La chica de la mochila

El “¡Cuánto tiempo, mi niña!” y los dos besos de una dependienta, el que le pregunte si salió de la ciudad o si sigue en ella, que la mire con tristeza al oír lo que tantas veces escuchó y que no cambia. Y que, seguidamente, la mire con admiración cuando le comenta qué hace y sus próximos proyectos. Que no sepa que ha estado quince minutos sentada en un banco, whatsappeando con un amigo, en lo que cogía fuerza para llegar a su tienda. Y que no sabrá que, tras despedirse de ella, la podrá encontrar en el bar de siempre, ese que queda cerca de su casa, en plena cuesta y que le da la vida para no hacer todo el recorrido de un tirón.

El saludo de la camarera. Su mirada mientras repite su ritual: elegir mesa, quitarse la mochila, sacar un cojín y colocarlo en la silla justo antes de ir a la barra y pedir. Su sonrisa cuando la ve sentada con un boli en la mano y una libreta, sin abrir; y cuando le sirve su café. Ella nota su escrutinio cuando comienza a escribir o a mirar al vacío concentrada. Su “hasta luego, guapa” cuando la chica de la mochila, siempre risueña y amable, se marcha. No cojea pero  ve sus muecas y como ajusta su cojín según mejor le vaya. Algún día preguntará. ¿Qué le pasará?

431824779_12594-184740028.jpg

Eso mismo se pregunta el conductor del autobús. Lleva meses viéndola coger su línea, cargada con la mochila, y bajar siempre en la parada del Hospital. ¿Hará noches con algún familiar? ¿Irá ella a rehabilitación?

Ella es consciente de esas miradas pero son mejores que las que recibía por no dejar el sitio a los mayores. No siente que deba justificarse pero comenta educada a quién le pregunta. Ahora, va cómoda. No como antes, sufriendo en cada cafetería, transporte o la silla de casa para sentarse a la mesa.

Ella se acostumbró a sus mochilas -tiene varias-,  a sus cojines lumbares -tiene dos- y se acostumbró al escrutinio de la gente. Esas miradas pasaron de la curiosidad a la costumbre entre los que la ven todos los días. Porque esos cojines, sin pretenderlo, cuentan ya la historia de una chica con una gran mochila a la espalda: el dolor crónico.

*relato escrito en una servilleta, la libreta no se abrió esta vez.

img_20171013_200613_4021567602128.jpg

Anuncios

Morfeo y yo

Hoy escribo sobre mi relación con Morfeo. Una relación curiosa, necesaria y muy parecida a la de dos amantes.

Esta semana, por ejemplo, está conmigo a todas horas, no se cansa de mí  y yo me rindo a sus fornidos brazos y su acogedor pecho. Da igual lo que esté haciendo o tenga que hacer. Me mira con esos ojos golositos y acaba con todas mis defensas, mis intentos de mantenerme despierta.

Igual que esta semana estoy rendida en sus brazos; muchas tardes o mañanas, estando fuera: con los amigos, con mis padres, de paseo, comiendo… lo diviso y quiero correr rauda a sus brazos. Si bien no es momento. Suelo engañarnos con un cafetito o té bien cargado (alguien me dijo que una manzana tiene el mismo efecto energético, pero me siento un poco Eva, jeje) y le susurro al oído que, al llegar a casa, nos abandonaremos los dos y, juntos, mantendremos a Dolor a raya y sostendremos mi mundo.

 

img_20171013_0250391960600545.jpg

(Juliet Doherty)

Por las mañanas, siempre está ahí hasta media mañana. Me despierto para tomar la medicación pero me acompaña en lo que me hace efecto. Por la tarde, dormimos la siesta casi siempre. Esas dos horitas desde las tres de la tarde son casi sagradas para nosotros, en nuestro sofá. Aunque hay días, como esta semana, en la que no se quiere ir y me acuna durante horas, ahuyentando a Dolor.

Lleva un tiempo que no permite que Dolor se meta en mis sueños, hace un tiempo que vuelve a arroparme si me despierto por el dolor en algún punto de mi cuerpo o en varios. Me acaricia la cabeza y me tranquiliza, esos dolores no impedirán que descansemos.

No obstante, hay días que tengo que pasar de su amorosa mirada si tengo que hacer cosas, si he quedado con alguien, si tengo que ir a alguna consulta. Y, entonces, me siento desamparada, dolorida y somnolienta, pues me falta. Incluso mi gesto se vuelve triste y mis ojos pierden su brillo o brillan como si tuviera ganas de llorar. Le echo de menos, quiero refugiarme en sus brazos pero no puedo. Y no rindo bien, como una tonta enamorada que se abandona a la ilusión, en vez de centrarse en sus tareas.

img_20171009_155401-1484802716.png

(Semenikhina Thais por Darian Volkova)

