No sólo un sueño

lunamelancolica

Volvió a soñar con Ella, a sentir en sueños las mismas sensaciones como si estuviese despierto. Sólo paseaban y Él le decía “sé que no has venido para quedarte, que te marcharás aún sabiendo lo que me haces sentir”. Ni esperaba respuesta, ni la tendría, Ella sólo le miraba unas décimas de segundo para seguir mirando al frente. “Sé que sientes lo mismo y aún así volverás a marcharte. Te tendré sin tenerte nunca, igual que tú me tendrás por siempre”. Media sonrisa se abrió paso en el rosto de Ella para desaparecer.

Volvía a estar solo, pero esa sensación vívida sentida a su lado permanecía. Ella le había enseñado a reconocer el verdadero amor, el puro, el que no corta las alas, el que respeta la libertad del otro y el que sigue presente aún cuando ese amor no puede con las circunstancias.

Ella, una vez, le dijo que encontraría a alguien con quién sería tan feliz como lo fueron los dos, el Destino no permitiría que alguien tan noble y especial se quedase solo, sumido en un Recuerdo. Ese amor se reencarnaría, lo reconocería y llenaría el resto de su Vida. Él sólo quería que tuviese razón, aunque tuviese otro aspecto… el amor que le inspiraría esa nueva alma sería el mismo.

Despertó y no se sintió solo a pesar de su piso vacío, siempre quedarían sus sueños y la promesa de su reencuentro.

Picajosa

picajosaSi, estoy picajosa y mucho.

Sé que no es mi estado habitual y que para salte hace falta mucho, pero hoy me debe haber pillado todo a contrapie.

Hay muchas cosas que me sacan de quicio, temas serios y de actualidad sobre los que me pronuncio en petit comité y otras cosas, más banales, que me pueden precisamente por ser tan de poco sentido común. No soy perfecta, ¡ni mucho menos!, ni soy quién para dar lecciones o imponer mi criterio, me limito a dar mi opinión y darle voz a lo que da vueltas por mi loca cabeza.

Hace unas horas, estuve tentada de redactar una Megaentrada con todo lo que me parece frívolo, tonto o, sencillamente, triste por la avalancha empalagosa de San Valentín. Después, me calmé un poco pero… como que tengo cuerpo de post. No tengo nada en contra de San Valen, quién me parece que hacía una labor preciosa siglos atrás y pagó un alto precio. Esto es parecido a lo de la Navidad, el objeto y objetivo de la celebración se pierde, la frivolizamos y, también, miramos mal a quienes no siguen la moda “cargándose el espíritu”. Y no sólo la fiesta y su almíbar es lo que me puede sino ciertos tópicos que atribuimos al amor y que no son ciertos, que nos llevan a repetir patrones, desencantos, esperas,…, y lo asimilamos como si fuese natural, un dictado divino que no se puede cuestionar.

¿Por dónde empezar? Uff, debería hacer una lista y desarrollar. Pero como no quiero dar la brasa, intentaré resaltar mi punto de vista o lo que me parece más sangrante.

Primero, estar enamorado de alguien es genial. Tanto cuando no sabes si te corresponde o no, como cuando constatas que sí eres correspondido y como sigues estando así a lo largo de la relación con sus baches (sobre todo al principio) y sus momentos mágicos. El sentirte como en la primera cita aún cuando han pasado años, o ponerte nervioso esperando un sms, una llamada o un e-mail cuando sabes de sobra que vuestra relación está más que consolidada. Y, bueno, eso sin hablar de algo tan básico como “aceptar vuestros defectos” como parte natural de lo que te gusta de tu pareja; si hay algo que aborreces y quieres que cambie de raíz, me da que es mejor cambiar de pareja. Lo ideal es que nos vayamos adaptando sin forzar las cosas y no querer cambiarle al otro hasta el chasis. ¡No, hija, no! que diría Antonio Ozores.

