Belleza matinal

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Despertó con un ligero hormigueo en el brazo y sonrió al pensar que bien valía por tener la cabeza de ella tan cerca de él. Vio que su lado estaba vacío y una sensación de tristeza le invadió, pero sus ropas, sus zapatos,…, todo estaba desperdigado por la habitación. ¿Dónde estaría?

Comprobó que faltaba su jersey azul, el mismo que no le había dejado cuando Ella replicó que le haría frío por el pasillo con su fina camisa. No pretendió ser descortés, ¡cómo le gustaba esa camisa en ella! Sus botones traicioneros y… no se le ocurría otra prenda con la que estuviera tan seductora como aquella noche. Percibió sonidos al fondo del pasillo y encaminó hacia allí sus pasos, sigiloso se asomó a la cocina.

¿Qué le pasaba? Tenía la mente en blanco, paralizado ante la imagen que tenía delante. Unos pies pequeños y descalzos, unas piernas bien torneadas… y una melena ondulada y despeinada que caía sobre su grácil figura cubierta con el jersey azul. Daría todo por parar el tiempo en ese instante o, como mucho, unos segundos después, cuando Ella se volviera y le mirara con esos preciosos ojos negros…

De repente, los aplausos resonaron en el salón y se encendieron las luces. Allí estaba Ella, tan profesional, tan hermosa,… tan lejos en el escenario como lejana en el tiempo esa aún nítida imagen suya…

No sólo un sueño

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Volvió a soñar con Ella, a sentir en sueños las mismas sensaciones como si estuviese despierto. Sólo paseaban y Él le decía “sé que no has venido para quedarte, que te marcharás aún sabiendo lo que me haces sentir”. Ni esperaba respuesta, ni la tendría, Ella sólo le miraba unas décimas de segundo para seguir mirando al frente. “Sé que sientes lo mismo y aún así volverás a marcharte. Te tendré sin tenerte nunca, igual que tú me tendrás por siempre”. Media sonrisa se abrió paso en el rosto de Ella para desaparecer.

Volvía a estar solo, pero esa sensación vívida sentida a su lado permanecía. Ella le había enseñado a reconocer el verdadero amor, el puro, el que no corta las alas, el que respeta la libertad del otro y el que sigue presente aún cuando ese amor no puede con las circunstancias.

Ella, una vez, le dijo que encontraría a alguien con quién sería tan feliz como lo fueron los dos, el Destino no permitiría que alguien tan noble y especial se quedase solo, sumido en un Recuerdo. Ese amor se reencarnaría, lo reconocería y llenaría el resto de su Vida. Él sólo quería que tuviese razón, aunque tuviese otro aspecto… el amor que le inspiraría esa nueva alma sería el mismo.

Despertó y no se sintió solo a pesar de su piso vacío, siempre quedarían sus sueños y la promesa de su reencuentro.

Incertidumbre

Imagen

Está delante del ordenador, no puede escribir. El temblor de su mano derecha va en aumento, dentro de poco será el brazo y no podrá pasar desapercibido. Se levanta y encamina hacia el servicio, tiene que ir con una postura algo forzada pero confía en que nadie se de cuenta.

Se mira en el espejo, sus ojos van hacia su brazo y piensa en lo cercanos que van siendo los ataques. En unos días empieza con las pruebas médicas y espera que tenga solución. Su ánimo también está cambiando, hace tiempo que lo nota y lo pagan los demás. Otros días, simplemente, no tiene fuerzas para levantar el brazo o dar un paso y no puede con la incertidumbre.

Se le pasa el temblor, aprovecha para refrescarse un poco y colocarse bien la corbata. Llega a su escritorio y saca la libreta del cajón. Anota “2 de febrero: tercer ataque de temblor en la parte derecha. 11:30-11:45”. La lista va en aumento, mejor no pensar.

Acabada la jornada y tras ir un rato por casa, llega al hospital para la guardia. Han dejado levantar a su padre y éste está radiante, orgulloso de su avance. No obstante, él no va a dejarlo sólo. Cuándo se apagan las luces, se tumba en el incómodo sillón y coge la libreta. Abre por las primeras páginas y lee “26 de junio: debilidad en las piernas y temblor. Finjo mareo por el Sol para volver al hotel”.