No obstante, por la noche… Por la noche me cuesta hacerle caso. ¿Por qué? Porque siempre he sido búho y porque en la cama duermo muy mal. Hace apenas un año, mis dolores matutinos eran un horror, eran tan abrumadores, tan paralizantes, tan insoportables que yo no quería irme a dormir porque Dolor, al día siguiente, iba a ser más fuerte. Morfeo no me entendía, lo espantaba no haciéndole caso, leyendo, escribiendo, no tomando mis pastillas para inducir el sueño… O muchas veces, Dolor se encargaba de que esas pastillas no tuvieran efecto y yo me quedase con el dolor físico y el cansancio psicológico que ya tenía. Era como el típico ex que te amenaza si no vuelves con él y/o rehaces tu vida. ¿Me iba con Morfeo para aguantar la ira de Dolor al día siguiente o me quedaba en vela con Él? Era una relación muy tóxica y me pasaba todo el día apagada, con sueño, con dolor, arrastrando mi agotamiento por la casa, por las calles, sin poder concentrarme en nada, sin quedarme con las palabras de mis amigos, …, un fantasma en vida. Y Morfeo solo venía en los momentos en los que me veía caer de puro agotamiento.

Por suerte, me recetaron clonazepam y, poquito a poco, mis piernas por la mañana no estaban tan pesadas, mis dolores en las caderas, la caja torácica, las rodillas, …, era mucho menor que antes y casi me levantaba de un salto, incrédula. Sigo durmiendo mejor en el sofá que en la cama, pero ya no me da miedo irme con Morfeo por las noches, abandonarme a él, ya sea en el sofá o en la cama (con mi legión de cojines para hacer de respaldo). Y Morfeo, por las noches, ya no está de guardia… sabe que no me despertaré entre sueños como antes. Se queda cerca por si alguna noche ocurre que el Dolor viene a rondarme. Pero ya duermo como toda persona con dolor crónico debería dormir: de una forma abandonada, confiada y viendo/viviendo el sueño como una forma de recargar pilas, coger fuerzas para el día siguiente y disfrutar de unas reparadoras horas. Teniendo una tregua con el Dolor, como Mayuko Nihei en esta foto de Carlos Quezada.

img_20171013_025740-2014120611.png

 

Para concluir: el sueño en el paciente con dolor crónico es esencial, ya se consiga con inductores del sueño, por puro agotamiento, con relajantes musculares o técnicas de relajación antes de ir a dormir. (Cada maestrillo tiene su librillo). Y, por favor, si vivís con un aquejado por dolor crónico dejarle dormir donde esté, no le molestéis para llevarlo a su cama, porque puede que duerma mejor donde está. No creáis que la cama es lo más cómodo para todo el mundo. Dentro del dolor crónico, los pacientes somos todo un crisol respecto al origen del dolor crónico y cada paciente debe buscar sus técnicas y la ayuda necesaria para descansar del dolor que nos atenaza cada día. Si cada persona es un mundo, cada paciente también. Cada uno tenemos nuestros horarios, nuestras costumbres, nuestros tempos y, los demás, debemos respetarlo y hacerle la vida más sencilla.

Respetad nuestros tempos, nuestro sueño. Amigos y familiares, no nos llaméis en las horas en las que sabéis que no estaremos disponibles sino abandonados a ese mundo onírico, mundo en el que todo es posible y Dolor entra pocas veces o ninguna. Poneros en nuestro lugar, aunque eso sea complicado, pero intentadlo.

Este relato trata sobre mi relación con el sueño y el dolor. Como veréis, mis horas activas son pocas, aunque variables. Y aún hoy, tras 7 años de padecerlo… tengo que recordar a mis padres que me dejen dormir donde me encuentren, que no se empeñen en levantarme antes de la hora si no hay necesidad (cita médica, por ejemplo) porque eso va a repercutir en todo mi día. Y aún hoy, tengo que escuchar el “Laura, a la cama”  a la una de la madrugada cuando estoy escribiendo, buscando información o con los ojos como platos porque tengo un dolor tremendo y Morfeo no ha llegado a nuestra cita.

Gracias por la lectura.

 

 

¿Esperando?

Suena el despertador. ¿Debería cambiarle la melodía? No merece la pena, el sentimiento de odio se impondrá sea cual sea la responsable de espantar al sueño. Irremediablemente, otra jornada comienza; cómo no, igual que todas las anteriores. ¿También las futuras? Tan rápido como aparece ese pensamiento, lo desecha. Pensar está prohibido desde hace mucho.

De modo automático, repite los pasos de todos los días y, con cada uno de ellos, es más consciente de su Realidad. Esa sensación de vivir en el día de la marmota es errónea. El tiempo y la vida avanzan, inexorables. Quien está en un estado estacionario, en una situación invariable, congelada en un punto,…, es ella.

Se sienta y rodea la taza de café humeante con sus manos. Mira por la ventana hacia un punto lejano y rompe su regla de no pensar. ¿Esto será todo? ¿Se repetirá siempre el mismo escenario, la misma rutinas y las mismas sensaciones, mientras todo sigue en constante flujo y transformación a su alrededor? ¿Sería algún día la vida más benévola con ella? Con esta última pregunta se siente egoísta y sale de su ensimismamiento. Toma un sorbo de su café y traga todas esas pastillas de colores.

Lleva tanto tiempo en ese limbo, en esa espera eterna que ya NO espera nada.