Sueños

Soho

(Foto de Mary Helen Bowers @balletbeautiful)

¿Cuándo fue la última vez que cerró sus ojos y levantó su cara para sentir el sol? ¿Cuándo fue la última vez que su calor la arropó y le infundió seguridad? Hacía mucho que no sentía esa calidez, ese instante de dejar la mente en blanco y sonreír. Hacía mucho que sus sueños estaban en oscuridad, en un rincón oscuro de su mente, dentro de un baúl imaginario cubierto de polvo.

Llevaba años en los que no vivía, sobrevivía. Es muy distinto porque sobrevives por inercia, como si no tuvieses nada que te motivara para saltar de la cama. Había caído en esa desidia, en ese creerse atrapada en la normalidad y ni se le pasaba por la mente el cambiar, no pensaba. Sólo sobrevivía, nada más.

Del trabajo a casa, de casa al trabajo y poco más, sin desconectar, sin llamar a nadie y sin que nadie la llamara. La cotidianidad y el “sobrevivir” implantado en muchos de sus conocidos, había conseguido que todos se aislaran y no tuvieran ganas ni de charlar porque sus día a día eran aburridos y no había nada nuevo que contar. Eran una pandilla triste, ya no eran una pandilla.

Una mañana en la oficina, sobrepasada por el trabajo, hastiada de sólo realizar actos mecánicos cuál máquina, miró hacia la ventana cuando el sol se abría paso entre las nubes. Paró toda actividad, la magia de ese momento tan único y, a la vez, tan conocido que no nos paramos a observar, la embrujó. Era hora de cambiar, de reflexionar, de pensar en el sentido y significado de su vida. ¿Por qué abandonó sus sueños? ¿Por qué no se molesta en redescubrirse y darse tiempo para ella?.

“Aún no es tarde” pensó. Y estaba en lo cierto, podía seguir con su día a día pero no dejar que esa circunstancia la dominase. Necesitaba y ansiaba volver a tomarse tiempo para espectáculos tan mundanos y hermosos como un simple amanecer. Se asomó a la ventana y dejó que la calidez del sol le diera el empuje necesario, el rinconcito oscuro empezó a iluminarse. Sólo necesitaba volver a abrir ese baúl donde estaba “lo esencial”, lo que siempre estuvo ahí… esperándola.

Muchas veces, el gesto más insignificante, la circunstancia más cotidiana significa un nuevo punto de partida. Déjate sorprender.

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