Hormiga

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Pequeña, muy pequeña, mínima. Así se sentía. Cansada, agotada, con un peso enorme. Así se sentía. Ella era una simple hormiguita a la que nadie veía, insignificante. Una hormiguita que aceptaba todo comentario de su poca valía, de su poca importancia en la vida. Así se sentía y así se veía. Ningún esfuerzo era meritorio, toda equivocación era esperada. Ningún logro era merecido sino cosa del azar. No era nada y se lo creyó.

Así siguió viviendo una gran temporada, cargando un peso que era 6 veces mayor que ella. Acatando premisas de otros que la desmotivaban. No era nadie, no era nada. Una simple hormiga que nadie tenía en cuenta. Llegó un día que ni tenía miedo a que la pisaran, a que le dijeran que era una indefensa hormiga. No era nadie, no era nada. Era prescindible, absolutamente prescindible. Si bien, quien la hacía sentir pequeña, le decía que era lo más grande que tenía. Ironía en sus palabras.

Quien disfrutaba de verla empequeñecida, necesitando su ayuda, su aprobación, su apoyo pese a no ser nada, no la quería bien. Bueno, no la quería. Se quiere o no se quiere. Nadie quiere mal, ni a su manera. Cuando se quiere, se quiere y se hace al otro más grande, más hermoso, más válido, aunque el otro ya lo sea. Cuando se quiere, uno acepta defectos y aptitudes. Pero en su caso, sólo se veían sus defectos. Tenía suerte de que la quisieran.

Hasta que un día, vio su reflejo. Se vio con esa carga enorme que no le correspondía. Se vio pudiendo con esa carga, pese a ser esa hormiguita enclenque que decían. Si podía con ese peso, era fuerte. Era más de lo que creía. Era más de lo que le habían hecho creer. Tenía que cambiar, todo estaba en su mano.

Dejó su peso, buscó sus orígenes. Se alejó de quien le hacía sentir agradecida de su atención. Abrió su mente y se lanzó al mundo. Confió en sus decisiones, dejó a quienes le decían que ella no podía decidir. Se sintió libre y se encontró. Dejó de ser una hormiga y volvió a ser ella.

La maldición se había acabado.

Volver a ser tú

Fallen_by_gorjuss

Hace unos años encontré dos fotos mías de la primera vez que fui a Barcelona y al pueblo donde nací y viví el primer año de mi vida. Recuerdo que aquel viaje era especial porque conocería los lugares por los que gran parte de mi familia pasaban casi a diario, dónde trabajan mis padres, dónde se conocieron,… Además, antes de ir a Barcelona iríamos al pueblo de Tarragona en el que, desde entonces, veranearía casi cada año, vería el mar, la entrada de los barcos pesqueros antes del toque de queda, cómo trabajaban los marineros,… Al ver las fotos, recordé. En aquellos días, era una niña despreocupada, risueña, vergonzosa hasta que analizaba al personal y con una curiosidad que, a día de hoy, permanece.

Pero, al mirar las fotografías, no me reconocí. No digo físicamente, sino un paso más allá. En las fotos estoy cegada por el sol mirando a cámara. En una, con un ojo guiñado, sonrisa ladeada y pícara y un mechón rebelde cruzándome el rostro; en la otra, tengo los ojos abiertos y brillantes y esa sonrisa sin separar los labios entre timidez y diversión. Me di cuenta de que hacía mucho que no sonreía así, que mis ojos no brillaban,… Me había vuelto triste, más retraída, huyendo siempre de las cámaras, de las miradas de los demás, ya no era espontánea, ni mucho menos risueña. Fue como una bofetada de realidad, ¿quién era la que sostenía esas fotos?.

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Cicatrices

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Hace unos días, leí una frase: “No hay nada que cause más dolor que una cicatriz emocional”. ¿En serio? ¿Cuántos os habéis parado a pensar en ésto? ¿Puede una cicatriz ser un gran impedimento?

Sabemos que las cicatrices corporales, las que se ven a simple vista, son duras de asimilar. Hay gente que nunca lo supera y/o recurre a la estética para borrarlas. Otros, simplemente, se avergüenzan de ellas y se esconden hasta de su reflejo en el espejo. Y luego están los que las muestran con orgullo, como símbolo de una lucha ganada y están dispuestos a contar “su historia” a quién le de la importancia justa o ninguna. Sólo la percepción y el punto del vista de quién las lleva en su piel son capaces de gestionarlas.

