Reencuentro

Había pasado mucho tiempo, “¿Tal vez demasiado?” Sí, demasiado, pero dicen que nunca es tarde. “Ojalá hubiera sido antes”. Borró ese pensamiento, era el momento y eso era lo que importaba. Ahí estaba, enfrente suya. ¿Cómo podía apenas no reconocer ese rostro?

Ese pequeño lunar en el arco de Cupido, ese hoyuelo en la mejilla derecha al sonreír. Esa sonrisa, ¡esa maravillosa y cálida sonrisa! La cual iba acompañada del arqueo de su ceja izquierda. Pero, sobre todo, era incapaz de comprender cómo había sido tan fácil olvidar el hipnótico brillo de sus ojos. Y sí, ahí estaba, mirando esos grandes ojos, hoy risueños por verle de vuelta.

Su corazón latía a más de 100 pulsaciones por minuto, no cabía duda. Sentía una especie de mariposas en la boca de su estómago, unas mariposas ya olvidadas y comenzó a llorar de emoción. Lloraba y sonreía mientras pasaba sus manos por ese rostro tan familiar y, después, por ese pelo rubio oscuro que parecía brillar como lo hiciera antaño. No podía ser, “No puede ser”…

Pasó a su cuerpo. Sí, ahí estaba el lunar de su clavícula, al igual que los puntos rubíes entre sus pechos y la cicatriz de su cesárea, esa que le picaba los días de lluvia pero que eran el recordatorio de su maternidad. Sus caderas eran algo más anchas; sin embargo, no tanto como le había hecho creer. Ni cánones ni no cánones, le encantaba lo que veía.

“Disculpe”, dijo una voz sacándola de su ensimismamiento, “si quiere otra talla de vestido se la acerco”. “Gracias, traiga el que usted decía, calculé bastante mal”, respondió con voz cantarina. Y así era, llevaba tanto tiempo aislada que había olvidado su reflejo.

Ahora, a kilómetros de su cárcel y carcelero, en un probador donde apenas entraban la sillita con su hijo de 3 años y ella, había tenido lugar un ansiado momento: el reencuentro consigo misma. Eran libres, era libre y se comenzaba a amar de nuevo.

Botella al mar, gracias

Si no os tuviera, estaría perdida. Perdida en vida, no me cabe duda. Cuándo hace casi 7 años decidí abrir mi primera red social, no sabía que estaba dando con ese chaleco salvavidas o ese bote de rescate para protegerme del frío océano que me rodeaba y comenzaba a aterir mi cuerpo y, sobre todo, mi Alma.

Midsummer Night's dream

Patricia Delgado by Alberto Oviedo

No sabía que esta red social sería mi barco, mi medio de transporte hacia Ítaca. Mucho menos, que algunos de vosotros me acompañaríais a pesar de atracar en islas en las que, si quisierais, podríais quedaros. Y tampoco sabía que cada uno de vosotros sería un eslabón de la cadena de ese ancla que permite que este barco se mantenga en rumbo, pese a las tormentas, pese a las horas de paz y descanso. Sé que no os ato pero que “algo” nos enlaza entre nosotros y que, muchos, lo pensaríais mil veces antes de cortar ese hilo.

Gracias por vuestra lealtad, vuestra amistad, vuestro amor e infinita paciencia, pues muchas veces, esta aprendiz de loba de mar suelta improperios cuándo la Tormenta se avecina y durante ella.

Vosotros sois capaces de calmarme, de trabajar en equipo conmigo, de sacar esa botella de ron después de haber salvado otra galerna, de que lleguen las risas y las ganas de baile.

Oksana Bondareva by Andrej Uspenski


Y alguno, a la vez, sois mi faro, mi estrella Polar.
Sé que es un mensaje breve. Puede que no demasiado pensado pero que sale de mi corazón sin miramientos, sobre todo después de los últimos meses.

Gracias por todo. Os quiero, chicos

La chica de la mochila

El “¡Cuánto tiempo, mi niña!” y los dos besos de una dependienta, el que le pregunte si salió de la ciudad o si sigue en ella, que la mire con tristeza al oír lo que tantas veces escuchó y que no cambia. Y que, seguidamente, la mire con admiración cuando le comenta qué hace y sus próximos proyectos. Que no sepa que ha estado quince minutos sentada en un banco, whatsappeando con un amigo, en lo que cogía fuerza para llegar a su tienda. Y que no sabrá que, tras despedirse de ella, la podrá encontrar en el bar de siempre, ese que queda cerca de su casa, en plena cuesta y que le da la vida para no hacer todo el recorrido de un tirón.

