Mi historia

Mi historia comenzó el día después de Reyes del 2011, hice un mal giro en un escalón y empezó a dolerme la rodilla. Tengo una vieja lesión en ella y aguanto el dolor, por lo que no le di demasiada importancia. Sin embargo, a los pocos días no se iba y decidí ir a mi médico deportivo de confianza. No había inflamación (nunca se me inflama nada, aunque tenga esguinces) pero había sufrido un traumatismo muy importante hacía unos años y mi médico me pidió una resonancia.

La unión entre la tibia y el peroné no era nada estable y me dijo de poner un clavo para fijarme el peroné. Eso me asustó y decidí pedir una segunda opinión. El traumatólogo que me atendió me dijo que había una pequeña subluxación pero que estaba curada y sólo haría falta fortalecer la musculatura de los cuadriceps. Así que inicié la rehabilitación. El primer día me subieron a una plataforma pivotante en la que tenía que mantener el equilibrio con mi pierna herida… El dolor pasó de ser localizado en la rodilla a subir hasta medio muslo y, al cabo de diez días, el dolor era de glúteo y lacerante.La fisio me ponía corrientes para rebajar el dolor pero seguía igual hasta que, una tarde al bajar de la camilla, mis piernas dejaron de responder. El hormiguero y la sensación de no tenerlas me asustó y sólo quise que me sentaran,…, no había forma de ponerme en pie. El médico general de la mutua (el trauma no estaba) me dijo que era una ciática bilateral y tenía que empezar ya mismo con las inyecciones de inzitan.

Como con una caja, a pinchazo diario durante días, no fue bastante; hubo que usar dos cajas para que mis ataques de ciático dejaran de hacerme llorar. Sí, el dolor desespera y hace llorar. No podía moverme de mi posición fetal, con cojines entre las piernas y en la espalda y sólo podía esperar el siguiente ataque (duración de 10 ó 20 minutos) para tratar de controlar la respiración como en un parto y que no se me saltaran las lágrimas. A las dos cajas de Inzitan y de su subidón feliz tras el pinchazo, los dolores se amortiguaron un poco pero seguían.

Llegó la hora de poder ir al traumatólogo y me dijo que me hiciera unas placas y que no había relación alguna entre la rehabilitación y mi dolor. Claro, no hay relación alguna cuando llevo diciéndote desde el principio que el dolor va a más. Vio mis placas y me dijo que estaba todo normal, que volviera a rehabilitación tratando la ciática y que si en una temporada veía que no se pasaba el dolor y no podía estudiar (tenía un examen importantísimo) me podía dar corticoides. Pasó un mes y yo no mejoraba, volví a consulta y ¿qué me dijo? Que era muy joven para darme corticoides u opiáceos porque él era de caracter adictivo y no quería que yo me enganchase, que no tenía por qué dolerme, que mis dolores eran porque estaba agobiada y me mandó apuntarme a un gimnasio e ir a un psiquiatra. Ese día no salí de mi asombro y mi madre, que me conoce, me hizo callar.

Al día siguiente, me obligaron a ir a un gimnasio… al que llamé para anular mi primera clase supervisada. Y me llevaron, a rastras, a un psiquiatra. El psiquiatra me vio a la defensiva total y es normal: nadie te hace caso, te dicen que te lo inventas y, para más inri,…, acababa de romper con mi novio (en todas las rachas malas, todo se junta). Cómo no, quiso chutarme a antidepresivos y yo me negué. Peleas en casa porque la niña estaba mal y no lo quería ver, ¿cómo no iba a estar mal? Pero  no era de depresión, era de impotencia y ni siquiera me dejaban llevar el duelo por la relación porque venían con la pastillita y el vasito de agua.

Volví al traumatólogo para ver si el psiquiatra le había mandando algún informe y para hablar a solas con él. No sólo no tenía un informe, sino que ni sabía qué psiquiatra me estaba llevando. Yo soy muy paciente y muy diplomática pero cuando estallo es mejor que te alejes… y él lo aprendió allí mismo. No le falté al respeto pero no hizo falta para ponerlo en su sitio. Nunca más volví a verle.

Con el psiquiatra llegué a un acuerdo: si en un mes sin medicación me veía peor o que no avanzaba, me comprometía a tomar las pastillas y si mejoraba, nada de fármacos y me creía. Aceptó y tuvo que reconocer, al cabo de un mes que era una de las pacientes más cuerdas y más en la realidad que se había encontrado. Me animó a hacer algo de psicoterapia para llevar el dolor y mantuvimos nuestra cita mensual. Hoy en día, sigo yendo porque no tiene otro caso como yo y mis avances en la relación con el dolor constante y diario aún le sorprenden.

Busqué una tercera opinión y el siguiente traumatólogo me dijo “no hay razón para que te duela” y vino a decirme que ajo y agua. Ni mandarme ningún analgésico ni nada, aunque yo le decía que iba con 5 nolotiles diarios y el dolor no se pasaba. Después de él, fui al neurólogo, un encanto de doctor que me mandó el electromiograma y me dio parches de lidocaína en un intento por paliar mi dolor. Me dijo que no dudara en volver y que sentía no poder ayudarme más en ese momento. Los parches no funcionaron tampoco y mi estudio reveló que tengo los impulsos nervios y los nervios para sacarlos en el Hola de bien plantados y guapetones. A pesar de todo, mi dolor seguía.

