Un adiós

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No quiero pensarlo mucho pero ya no estás, no como antes. Y no sé si sentirme bien o culpable.

Me había acostumbrado a ti, a tu dolor, a MI dolor. Si no aparecías en mis días, en mi mente… mi mundo no estaba completo, no sin ese regusto a sufrimiento.

Cárcel elegida para no vivir, para no enfrentarme a la vida.
¡Iluso, pobre iluso! Cuánto tiempo perdido, cuantas vivencias que no lo fueron.

Pero ahora, ahora no te percibo, no noto tu recuerdo presionándome en el pecho.

Volví la cara a la alegría, a la vida, a MI vida.

Por fin, por fin me solté de tu mano para volar feliz.

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Sueños

Soho

(Foto de Mary Helen Bowers @balletbeautiful)

¿Cuándo fue la última vez que cerró sus ojos y levantó su cara para sentir el sol? ¿Cuándo fue la última vez que su calor la arropó y le infundió seguridad? Hacía mucho que no sentía esa calidez, ese instante de dejar la mente en blanco y sonreír. Hacía mucho que sus sueños estaban en oscuridad, en un rincón oscuro de su mente, dentro de un baúl imaginario cubierto de polvo.

Llevaba años en los que no vivía, sobrevivía. Es muy distinto porque sobrevives por inercia, como si no tuvieses nada que te motivara para saltar de la cama. Había caído en esa desidia, en ese creerse atrapada en la normalidad y ni se le pasaba por la mente el cambiar, no pensaba. Sólo sobrevivía, nada más.

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Perdedor profesional

junco

¿Recuerdas mi  post sobre el débil cotidiano? Pues otro concepto o definición que tengo por la cabeza es la de “perdedor profesional”.

La oí en un programa televiso en el que una candidata a entrar en la selección de participantes renunció a una segunda prueba porque “era todo o nada”. Según ella, si dos de los tres jueces le daban el sí pero, un tercero, le decía que no pues  no tenía lógica pasar una segunda prueba, no estaba al nivel.

Intentaron hacerle ver que era otra oportunidad y que había más gente, en su situación, preparada para ese segundo reto. Pero hizo oídos sordos, ella era una perfeccionista y creía que su trabajo era buenísimo; pero si ya contaba con un negativo,  no se merecía entrar en ese concurso. Cuando abandonó la sala, dijeron de ella que era una “perdedora profesional”.

Y eso me hizo pensar. Tenía una actitud que rayaba el egocentrismo (muy subido) pero, en realidad, no se permitía ni un fallo y era una verdadera crítica consigo misma. Aparentaba algo que no era y su afán de superación o no defraudarse le estaba quitando grandes oportunidades. Me hizo pensar porque yo también soy muy autocríitica y durante un tiempo me he dedicado a ser reo, juez y jurado, 3 en 1 que me tenían con un sentimiento de decepción personal con la que no podía. Siempre me echaba en cara el no intentarlo más, el pensar que con un poco de esfuerzo la situación sería distinta, no me perdonaba ni errores, ni el no haberme quitado la venda de los ojos antes,…, la culpa nunca era por las circunstancias: yo podía con todo y si, al final, no podía, la culpa era solo mía. Sigue leyendo

De corazón (personal)

¿Por qué nos aferramos a lo que  nos hace daño? ¿Por qué somos tan autodestructivos? ¿Por qué teñimos nuestra realidad con tonos grises cuando estamos rodeados de color?

Ya escribí hace tiempo sobre los “débiles cotidianos” y esta entrada está muy relacionada. Estoy empezando a cansarme de ver cómo un día tras otro, hora tras hora, alguien de mi alrededor tiene una mirada triste y no es capaz de valorar lo que tiene. Me dan ganas de gritarles, de zarandearles para hacerlos reaccionar. El ser humano acepta la crítica destructiva a la primera y sólo una es capaz de acabar con miles de críticas constructivas. Es nuestra naturaleza pero no nos tiene que marcar el día a día, podemos hacer cambios y tener una visión más positiva de todo.

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Picajosa

picajosaSi, estoy picajosa y mucho.

Sé que no es mi estado habitual y que para salte hace falta mucho, pero hoy me debe haber pillado todo a contrapie.

Hay muchas cosas que me sacan de quicio, temas serios y de actualidad sobre los que me pronuncio en petit comité y otras cosas, más banales, que me pueden precisamente por ser tan de poco sentido común. No soy perfecta, ¡ni mucho menos!, ni soy quién para dar lecciones o imponer mi criterio, me limito a dar mi opinión y darle voz a lo que da vueltas por mi loca cabeza.

Hace unas horas, estuve tentada de redactar una Megaentrada con todo lo que me parece frívolo, tonto o, sencillamente, triste por la avalancha empalagosa de San Valentín. Después, me calmé un poco pero… como que tengo cuerpo de post. No tengo nada en contra de San Valen, quién me parece que hacía una labor preciosa siglos atrás y pagó un alto precio. Esto es parecido a lo de la Navidad, el objeto y objetivo de la celebración se pierde, la frivolizamos y, también, miramos mal a quienes no siguen la moda “cargándose el espíritu”. Y no sólo la fiesta y su almíbar es lo que me puede sino ciertos tópicos que atribuimos al amor y que no son ciertos, que nos llevan a repetir patrones, desencantos, esperas,…, y lo asimilamos como si fuese natural, un dictado divino que no se puede cuestionar.

