar en su cabeza; podría irse a otro lugar, cortar todos los lazos y vivir en su caparazón pero la idea de la muerte le parecía espantosa.

Se sentó y apoyó sus brazos sobre el escritorio, miró al frente. Era un día soleado y centró su mirada en ese azul celeste. Vació su mente. Tras unos minutos, parpadeó y reaccionó. Cogió un taco de post-it, un boli y empezó a escribir y repartir los papeles por su habitación. Todas eran frases de aliento, era una especie de rebeldía contra su pesimismo y un ejercicio, el único que se le ocurría para motivarse.

A partir de ese día, cada mañana al despertar, lo primero que veía era un post-it naranja y, tal vez, el más simple de todos… contenía dos palabras “NO LIMITS”. En unas semanas, había empezado a ponerse a prueba, ¿realmente no tenía límites? ¿podía volver a sentir orgullo en su día a día? Sí, eran pequeños retos, hechos que los demás considerarían una banalidad pero que eran sus pequeños triunfos. Su ánimo empezó a mejorar, escribió más post-it por toda la casa recogiendo sus logros y planteando meta. Cada pocos pasos, veía una frase de aliento, otro reto o alguna pequeña victoria. La sonrisa se iba abriendo paso en sus labios, aún se sorprendía al ver su reflejo y observarla pero agradecía su presencia.

nolimit

Llegó un momento en el que se dio cuenta de todo lo que era capaz y lo que le quedaba por descubrir. ¿Estaba dejando de condicionarse? ¿Había abierto su mente y dejado de boicotearse? Sin duda, y ahora quería seguir sorprendiéndose a sí misma cada poco, ampliar sus campos de acción y de conocimiento, ver si algún reto le venía grande, etc. En resumen, quería sentirse útil y, sobre todo, viva.

Tal vez ya no le hicieran falta todos esos post-it llenando sus paredes, pero había uno que no quitaría nunca. NO LIMITS

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