Sólo una historia más…

una historia más

A pesar del tiempo, no se había acostumbrado a su ausencia. Aún cuando pasaba cerca de su balcón, levantaba la vista con los ojos llenos de melancolía. En ocasiones, pensaba que era un tonto romántico y, en otras, sentía que traicionaba a su esposa.

No podía quejarse de su vida. Cierto que se fue de la ciudad con el corazón roto pero, al cabo de unos años de dedicarse a su trabajo, Cecilia apareció para devolverle la ilusión. Hasta ese momento se había dedicado a sus casos, a hacerse un hueco en el gabinete donde le dieron su primera oportunidad y había decidido no volverse a enamorar. Bueno, eso no era del todo cierto, sabía que no se volvería a enamorar. Cuando llegó a ser socio, le invitaron a un gran evento, con la flor y nata de la ciudad y allí le presentaron a Cecilia. Bailaron unas piezas, compartieron charla durante la cena y poco más.

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Una historia de dos II

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Sobre 1935, regresó al pueblo. Su padre, engañado por su actual esposa, estaba enfermo y en la ruina. Ella quiso cobrarse los años de servicio, vendiendo los muebles y robando el dinero poco a poco. Junto con su hermano y su cuñada, lo cuidaron y también velaron el día de su muerte, todo estaba perdonado.

Como su hermano disponía de una buena casa, la familiar le tocó en herencia a él y comenzó a reformarla. Le ilusionaba arreglar desperfectos, echar suelo nuevo, cambiar vigas,… siempre que su trabajo de criado se lo permitía. Sin embargo, en unos meses se desataría la Guerra que paralizó a España y los planes de boda de la pareja, ya comprometida, quedaron en el aire.

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Una historia de dos I

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Esta es la historia de dos jóvenes, nacidos a principios del siglo XX, que sólo tenían clara una cosa: vivirían el uno junto al otro, superando todas las pruebas que les pusiera la Vida.

Él era el segundo hijo de uno de los matrimonios más ricos del pueblo, baste decir que contaban con servicio doméstico, tierras y ganado. Económicamente, el pueblo estaba endeudado pues sus habitantes habían asumido el pago de las tierras al Marqués. No obstante, el trueque era la “moneda” de cambio y gracias a su buena posición, su padre pudo darles una educación.

Era rubio y de ojos azules, además de educado, inteligente y muy trabajador. Estaba muy bien considerado en el pueblo y las mozas lo veían como un buen partido. Sin embargo, él sólo tenía ojos para una prima lejana suya, morena de ojos avellana, guapa y muy respetada. Todas las tardes, conducía a las vacas al abrevadero justo a la hora en la que ella iba con las cántaras a por agua. Así, entre turno y turno, hablaban y galanteaban.

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Mirada al mar

mirada al mar

Había puesto tierra de por medio. Aún así, era consciente de que eso no solucionaba nada, sólo lo aplazaba.

Apoyada en la baranda del paseo, se puso a mirar el vaivén de las olas. Sin darse cuenta, dejó de ver el mar para visualizar aquella tarde.

Volvió a verle a Él, con su cabeza baja, sus hombros caídos y sus manos metidas en los bolsillos. Después, vio sus ojos húmedos y huidizos, notó el paso que daba hacia ella y como sus manos se posaron en sus hombros. No hacían falta las palabras. Ella se dejó llevar, rodeó su cintura con los brazos y apoyó la cabeza en su pecho. Notó un sabor salado, abrió los ojos y se encontró mirando al mar.

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Felicidad

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Lo sabía, era de Él y para Él. No podía imaginar su vida sin su tierna mirada, sin su gesto decidido, sin ese ceño fruncido.

A su lado, los sueños se volvían alcanzables, compartidos, y la sonrisa no abandonaba su alma, aunque en su rostro pudiera mostrarse algo de tristeza.

Su bienestar era el de Ella y la paz que sentía en sus brazos, su refugio. Saboreaba cada beso en sus labios, se estremecía con cada caricia suya mientras hablaban de todo y de nada, se abandonaba plácidamente, cada noche, al calor de su pecho y daba gracias por poder notar el latir de su corazón.

No había duda, su Felicidad estaba con Él, en Él.