¿Por dónde empezar? Uff, debería hacer una lista y desarrollar. Pero como no quiero dar la brasa, intentaré resaltar mi punto de vista o lo que me parece más sangrante.

Primero, estar enamorado de alguien es genial. Tanto cuando no sabes si te corresponde o no, como cuando constatas que sí eres correspondido y como sigues estando así a lo largo de la relación con sus baches (sobre todo al principio) y sus momentos mágicos. El sentirte como en la primera cita aún cuando han pasado años, o ponerte nervioso esperando un sms, una llamada o un e-mail cuando sabes de sobra que vuestra relación está más que consolidada. Y, bueno, eso sin hablar de algo tan básico como “aceptar vuestros defectos” como parte natural de lo que te gusta de tu pareja; si hay algo que aborreces y quieres que cambie de raíz, me da que es mejor cambiar de pareja. Lo ideal es que nos vayamos adaptando sin forzar las cosas y no querer cambiarle al otro hasta el chasis. ¡No, hija, no! que diría Antonio Ozores.

Pero, aunque estarlo es genial, hay muchas veces que tenemos una base errada de lo que se supone que es estar enamorado o lo que es natural. Primero, hay algo que me puede y es cuando dicen “me di cuenta de que mis sentimientos hacia fulanito cambiaban porque me trataba como una reina y bla bla bla”. Lo siento, a mí o me mueves el piso desde el minuto uno o no me ganas con palabrerías, esto no es conseguir puntos o que te ganen a detalles propios del demente Romeo. Y lo digo porque hay mucho, pero mucho lobo disfrazado de cordero, depredadores que esperan lo que haga falta para hacerse con su presa y, como no, despedazarte una vez que te “consiguen”. Y sí, lo digo con conocimiento de causa. No me fío de palabras, sino de hechos. Muchos me dicen que tengo un gran caparazón. No, tengo una doble muralla con doble foso, cocodrilos y arqueros con flechas incendiarias y mis amigos me lo habréis oído miles de veces. Lo reconozco, me he vuelto muy dura pero, con tanta muralla de por medio, hay quien ha conseguido conquistarme sin que ningún guardia se de cuenta. ¿Cómo? Sólo quién lo logra, lo sabe.

Otra cosa, “quien bien te quiere, te hará llorar”. Disiento, quién más me ha hecho llorar no me quería, era egoísta y, en el amor, el egoísmo no funciona. Ese es otro fallo, tendemos a cortar las alas del otro, a cercarlo, transformarlo más parecido a nosotros o, simplemente, atarlo para que no se escape y es lo peor que puedes hacer. Eso es no respetar al otro, no confiar en la otra persona,…, obligar a alguien a estar contigo, a que se sacrifique por ti es egoísta y cruel. Todos tendréis el amigo (chico o chica) que desaparece cuando tiene pareja, que borra a sus amigos por celos de la otra persona,…, eso es muy triste. El amor no debe ser egoísta sino que debes mejorar la vida del otro y mirar por su felicidad, la felicidad y lo mejor para los dos. Además, no entiendo a quienes no pueden ver a sus ex parejas con otra persona; no es plato de gusto pero si dices seguir queriendo  (en el sentido de no tener rencor) a tu ex, le desearás lo mejor aunque tú no seas quién pueda dárselo, ¿no?.

Y bueno, uniendo las dos cosas: no soporto a los que hacen algo por ti, aunque a ti te repateé sólo para demostrarte que lo hacen porque están por ti. Eso es ser egoísta pero con mayúsculas, si te digo que no me gustas por mucho que me cortejes y tengas detalles conmigo ¡no me vas a gustar!. Si te prometes darme los buenos días todas las mañanas para que vea que piensas en mí, a la tercera mañana verás que mi teléfono está apagado porque no quiero tus buenos días. Y si te digo que no me hagas piropos porque me violentan y de ti no quiero oírlos, ¡no los hagas!. Que hay mucho sordo cuando no le interesa. ¡Ah! y cuando decimos “No”, es un “No” como bien dije esta mañana por el Twitter; nada de psicología inversa, las cosas claras.

Si todo es más sencillo de lo que lo hacemos, en serio. Ni somos piezas de puzzle, ni princesas ni caballeros, ni juglares bobos cantando loas acompañados con un laúd. Ni nosotras tenemos que estar sufriendo porque el chico que nos gusta nos mira o no, ni vosotros tenéis que ser siempre los que deis el primer paso,…, tanto tecnicismo me mata. Además, una cosa… he tratado con algún que otro caballero: mucho abrir la puerta, mucho detallito, muchas alabanzas,… y luego, puertas para adentro, he descubierto a un puñetero celoso, dependiente e inútil, incapaz de ayudar ni a su madre con la compra, al que tienes que aceptar como lo conociste porque ni va a molestarse en adaptarse a ti. Y, oye, ni tanto ni tan calvo.

Que lo dicho, que estoy picajosa y me sobrepasa el sobreesfuerzo, el amor sufriente y el dicho amor platónico que se sacaron unos siglos ha de la manga. Nadie dice que sea fácil, pero es menos complicado de lo que lo hacemos.

Fin de chapa, gracias por la paciencia.