La estrategia

Sonó el despertador, un nuevo día se abría paso. Saltó de la cama, comenzaba la semana de clases y la vería. Le había llamado la atención el primer día del curso,  sin embargo, no fue hasta que se dirigió a él para preguntarle algo cuando cayó rendido a sus ojos. El color, el brillo, la alegría que desprendían,… “Algún día será mía”.

La divisó con su mejor amiga a unos diez metros de él, hoy le llevaban ventaja pero no iba a correr para alcanzarlas. Podría ponerse en evidencia y esa no era su forma de actuar. Además, la semana anterior había sido incapaz de hablarle durante las prácticas. Por suerte, estaban en el mismo grupo. Cierto es que la había visto deshacerse en risas con el pánfilo ese del que todos decían que era un guaperas y el chico no parecía nada incómodo… pero se la ganaría él.

Al llegar a clase, vio que sus amigos la rodeaban y la gente se iba acercando a cotillear. Se acercó y oyó algo de una operación, puntos,…, algún “hala”. Llegó el profesor y, al deshacerse la melé, lo vio bien: ella tenía el brazo en cabestrillo y vendado, sus dedos estaban amarillentos. Bien, lo aprovecharía a su favor. En cuarta hora, dirigiéndose al bloque D para una optativa, se puso a su altura y se hizo el interesado, el consternado y el único que sí quería ver sus puntos. Estaba funcionando, ella le contaba despreocupada, reía,… y le miraba sólo a él.

Después de unas semanas de prácticas, pedir apuntes, hablar entre clase y clase,…, había conseguido amistarse con ella y sus dos pequeños grupos de compañeros, se habían convertido en uno. Pronto llegaría el verano y aún no la había conquistado, ella ahora coqueteaba con un amigo que él había aportado al grupo. Eso le sacaba de quicio. Pero tenía un plan, el larguirucho se convertiría en su mejor amigo después del verano, no sería difícil.

Sonó el despertador, un nuevo curso comenzaba.

Salió antes de casa y esperó… cuando la vio pasar con su amiga, les dio algo de ventaja. Luego cogería un paso más rápido y las alcanzaría sin que hubieran notado que lo tenía todo previsto. Dicho y hecho, llegaron a clase juntos, contándose sus vacaciones pero… algo no iba bien, sus ojos brillaban con tristeza. “No hay mal que por bien no venga”, pensó. Nada mejor que preocuparse por ella y hacer de hombro sobre el que llorar; si llegaba a darse la situación, claro. Tarde como siempre, llegó la amiga con la que ella tenía más comadreo; sabía que le caía bien, empezaría a ganársela ese mismo día.

Una de las mañanas siguientes, se la encontró sentada en la escalera de la facultad. No quería ir a clase, estaba nerviosa,… No se lo pensó dos veces y la invitó a tomar algo fuera de allí. Ella se desahogó, estaba deshecha. No quiso abrirse del todo pero no había que ser un genio para ver que estaba hundida por completo. “Perfecto”, pensó. Y así, con constancia y algo de picardía… empezó el camino a ganarse su confianza.

El lobo se había puesto su disfraz de cordero

(Continuará)

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