Sin paciencia

“No te soporto”, “Déjame en paz de una vez”. “No puedo pensar, no puedo soñar, no puedo dormir sin que estés presente y es una pesadilla”. “Sí, te lo digo a ti, dolor”.

Hace dos meses, comenzó a no conformarse con la mitad de mi cuerpo y me ha cogido entera. Me duelen las costillas, el esternón, los hombros, los brazos,…, hasta los dedos de las manos. Había conseguido aguantar sentada casi tres horas, sin que los pinchazos del ciático me hicieran saltar como un resorte ¿y ahora?. Ahora, hay días que el dolor se pone farruco y no puedo estar sentada, la opresión en el pecho es tremenda y no se pasa con ningún analgésico.

Esta noche volví a soñar en dolor, llevaba un tiempo sin hacerlo, pero esta noche se conjuró y ni me pude refugiar en el sueño. Dentro de mi propio escenario, tenía que reconfigurarlo y decirme que yo debía verlo como una espectadora, no formar parte de él. Si interactúo en el sueño, mis piernas se vuelven de goma y, en lo que los demás dan 10 pasos, yo consigo dar uno. Siento el cansancio, la falta de respiración, el dolor que me hace sentar en el suelo y cambiar la imagen como si estuviese en Matrix. Hoy, además, temblaba, en el sueño y fuera, un sudor frío me envolvía y me mantenía en duermevela. Sin saber distinguir el sueño de la realidad.

Al despertar, estaba más exhausta que los días que consigo ir al gimnasio o aguantar una jornada en algún curso o tomando un café con alguno de mis amigos. Esto, a ratos, se hace insoportable y hoy estoy al límite. Aún así, hay que poner buena cara y soportar que alguno te diga “qué dolores tengo hoy, no lo sabes bien”. Ya paso de enfadarme, tienes derecho a decirme que te duele algo pero no me digas que no lo sé porque llevo más de tres años con él presente en mi día a día. Nunca se va, si acaso se amortigua algo o yo saco fuerzas de donde no sé, pero nunca se va.

Hay días como hoy en los que todo parece gris, en los que te pones en supuestos, en los que nada te llena,…, y no me gustan nada. Sé que no lo soy pero me siento inútil, estropeada, no hay hobbies ni posts por redactar que hagan que aguante. Todo se queda en stand by y me siento mal.

Hace poco hablé con una chica que está pasando por algo mucho peor que lo mío. Tengo un borrador que mandarles para que lo den de paso y publicarlo por aquí, es cosa seria. Su pareja me dijo que lo de los sueños es común en las dos, sólo que a ella le pasaba en las manos. Al menos, dando con gente que pasa por casos similares, encuentras un apoyo y una comprensión que los demás no pueden darte.

En fin, que es lo de siempre y compruebo que sea lo fuerte que sea, use las tácticas que use,…, el dolor consigue sortearlo todo para burlarse de mí, de vez en cuando. Eso sí, me reharé como hago siempre, que no se piense que tiene la última palabra.

 

Incertidumbre

Imagen

Está delante del ordenador, no puede escribir. El temblor de su mano derecha va en aumento, dentro de poco será el brazo y no podrá pasar desapercibido. Se levanta y encamina hacia el servicio, tiene que ir con una postura algo forzada pero confía en que nadie se de cuenta.

Se mira en el espejo, sus ojos van hacia su brazo y piensa en lo cercanos que van siendo los ataques. En unos días empieza con las pruebas médicas y espera que tenga solución. Su ánimo también está cambiando, hace tiempo que lo nota y lo pagan los demás. Otros días, simplemente, no tiene fuerzas para levantar el brazo o dar un paso y no puede con la incertidumbre.

Se le pasa el temblor, aprovecha para refrescarse un poco y colocarse bien la corbata. Llega a su escritorio y saca la libreta del cajón. Anota “2 de febrero: tercer ataque de temblor en la parte derecha. 11:30-11:45”. La lista va en aumento, mejor no pensar.