Mi médico de cabecera me derivó a la Unidad del Dolor de los Montalvos, auténticos especialistas en cuidados paliativos y en el trato personal de los enfermos terminales. La doctora jefe es un encanto pero se centró en mi antigua lesión de rodilla y en ponerme iontoforesis en el ciático porque no encajaba en el cuadro de fibromialgia. Estuve yendo más de 6 meses y aunque le decía que me dolía en otro sitio y en la rodilla metía la pata, ella seguía obcecada. Tengo la posibilidad de volver cuando quiera pero los viajes al hospital y las esperas me cansan y perjudican más que el tratamiento. Porque, además del dolor, mi energía se agota y caigo rendida a la mínima.

Por fin, di con un reumatólogo que me explicó que no entraba en ningún cuadro claro pero, por eso mismo, se atacarían todos los frentes. Me hizo pruebas de todos los posibles focos, hizo un estudio del cuadro de mi familia, me explicó en qué consistía mi desorden neuroreceptivo, explicó la necesidad de un tratamiento con antidepresivos y analgesia, la necesidad de mantenerme activa y hacer durante muy poquito actividad aérobica y, sobre todo, intentar normalizar mi estado. Es decir, ir asumiendo mis limites como mi normalidad ahora e ir reafirmándome con cada logro. También me dijo lo de la psicoterapia cognitiva.

Había llamado hacía tiempo a mi buen amigo el Dr. Guerra Cid y me facilitó el número de un “colega” suyo. Sin embargo, el psicoanálisis realizado con éste no me causaba más que estrés y sensación de fracaso, pues se basaba en hacer oídos sordos al dolor e intentar hacer vida normal. Y eso… eso es imposible cuando tienes dolor constante, no aguantas más de una hora sentada y no puedes salir a caminar, ni de fiesta,…, ni siquiera concentrarte para leer un libro. Así que decidí dejarlo y darme tempos.

Reflexioné, pensé, volví a reflexionar, vi mis limitaciones, mi capacidad para no rendirme nunca, me olvidé de plazos, de una vida como la de mis amigos, abrí este blog, me hice amiga del silencio, me sentí afortunada por tener el abrigo de mi familia y de verdaderos amigos (antiguos y nuevos) y decidí estar lo más activa y positiva posible sin pensar en lo que puedo o no puedo hacer. Convierto cada pequeño logro en motivo de orgullo y cuando tengo un día de los malos malos, pienso que al siguiente estaré mejor. Me tomo un tramadol más y listo. He ido a natación, ahora hago estiramientos y voy al gimnasio, la monitora no me deja pasarme y me ha tomado la medida para no dejarme k.o. el resto del día; voy a fisioterapia y, de vez en cuando, a un médico chino para que me haga masaje de meridianos (lo que es lo mismo, masajes centrándose en los puntos nerviosos), me hace ver las estrellas pero, después, en una semana mis contracturas no reaparecen.

¿Y por qué os lo cuento hoy? Porque hace unos días fui a otro traumatólogo, una verdadera y joven eminencia en columna, apenas unos años más pequeño que yo (le conozco del cole o del instituto) y que nada más ver mi historial, me dijo que él era partidario de ver hasta que punto mi sacroilíaco (donde siempre tengo dolor en dos puntos claros y son los que me impiden estar de pie o sentada mucho tiempo) está comprometida aunque todo salga normal. Me derivó al equipo de anestesistas con el que trabaja y el anestesista me dijo que no había riesgos de ir a peor o comprometer más la articulación y me extendió una autorización para que mi mutua la firmara. ¿Qué ha pasado? Que mi mutua no tiene unidad del dolor y, a pesar de mis informes y del buen diagnóstico de estos últimos doctores, me tiene que ver en persona el director médico porque soy un caso complejo…

Así que, hasta mañana no sabré si me autorizan o no, si tendré que ir de pago o si todo se pone en contra para que siga sin que nadie haga más por intentar rebajar mi dolor (aunque con mi reumatólogo estoy encantada, pero con el tratamiento que tengo no hago vida normal).

Espero que si me autoricen, independientemente de que después funcione o no, yo sólo quiero intentarlo y… si  mañana me autorizan el paso por quirófano para tratar mi columna, sería el mejor regalo de cumple que podrían hacerme.

 

 

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4 comentarios en “Mi historia

  1. Hola tocaya,
    Espero de todo corazón que todo vaya bien, que te autoricen y que el tratamiento tenga éxito. Como no te autoricen tendremos que hacer algo, lo digo en serio, no se puede quedar así. Bastante se sufre en una enfermedad como para que encima imposibiliten el intento de recuperación por dinero. Nada, haremos algo, ya se nos ocurrirá.
    Muchos ánimos chiquitina,
    Un besazo,
    Laura

    • Gracias por tu comentario y tus buenos deseos. También por el ánimo que me das y el cariño que me demuestras siempre. Espero tener buenas noticias mañana.
      Yo no confiaba en que me vieran como un caso apto para el tratamiento (es mejor no ilusionarse), pero ya que los doctores son partidarios del ensayo-error, confío en que me autoricen.
      Un besote. Informo 🙂

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