Recuerda ese día, su último día de vacaciones ese mismo verano. Había pensado pasar toda la mañana en Parc Samá, como ya hicieran hace unos años, y la tarde en Tarragona. Él era un enamorado de la zona y le había contagiado ese amor a Ella. Pero no hubo manera, ese día fue clave para la decisión que tomaría meses después.

Enciende el ordenador y busca en los archivos, ahí están. Empieza a ver todas las fotos de aquellos días… “está tan feliz”… Su mente ya no está en el hospital, sino en Parc Samá con Ella… Ellos

Carta

cartarota

Se había despertado con muy buenas sensaciones y ahora estaba disfrutando de la ducha matinal. Le habían dejado levantar para eso y, por tanto, el diagnóstico del médico iba a ser favorable.

Ya aseado y fresco, tumbado sobre su camilla pensó en su querido hijo y lo triste que estaba. Más bien, tenía tristeza pero también sentía la culpa de una decisión tomada. Recordó la cara de su hijo esa misma noche, los ojos se le pusieron acuosos cuando le dijo que no se condenase.

“Y yo en esta habitación…” tenía que ver a su muchachita, a ese ser tan dulce y alegre que llevaba tiempo en su familia. Todos estaban como locos con ella y su hijo también, por eso no entendía la situación actual, qué había cambiado.

“Bueno, Sebastián -dijo el doctor al entrar- he visto las analíticas y gráficas, los puntos van bien, estás respondiendo y esta mañana te has levantado sin problemas, por tanto eres libre de moverte por la habitación y los pasillos. Eso sí, sin cansarte y coger frío. Si te sientes mal, a la cama y avisas a enfermería”.

Bien, no estaría otro día atado y sin saber cómo ponerse. Si cierto es que había estado unas jornadas tan enfermo que ni se daba cuenta de dónde estaba y el cuerpo no le dolía del colchón. “Si no paro es que estoy mejorando mucho”. Lo primero que hizo fue ir hacia la cristalera. Había una vista preciosa y a él lo habían tenido alejado de eso por una gruesa cortina. Fue a sentarse en el sillón convertible cuando divisó un montón de papeles rotos y arrugados debajo de un banco. Sería alguna tontería de su guardés nocturno, pues su hijo siempre llevaba encima algo para escribir. Se agachó y recogió el montón.

Incorporándose con gran dolor, se dejó caer en el sillón y empezó a juntar las piezas. “Necesito decirte tantas cosas…” eso mostraban los tres primeros trozos. “Es una carta para Ella, anoche debió volcar todo lo que siente…” Piensa que con esa carta se podía arreglar todo, ¿qué hacía rota?. Necesitaba saber realmente que había pasado entre esos dos y si la carta podría jugar un papel importante.

Siente la puerta, oye los pasos inconfundibles de su mujer. Esconde lo que queda de carta en el bolsillo de su bata y sonríe algo forzado. “¿Qué estás tramando, Sebas? tu gesto te delata”. ¿Se lo cuenta? No, aún no. Como si de un niño se tratara le dice que es un secreto pero que si le trae celofán, unos sobres y algún folio se lo contará. Su plan está en marcha…

De noche

carta

Otra noche en ese duro sillón, de guardia. Le consuela que su padre ya está mejor, su vida no corre peligro y él ha podido volver al trabajo, aunque sigue pasando las noches con él. Su hermano tuvo que volver a Francia y su madre era quién hacía de vigía durante el día. Así que ahí está él, pensando en lo sólo que se siente, en lo sólo que estará si algún día le sucediese a él, …, en lo que necesitaría su consuelo, su apoyo. Había sido un torpe…

Sus padres, esa pareja tan fuerte y unida que siempre le había fascinado. Quería algo así para él, tener a su lado a un fiel camarada. Sus padres se amaban, se respetaban y se seguían sintiendo fascinados el uno con el otro. Él también quería seguir admirando a quién fuera su pareja cada día, verla evolucionar junto a él, comprobar que se seguían sorprendiendo y dando motivos para que su amor no disminuyera. Puede que nunca lo encontrara… puede que ya lo hubiese perdido…

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