El saludo de la camarera. Su mirada mientras repite su ritual: elegir mesa, quitarse la mochila, sacar un cojín y colocarlo en la silla justo antes de ir a la barra y pedir. Su sonrisa cuando la ve sentada con un boli en la mano y una libreta, sin abrir; y cuando le sirve su café. Ella nota su escrutinio cuando comienza a escribir o a mirar al vacío concentrada. Su “hasta luego, guapa” cuando la chica de la mochila, siempre risueña y amable, se marcha. No cojea pero  ve sus muecas y como ajusta su cojín según mejor le vaya. Algún día preguntará. ¿Qué le pasará?

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Eso mismo se pregunta el conductor del autobús. Lleva meses viéndola coger su línea, cargada con la mochila, y bajar siempre en la parada del Hospital. ¿Hará noches con algún familiar? ¿Irá ella a rehabilitación?

Ella es consciente de esas miradas pero son mejores que las que recibía por no dejar el sitio a los mayores. No siente que deba justificarse pero comenta educada a quién le pregunta. Ahora, va cómoda. No como antes, sufriendo en cada cafetería, transporte o la silla de casa para sentarse a la mesa.

Ella se acostumbró a sus mochilas -tiene varias-,  a sus cojines lumbares -tiene dos- y se acostumbró al escrutinio de la gente. Esas miradas pasaron de la curiosidad a la costumbre entre los que la ven todos los días. Porque esos cojines, sin pretenderlo, cuentan ya la historia de una chica con una gran mochila a la espalda: el dolor crónico.

*relato escrito en una servilleta, la libreta no se abrió esta vez.

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La Química y el Dolor

Cuentos Cuánticos

Hola, queridos lectores.

Sí, sí, hacía muchísimo que no me leíais por aquí, ni por el blog de Justo, ni por el personal. He decidido escribiros por aquí, porque tiene más alcance y bueno, ningún sitio mejor para hablar de Química, ¿no?

Sin embargo, la Química, esta vez, soy yo. No sé si todos sabéis mi historia… Y, por eso, allá voy.

Yo y el Dolor

Sufro dolor crónico desde la L5-S1 hasta la punta de los dedos (en ambas piernas) siguiendo el recorrido del nervio ciático desde hace casi 7 años, todos y cada uno de los días, sin descanso. Todos esos días con sus noches correspondientes, pues sueño con el Dolor también. Aparte, me duele todo el coxis, cada articulación o inserción a nivel fémur con cadera, fémur con rótula, tibia con peroné y rótula, tobillo… Vamos, un desastre y una jodienda máxima. Comenzó con un mal giro de…

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¿Sólo un juguete?

La noche se le hacía eterna, estaba cansada de dormir. No podía abrir los ojos aún, pero sentía que un rayito de luz se colaba por una rendija.

Despertó y se encontró con esos ojos amables en los que podía ver su propio reflejo. Comenzaba la rutina, él le eligió un vestido precioso, como cualquiera de los que tenía. Aunque hoy le apetecía ir de rojo, no de verde. ¡Ojalá pudiera decírselo! El verde no estaba nada mal, pensó.

Le repasó el maquillaje y, al ver su sonrisa, supo que estaría preciosa, causaría sensación. Sin embargo, la dejó sentada delante de un espejo y, al verse, pensó que algo de colorete o un poquito de color en los labios le favorecería. Emitió un pequeño suspiro, ¡ojalá pudiera arreglarse ella!

Aunque no tenía razón para quejarse por detalles tan nimios como de qué forma ir vestida o maquillada, él estaba contento con ella y ella era feliz, ¿no? Había escuchado que si dudabas sobre tu felicidad, algo iba mal. Apartó ese pensamiento, era feliz, ¡Y era todo gracias a él!

Pasado un tiempo, él volvió arreglado, elegante y emanando una seguridad que no todos tenían. Hoy bordaría su actuación, no había duda. Sólo esperaba estar a la altura. ¿Podría equivocarse y hacerle sentir vergüenza? Imposible, sabía qué decir, estaba marcado en el guión.

Sintió su abrazo y cómo la reconfortaba, notó la aprobación en su cara y se sintió plena. La cuenta atrás comenzaba. Se abrió el telón y observó como todos sonreían; sus palabras salían al ritmo de las paradas de él, no olvidó nada de su texto. Todos reían, aplaudían y ella se sintió feliz otra vez.

Se apagaron los focos, podía notar el orgullo en la cara de su compañero pero, al llegar al camerino, su gesto se volvió serio. No le dijo “buen trabajo” o “estoy orgulloso de ti”. Hacía mucho que no se lo decía y comenzó a sentirse triste.

Sonó una melodía conocida y observó como él tecleaba sin parar, sonreía. Sólo significaba una cosa: se iría como otras tantas noches y la dejaría sola.

Le puso su modesto camisón, le lavó la cara para no dejar restos de maquillaje y la metió en la cama. Aunque… no sabía si podía llamar cama a una caja donde la dejaría prisionera hasta la próxima función.

¿No habría nada más en la vida de una marioneta?

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