Pero, ¿y las emocionales? ¿Las que no se ven? Ciertamente, son paralizantes. La herida que las precede suele ser de dimensiones catastróficas, llegando a anular al individuo y que sienta que ese dolor nunca pasará. La herida va sanando con el paso del tiempo, emocional o física, siempre pasa. Pero… la cicatriz queda, como un grabado a fuego entre nuestra marabunta de neuronas, formando un nuevo nudo que no se deshace y que cambia nuestro comportamiento, tanto con nosotros mismos como con los demás.

¿Puede llegar una cicatriz emocional a paralizarnos y convertirnos en alguien distinto a quién éramos? Sin duda. ¿Podemos dejar de verlo como algo negativo, cargado de malas experiencias y culpabilidad hacía quién nos lo originó y hacía nosotros mismos? Sin duda, también. Con esfuerzo y mucho amor propio; con objetividad para situarla en el tiempo, en la linea temporal de nuestro YO, de nuestra vida.

Nada ni nadie debería causarnos tanto daño como para dejar que esa cicatriz nos acompañe, en negativo, el resto de la vida. Hay que elaborarlo, darle vueltas, aprender de lo pasado, saber que nada volverá a pasar igual, que cada experiencia nueva es eso ¡nueva!, ¡llena de posibilidades!. Esa cicatriz no sirve para que te acobardes, sino para que sepas leer las señales, para que tengas la seguridad de que no volverá a repetirse. Esa cicatriz duele y pesa, “pica” con los cambios en tu hoy; pero también es la puerta hacia la libertad en tu futuro. Esa cicatriz es imborrable pero poderosa, para bien, si tú te lo propones.

Todos tenemos cicatrices, todos sufrimos y decidimos “aprender” o no. Sólo depende de nosotros mismos el que la balanza se incline hacia un lado u otro. Pensadlo 

Cuentos químicos

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Como algunos ya sabéis, el lunes 3 publiqué una entrada en el blog de Enrique F. Borja, alias “Cuentos Cuánticos”. Y no será la única, pues ya hay varias entradas en marcha.

Comencé con un repaso por la seguridad en el laboratorio pero, en las próximas, me centraré en algunos principios activos y técnicas de análisis. No obstante, eso no quita que inaugure mi “visión científica” para cosas curiosas o llamativas que, con posterioridad, sí pudieran dar para una entrada más en profundidad en cuentos cuánticos.

Espero poder compartir tanto mi parte literaria como mi parte científica y analítica con vosotros y que os gusten por igual. Gracias por estar ahí y, también, dejarme que aprenda con muchos de vuestros blogs.

¡Que la magia de la Musa no os abandone!

Me espero

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Con esas dos palabras, mi vecina (10 años) dió por finalizado el tema y me hizo sentir orgullosa de su madurez.

Hace un año se hizo un perfil de Facebook. El nombre de su prima, sus apellidos al revés y su cumpleaños con el año justo para tener los 18 requeridos. Este verano, me pidió el móvil para entrar en su correo (uno al que los profes puedan recurrir, en un futuro, para mandar problemas y lecciones) y, de paso, en Facebook. Le pregunté que si lo sabían sus padres y si ella era responsable de no aceptar solicitudes de gente desconocida. A lo primero, me respondió que no lo sabían pero que tenía agregado a su primo más mayor y él estaba pendiente. A lo segundo, me dijo “nadie sabe que, en realidad, tengo 9 años”.

Después, empecé la charla sobre la inseguridad cibernética, ser responsable, no chatear porque sí, no poner cosas ofensivas, no aceptar nada si no procedía de un conocido (y aún así),… Resumiendo, que las redes sociales hay que saber utilizarlas y ella no debería estar en Facebook (y menos, mintiendo sobre su edad). Ahí quedó el tema pero no lo desactivó.

Hace dos semanas, vino a mi casa para jugar un rato y, como no, perseguir a mis gatitos. Vio mi teléfono nuevo y me dijo que si lo podía ver. Se lo dejé pues es muy cuidadosa. Al poco, pregunta si la dejo entrar en su Facebook pues lleva un tiempo sin mirarlo (afortunadamente, sus padres no han puesto ADSL en el pueblo para que no entre en la red). Le di el visto bueno porque, así, yo podía verla en acción.

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