No te puede doler tanto

Buenas, aquí estoy de nuevo.

Antes que nada: contestaré a todos los comentarios que me habéis dejado por mi anterior entrada cuando tenga un ratito bueno, éste lo voy a dedicar a contaros algo.

Hace bastantes años, antes de sufrir mi dolor crónico, tuve un cálculo de riñón. Yo no sabía lo que era y me asusté muchísimo pues no podía doblar ni mover la pierna en un principio y era insoportable. Llamé a mi madre al trabajo y me dijo que era un cálculo, que llamase al consultorio de urgencia y a mi vecina, en lo que ella pedía permiso para escaparse del trabajo, para que me ayudase a meterme en la cama y tal.

Recuerdo que logré encontrar una postura en la que el dolor disminuía bastante y me quedé completamente quieta. Boca arriba y con las piernas flexionadas. Al llegar el doctor lo primero que me dijo fue “Muy quieta estás para que sea un cálculo renal” y mi contestación “no me jodas, para una una postura que encuentro”. Me hizo el reconocimiento y sí era un cólico nefrítico. Estuve toda una semana en la cama, sin moverme. Yo no dejo de moverme en la cama pero, hasta de dormida, mi cuerpo sabía que esa postura era la mejor para mí.

Años después, posiblemente hace tres años, le comenté a este médico que yo no podía ir sólo con tres pastillas de 37,5 mg. tramadol/325 mg. paracetamol. No me llegaban, mi cuerpo me dolía horrores, había veces que ni soportaba el dolor en la caja torácica (y sobre todo en el esternón) y no aguantaba llevar el sujetador. Además, le dije que el paracetamol nunca me ha servido para nada y estaba tomando mucho al día para nada. Su contestación “No te puede doler tanto con la cara de guapa que me traes”. Mi contestación “pues me duele muchísimo y esto no me ayuda”, él insistió “Es imposible que tanta analgesia no te haga nada, me traes de cabeza”.

¿En serio? ¿Qué tendrá que ver que me tape las ojeras de fatiga y sufrimiento nada más levantarme y que me maquille para no ver mi reflejo de fantasma en los espejos o escaparates? ¿Acaso por sufrir un dolor constante no puedo ir arreglada y maquillada? No, parece que si estás tan mal, tienes que estar deprimida total y salir sin arreglarte ni peinarte; como si no te ducharas en una semana y con el gesto torcido. Pues no, señores, yo me levanto, me lavo la cara, me doy mi crema hidratante y el corrector de ojeras aunque no vaya a salir de casa.

Esto no sólo me ha pasado con los doctores, sino con casi todo el mundo. “Ya debes estar mejor porque vaya carita y actitud tienes”, “Uy, pero que guapa estás, ¿te curaste?”, “¿Ya encontraste trabajo? ¿Cómo que no puedes trabajar? ¡si estás estupenda!”. Pues no señores, el dolor va conmigo, vive conmigo y duerme conmigo, incluso se mete en mis sueños. Yo no tengo brotes, vivo con el dolor todo el día, las 24 horas. Cuando ya no puedo más o tengo un día con el dolor exacerbado, mis ojeras de cansancio salen a pesar del corrector, mis ojos se apagan o están sin brillo todo el día y tienden a cerrarse. Necesito sentarme, tomar un café y cerrar los ojos para recuperar Energía si estoy fuera de casa; o echarme en el sofá (aunque suelo estar tumbada casi siempre) y cerrar los ojos, aislarme de cierta forma para recuperar algo de Energía y seguir. A veces necesito ponerme hasta tapones en los oídos porque no soporto el ruido ya sea el de un bar o el de la televisión.

El maquillaje encubre y la ropa también, me maquillo y me visto bien para sentirme mejor pero no tienen efecto analgésico. ¡Ojalá lo tuvieran!

Cuando voy a algún evento, soy consciente de que es la adrenalina, de estar con mi gente de la divulgación y amigos, la que me hace funcionar; pero no me libro de la bajada de energía, del cansancio. Empiezo a no soportar ruidos, a querer cerrar los ojos y aislarme. Muchas veces no lo consigo y me pongo muy nerviosa, mi dolor comienza a estar más presente y me vuelvo susceptible. A veces, sin darme cuenta, he contestado mal a la gente por culpa de esa fatiga, de ese agotamiento y esas ganas de estar en mi sofá o al hotel y poder dormir. Por cierto, necesito respaldo siempre y en los hoteles no estoy nada cómoda. Tengo un truco que consiste en poner almohadas en el cabecero de la cama y dormir en posición fetal a lo ancho de la misma. En mi casa, pongo muchos cojines y tiro de la sábana para que no se tumben y notar que mi espalda está apoyada. Aunque en la cama nunca estoy bien, prefiero el sofá 100 veces. Eso sí, de estar tumbada de un lado u otro tras 7 años, he desarrollado trocanteritis en ambas caderas, con roturas fibrilares por las contracturas que he tenido siempre (ahora no tengo tantas gracias al clonazepam que actúa de relajante muscular), y con las trocanteritis el sofá es demasiado duro para aguantar como aguantaba antes. Vamos, que hay días que ni puedo echarme la siesta que necesito todos los días.

Así que, aunque nos vean estupendos por la calle, arreglados, con una sonrisa pintada en la cara… No presupongan que no nos duele tanto o que estamos mejor, porque puede que sea uno de nuestros peores días y por eso vamos así, para vernos bien aunque sea en un reflejo.

Gracias por la lectura

 

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La Química y el Dolor

Cuentos Cuánticos

Hola, queridos lectores.

