Amor a primera vista

Me enamoré de él a primera vista. La luz era tenue por las altas horas de la noche, pero no hizo falta verle mejor… me enamoré de él en cuánto lo vi.

Era algo más tarde de la medianoche y sentí un motor de coche, levanté la cabeza hacia la ventana de modo instintivo y vi como el coche se detenía a mi puerta. Las cortinas de cuentas de cristal que decoran nuestra puerta en verano chocaron entre sí y no hizo falta que el timbre sonara. Me dirigí a la puerta y allí estaba… Mi sonrisa fue inmensa y me temblaron las manos. Levanté la tapa agujereada de esa caja de zapatos y ahí lo vi, pegadito a un lateral, temblando más que yo. Una bolita blanca y anaranjada, no más grande que la palma de mi mano. Me había enamorado de Tico, mi “gordo”, mi “neno”, mi gato.

Sigue leyendo

Anuncios

Carta

cartarota

Se había despertado con muy buenas sensaciones y ahora estaba disfrutando de la ducha matinal. Le habían dejado levantar para eso y, por tanto, el diagnóstico del médico iba a ser favorable.

Ya aseado y fresco, tumbado sobre su camilla pensó en su querido hijo y lo triste que estaba. Más bien, tenía tristeza pero también sentía la culpa de una decisión tomada. Recordó la cara de su hijo esa misma noche, los ojos se le pusieron acuosos cuando le dijo que no se condenase.

“Y yo en esta habitación…” tenía que ver a su muchachita, a ese ser tan dulce y alegre que llevaba tiempo en su familia. Todos estaban como locos con ella y su hijo también, por eso no entendía la situación actual, qué había cambiado.

“Bueno, Sebastián -dijo el doctor al entrar- he visto las analíticas y gráficas, los puntos van bien, estás respondiendo y esta mañana te has levantado sin problemas, por tanto eres libre de moverte por la habitación y los pasillos. Eso sí, sin cansarte y coger frío. Si te sientes mal, a la cama y avisas a enfermería”.

Bien, no estaría otro día atado y sin saber cómo ponerse. Si cierto es que había estado unas jornadas tan enfermo que ni se daba cuenta de dónde estaba y el cuerpo no le dolía del colchón. “Si no paro es que estoy mejorando mucho”. Lo primero que hizo fue ir hacia la cristalera. Había una vista preciosa y a él lo habían tenido alejado de eso por una gruesa cortina. Fue a sentarse en el sillón convertible cuando divisó un montón de papeles rotos y arrugados debajo de un banco. Sería alguna tontería de su guardés nocturno, pues su hijo siempre llevaba encima algo para escribir. Se agachó y recogió el montón.

Incorporándose con gran dolor, se dejó caer en el sillón y empezó a juntar las piezas. “Necesito decirte tantas cosas…” eso mostraban los tres primeros trozos. “Es una carta para Ella, anoche debió volcar todo lo que siente…” Piensa que con esa carta se podía arreglar todo, ¿qué hacía rota?. Necesitaba saber realmente que había pasado entre esos dos y si la carta podría jugar un papel importante.

Siente la puerta, oye los pasos inconfundibles de su mujer. Esconde lo que queda de carta en el bolsillo de su bata y sonríe algo forzado. “¿Qué estás tramando, Sebas? tu gesto te delata”. ¿Se lo cuenta? No, aún no. Como si de un niño se tratara le dice que es un secreto pero que si le trae celofán, unos sobres y algún folio se lo contará. Su plan está en marcha…