Pero, aunque estarlo es genial, hay muchas veces que tenemos una base errada de lo que se supone que es estar enamorado o lo que es natural. Primero, hay algo que me puede y es cuando dicen “me di cuenta de que mis sentimientos hacia fulanito cambiaban porque me trataba como una reina y bla bla bla”. Lo siento, a mí o me mueves el piso desde el minuto uno o no me ganas con palabrerías, esto no es conseguir puntos o que te ganen a detalles propios del demente Romeo. Y lo digo porque hay mucho, pero mucho lobo disfrazado de cordero, depredadores que esperan lo que haga falta para hacerse con su presa y, como no, despedazarte una vez que te “consiguen”. Y sí, lo digo con conocimiento de causa. No me fío de palabras, sino de hechos. Muchos me dicen que tengo un gran caparazón. No, tengo una doble muralla con doble foso, cocodrilos y arqueros con flechas incendiarias y mis amigos me lo habréis oído miles de veces. Lo reconozco, me he vuelto muy dura pero, con tanta muralla de por medio, hay quien ha conseguido conquistarme sin que ningún guardia se de cuenta. ¿Cómo? Sólo quién lo logra, lo sabe.

Otra cosa, “quien bien te quiere, te hará llorar”. Disiento, quién más me ha hecho llorar no me quería, era egoísta y, en el amor, el egoísmo no funciona. Ese es otro fallo, tendemos a cortar las alas del otro, a cercarlo, transformarlo más parecido a nosotros o, simplemente, atarlo para que no se escape y es lo peor que puedes hacer. Eso es no respetar al otro, no confiar en la otra persona,…, obligar a alguien a estar contigo, a que se sacrifique por ti es egoísta y cruel. Todos tendréis el amigo (chico o chica) que desaparece cuando tiene pareja, que borra a sus amigos por celos de la otra persona,…, eso es muy triste. El amor no debe ser egoísta sino que debes mejorar la vida del otro y mirar por su felicidad, la felicidad y lo mejor para los dos. Además, no entiendo a quienes no pueden ver a sus ex parejas con otra persona; no es plato de gusto pero si dices seguir queriendo  (en el sentido de no tener rencor) a tu ex, le desearás lo mejor aunque tú no seas quién pueda dárselo, ¿no?.

Y bueno, uniendo las dos cosas: no soporto a los que hacen algo por ti, aunque a ti te repateé sólo para demostrarte que lo hacen porque están por ti. Eso es ser egoísta pero con mayúsculas, si te digo que no me gustas por mucho que me cortejes y tengas detalles conmigo ¡no me vas a gustar!. Si te prometes darme los buenos días todas las mañanas para que vea que piensas en mí, a la tercera mañana verás que mi teléfono está apagado porque no quiero tus buenos días. Y si te digo que no me hagas piropos porque me violentan y de ti no quiero oírlos, ¡no los hagas!. Que hay mucho sordo cuando no le interesa. ¡Ah! y cuando decimos “No”, es un “No” como bien dije esta mañana por el Twitter; nada de psicología inversa, las cosas claras.

Si todo es más sencillo de lo que lo hacemos, en serio. Ni somos piezas de puzzle, ni princesas ni caballeros, ni juglares bobos cantando loas acompañados con un laúd. Ni nosotras tenemos que estar sufriendo porque el chico que nos gusta nos mira o no, ni vosotros tenéis que ser siempre los que deis el primer paso,…, tanto tecnicismo me mata. Además, una cosa… he tratado con algún que otro caballero: mucho abrir la puerta, mucho detallito, muchas alabanzas,… y luego, puertas para adentro, he descubierto a un puñetero celoso, dependiente e inútil, incapaz de ayudar ni a su madre con la compra, al que tienes que aceptar como lo conociste porque ni va a molestarse en adaptarse a ti. Y, oye, ni tanto ni tan calvo.

Que lo dicho, que estoy picajosa y me sobrepasa el sobreesfuerzo, el amor sufriente y el dicho amor platónico que se sacaron unos siglos ha de la manga. Nadie dice que sea fácil, pero es menos complicado de lo que lo hacemos.