Sí, sí, hacía muchísimo que no me leíais por aquí, ni por el blog de Justo, ni por el personal. He decidido escribiros por aquí, porque tiene más alcance y bueno, ningún sitio mejor para hablar de Química, ¿no?

Sin embargo, la Química, esta vez, soy yo. No sé si todos sabéis mi historia… Y, por eso, allá voy.

Yo y el Dolor

Sufro dolor crónico desde la L5-S1 hasta la punta de los dedos (en ambas piernas) siguiendo el recorrido del nervio ciático desde hace casi 7 años, todos y cada uno de los días, sin descanso. Todos esos días con sus noches correspondientes, pues sueño con el Dolor también. Aparte, me duele todo el coxis, cada articulación o inserción a nivel fémur con cadera, fémur con rótula, tibia con peroné y rótula, tobillo… Vamos, un desastre y una jodienda máxima. Comenzó con un mal giro de…

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El chico del tren

borreguero

Hace no demasiados años, existía un tren (varios), denominado “el Borreguero”, con asientos de madera, redes prendidas al techo para llevar el equipaje sobre las cabezas…, cuya tarea era llevar a los jóvenes de 21 años desde sus provincias o partidos judiciales (donde estuviera su cuartel) a sus destinos para cumplir el servicio militar. Eran viajes que duraban, por lo general, días.

En uno de ellos, con más días de camino por delante, iba un muchacho de apenas 21 años que no pensaba en su destino sino en que, la noche anterior, había conseguido la promesa de un baile por parte de una esquiva chiquilla. Serían 15 meses mínimo y estaba convencido de que le esperaría, aunque le hubiera rechazado varias veces ya.

Después de su periplo por África, regresó y se arregló para ir a por su baile. La divisó en la discoteca, con su grupo de amigos. Nunca le habían dejado pertenecer por ser más pequeño. Tocó el hombro de la muchacha y le dijo “me debes un baile, he vuelto”. Ella soltó un suspiro y le dijo que cumplía las promesas. Bailaron y, ocho meses después, se dieron el “sí, quiero”. No se había equivocado cuando, a los 16 años, se cruzó con ella en el hospital tras ir ambos, sin saberlo, a ver al mismo bebé.

Montaron un negocio, comenzaron a prosperar, darse caprichos y, pronto, esperaban a su primer hijo. No podían ser más felices. Hasta que un día de marzo, el feto murió y ella casi pierde la vida entre gritos, lágrimas y dolores. Aquello los unió aún más. Un año y dos meses después, volvía a repetirse la historia. Su esposa se moría de dolores, sin dilatar y su esperada hijita se apagaba. No podía creerlo.

Quiso el destino que el doctor que la reconoció en su día, pasara por allí y le practicara una cesárea de urgencia. Ya eran tres y él no podía casi reaccionar, ¡qué miedo había pasado! Estaba tan en las nubes que le compró un chupete y un ratón, en vez de un biberón.

Llegó la primera Navidad, había que hacerle su primer regalo y tuvo una idea: ¿qué mejor que un scalextric, un tren rojo y verde? Todos le rieron la ocurrencia, sus sobrinos de 9 (aquel bebé), 7 y 6 años se lo agradecieron bastante. ¿Y la bebé?

Ella aún conserva un vagón rojo entre sus juguetes infantiles.

A mi padre

¿Sólo un juguete?

La noche se le hacía eterna, estaba cansada de dormir. No podía abrir los ojos aún, pero sentía que un rayito de luz se colaba por una rendija.

Despertó y se encontró con esos ojos amables en los que podía ver su propio reflejo. Comenzaba la rutina, él le eligió un vestido precioso, como cualquiera de los que tenía. Aunque hoy le apetecía ir de rojo, no de verde. ¡Ojalá pudiera decírselo! El verde no estaba nada mal, pensó.

Le repasó el maquillaje y, al ver su sonrisa, supo que estaría preciosa, causaría sensación. Sin embargo, la dejó sentada delante de un espejo y, al verse, pensó que algo de colorete o un poquito de color en los labios le favorecería. Emitió un pequeño suspiro, ¡ojalá pudiera arreglarse ella!

Aunque no tenía razón para quejarse por detalles tan nimios como de qué forma ir vestida o maquillada, él estaba contento con ella y ella era feliz, ¿no? Había escuchado que si dudabas sobre tu felicidad, algo iba mal. Apartó ese pensamiento, era feliz, ¡Y era todo gracias a él!

Pasado un tiempo, él volvió arreglado, elegante y emanando una seguridad que no todos tenían. Hoy bordaría su actuación, no había duda. Sólo esperaba estar a la altura. ¿Podría equivocarse y hacerle sentir vergüenza? Imposible, sabía qué decir, estaba marcado en el guión.

Sintió su abrazo y cómo la reconfortaba, notó la aprobación en su cara y se sintió plena. La cuenta atrás comenzaba. Se abrió el telón y observó como todos sonreían; sus palabras salían al ritmo de las paradas de él, no olvidó nada de su texto. Todos reían, aplaudían y ella se sintió feliz otra vez.

Se apagaron los focos, podía notar el orgullo en la cara de su compañero pero, al llegar al camerino, su gesto se volvió serio. No le dijo “buen trabajo” o “estoy orgulloso de ti”. Hacía mucho que no se lo decía y comenzó a sentirse triste.

Sonó una melodía conocida y observó como él tecleaba sin parar, sonreía. Sólo significaba una cosa: se iría como otras tantas noches y la dejaría sola.

Le puso su modesto camisón, le lavó la cara para no dejar restos de maquillaje y la metió en la cama. Aunque… no sabía si podía llamar cama a una caja donde la dejaría prisionera hasta la próxima función.

¿No habría nada más en la vida de una marioneta?

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