Acabada la jornada y tras ir un rato por casa, llega al hospital para la guardia. Han dejado levantar a su padre y éste está radiante, orgulloso de su avance. No obstante, él no va a dejarlo sólo. Cuándo se apagan las luces, se tumba en el incómodo sillón y coge la libreta. Abre por las primeras páginas y lee “26 de junio: debilidad en las piernas y temblor. Finjo mareo por el Sol para volver al hotel”.

Recuerda ese día, su último día de vacaciones ese mismo verano. Había pensado pasar toda la mañana en Parc Samá, como ya hicieran hace unos años, y la tarde en Tarragona. Él era un enamorado de la zona y le había contagiado ese amor a Ella. Pero no hubo manera, ese día fue clave para la decisión que tomaría meses después.

Enciende el ordenador y busca en los archivos, ahí están. Empieza a ver todas las fotos de aquellos días… “está tan feliz”… Su mente ya no está en el hospital, sino en Parc Samá con Ella… Ellos

Siempre presentes

En las últimas entradas: Primeras alarmas, En alerta y Recordando… he intentado recoger cómo el Alzheimer llegó para quedarse en nuestras vidas. Contado desde el punto de vista de mi abuelo, con algo de la inocencia que yo tenía por esa época (era una niña cuando empezó y no había tanta información como ahora) y algo de la conciencia de esta enfermedad que tengo ahora.

A día de hoy no sé cuánto llegarían a sufrir los dos. Todo apunta a que mi abuela olvidó todo, pero sólo espero que en ese proceso, la conciencia de su deterioro no fuera demasiada. Aún así, me cuesta creerlo por los momentos en los que luchaba por hacerse entender y en los que veías ese brillo en su mirada al reconocerte. Mi abuelo tuvo que ser testigo de cómo esa chiquilla vital y de carácter, a la que había querido desde siempre y con la que había formado una familia, poco a poco desaparecía ante sus ojos.

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Recordando… Olvidando

Despertó y, como cada mañana desde hacía un tiempo, dedicó unos minutos a recordar. Su vida no había sido fácil pero ella siempre había estado ahí, era su motor. Recordaba sus primeros bailes, los encuentros en el abrevadero,…, hacía poco tiempo se lo había contado a sus nietos como una historia de dos. Quién iba a decirle que formarían una familia tan grande y llegarían a conocer a su primer bisnieto. Sonrió.

Se giró en la cama para darle un beso como cada mañana y volvió a encontrarse con su mirada vacía. Eso le rompía el corazón, miraba sus ojos pero no la veía, su mujer no estaba allí. Había recuperado algo de movilidad y habla, sin embargo, los periodos de tiempo en los que estaba ausente iban a más. Unos días le preguntaba por el ganado, otros le decía que tenía que ir a casa de sus padres,…, siempre le descolocaba porque, en cuestión de segundos, volvía al presente y le preguntaba dónde había estado. A ver que le deparaba ese día…

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En alerta

Habían pasado unos meses desde que el médico le dijera “son cosas de la edad, algo de demencia pero no te asustes”. Sin embargo, el comportamiento de su esposa iba volviéndose más extraño. Quién se ocupaba de las comidas era él, entre preguntas y despistes de ella conseguía hacer algún plato, nadie se extrañaba de verle ir y venir con su carrito de la compra, ir al médico por los dos y llevar las cuentas de la casa.

Una mañana le extrañó que, al despertar, ella no estuviese levantada. Se giró para mirarla y estaba con los ojos abiertos y la mirada fija. Le habló, la movió, pero ella seguía igual. Recordó que él estuvo así unos años atrás, cuando le dio la trombosis que lo tiró de su burra. Intentó levantarse lo más rápido posible pero la edad no perdona y menos con esa dichosa enfermedad que le diagnosticaron, Parkinson o algo parecido. Intentar incorporarse le costaba y el abotonarse una camisa le suponía todo un reto. Cuando quiso llamar por teléfono, ella reaccionó y le preguntó extrañada si había fuego o iba a fugarse de casa. Ella y su dichoso humor, qué alivio sintió al “verla” de vuelta.

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