La chica de la mochila

El “¡Cuánto tiempo, mi niña!” y los dos besos de una dependienta, el que le pregunte si salió de la ciudad o si sigue en ella, que la mire con tristeza al oír lo que tantas veces escuchó y que no cambia. Y que, seguidamente, la mire con admiración cuando le comenta qué hace y sus próximos proyectos. Que no sepa que ha estado quince minutos sentada en un banco, whatsappeando con un amigo, en lo que cogía fuerza para llegar a su tienda. Y que no sabrá que, tras despedirse de ella, la podrá encontrar en el bar de siempre, ese que queda cerca de su casa, en plena cuesta y que le da la vida para no hacer todo el recorrido de un tirón.

El saludo de la camarera. Su mirada mientras repite su ritual: elegir mesa, quitarse la mochila, sacar un cojín y colocarlo en la silla justo antes de ir a la barra y pedir. Su sonrisa cuando la ve sentada con un boli en la mano y una libreta, sin abrir; y cuando le sirve su café. Ella nota su escrutinio cuando comienza a escribir o a mirar al vacío concentrada. Su “hasta luego, guapa” cuando la chica de la mochila, siempre risueña y amable, se marcha. No cojea pero  ve sus muecas y como ajusta su cojín según mejor le vaya. Algún día preguntará. ¿Qué le pasará?

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Eso mismo se pregunta el conductor del autobús. Lleva meses viéndola coger su línea, cargada con la mochila, y bajar siempre en la parada del Hospital. ¿Hará noches con algún familiar? ¿Irá ella a rehabilitación?

Ella es consciente de esas miradas pero son mejores que las que recibía por no dejar el sitio a los mayores. No siente que deba justificarse pero comenta educada a quién le pregunta. Ahora, va cómoda. No como antes, sufriendo en cada cafetería, transporte o la silla de casa para sentarse a la mesa.

Ella se acostumbró a sus mochilas -tiene varias-,  a sus cojines lumbares -tiene dos- y se acostumbró al escrutinio de la gente. Esas miradas pasaron de la curiosidad a la costumbre entre los que la ven todos los días. Porque esos cojines, sin pretenderlo, cuentan ya la historia de una chica con una gran mochila a la espalda: el dolor crónico.

*relato escrito en una servilleta, la libreta no se abrió esta vez.

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2 comentarios en “La chica de la mochila

  1. Que relató más bonito
    Que bien refleja el día a día de muchas personas con dolor crónico
    Me veo tan reflejada!!!!
    Muchas gracias

  2. Es un gran paso animarse a mostrar que uno necesita ayudas técnicas: un cojín, un bastón por ejemplo. Y me da la impresión que al mostrarlos uno logra un poco más de empatía, como cuando contás que ahora no te miran mal por no ceder el asiento.
    Es tan difícil a veces mostrar lo que a uno le pasa y sería tan sencillo si uno simplemente dijera “porque me duele” y los demás entendieran sin más, o si preguntaran tal vez, porque al compartir muchas veces la carga se hace menos pesada y las miradas -a veces- cambian de inquisidoras a comprensivas.
    Hablábamos ayer con unos compañeros de trabajo de estos temas, de lo invisible que puede llegar a ser el dolor en otras personas. Por otro lado, (y quiero contarlo para hacer alarde, jeje, realmente me sentí halagada), ellos me decían que a pesar de saber lo que me estaba pasando (tenía un día de los malos) yo seguía manteniendo el buen humor, que ellos en mi lugar estarían fastidiosos, malhumorados. Esa charla fue el equivalente a unos cuantos miligramos de analgésico.
    Mis mejores deseos de tramadol para la chica de la mochila 😉
    PaulaM

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