Fin de chapa, gracias por la paciencia.

Sólo una historia más…

una historia más

A pesar del tiempo, no se había acostumbrado a su ausencia. Aún cuando pasaba cerca de su balcón, levantaba la vista con los ojos llenos de melancolía. En ocasiones, pensaba que era un tonto romántico y, en otras, sentía que traicionaba a su esposa.

No podía quejarse de su vida. Cierto que se fue de la ciudad con el corazón roto pero, al cabo de unos años de dedicarse a su trabajo, Cecilia apareció para devolverle la ilusión. Hasta ese momento se había dedicado a sus casos, a hacerse un hueco en el gabinete donde le dieron su primera oportunidad y había decidido no volverse a enamorar. Bueno, eso no era del todo cierto, sabía que no se volvería a enamorar. Cuando llegó a ser socio, le invitaron a un gran evento, con la flor y nata de la ciudad y allí le presentaron a Cecilia. Bailaron unas piezas, compartieron charla durante la cena y poco más.

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La boda de Kate

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Ayer terminé “La Boda de Kate” de Marta Rivera de la Cruz y me ha gustado bastante. Es una novela ligera, amable, con personajes muy cercanos y, además, con la búsqueda de un misterioso manuscrito.

La novela arranca presentándonos a Kate Solomon en su época de estudiante, cuando ya siente algo por Foster Smith, el guapo oficial del colegio. Incompresiblemente, cuando éste le pide acudir a un baile, lo rechaza y no lo hará una vez, sino tres a lo largo de su vida. La batalla interna entre sus sentimientos y hacer lo que se espera de ella la va marcando sin remedio.

Ahora, tras esta pequeña pincelada, nos situamos en un pueblecito gallego llamado Ribanova. El padre de Kate y su hermano, un escritor con éxito tardío, están muy unidos a esa población y cuando Kate se queda viuda se instala allí. Regentará la librería “El Unicornio” y compartirá casa con dos mujeres mayores que ella, Anna Livia y Shirley, tan opuestas como el día y la noche pero que se complementan como éstos. Ellas pondrán los toques de humor y desenfado, en su afán porque Kate tenga la boda perfecta.

Cierto, la boda… es el fin que Foster Smith, entrado en los 70, persigue desde su juventud y no duda en presentarse en Ribanova el día del cumpleaños de Kate. Consigue localizarla gracias a su hijo, un filólogo decidido a escribir la biografía del tío Salomon. Desde ese momento, nos vemos envueltos en la vorágine de una boda defendida por unos y desaconsejada por otros. Preparativos, intentos de boicot, la sombra de un escritor famoso, investigación para dar con un legajo que reportaría mucho dinero,…, diversión, romanticismo, descubrimientos y buen sentido del humor.

No es una gran novela, de las que no se olvidan, pero es perfecta para desconectar un poco y comprender que el amor sincero y la amistad no tienen edad.

Incoherencia

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Estando cerca, nos sentíamos lejos. Estando lejos, nos necesitábamos cerca. Nos moríamos por hablar si no nos veíamos. Nos quedamos sin palabras al encontrarnos frente a frente. ¿Qué clase de incoherentes enamorados éramos? ¿éramos o somos? ¿somos o seremos?.

Yo no tengo claro nada, dudo que lo tengas claro tú. Sólo sé que no te olvido, que te extraño por momentos, que sonrío por nuestras calles, que miro con melancolía nuestros lugares. Sólo sé que te presiento, que te intuyo, que te leo,…, y, al mismo tiempo, me desconciertas, me despistas, me sorprendes.

Sólo sé que no sé nada salvo que tú eres parte de mi todo. Sólo sé que maldigo al destino por separarnos, pero lo adoro por cruzar nuestros caminos. Dos locos corazones sincronizados en caminantes sin compás. Entre el limbo de la ilusión y la certeza de lo verdadero. Un sinsentido con sentido.