Sueños

Soho

(Foto de Mary Helen Bowers @balletbeautiful)

¿Cuándo fue la última vez que cerró sus ojos y levantó su cara para sentir el sol? ¿Cuándo fue la última vez que su calor la arropó y le infundió seguridad? Hacía mucho que no sentía esa calidez, ese instante de dejar la mente en blanco y sonreír. Hacía mucho que sus sueños estaban en oscuridad, en un rincón oscuro de su mente, dentro de un baúl imaginario cubierto de polvo.

Llevaba años en los que no vivía, sobrevivía. Es muy distinto porque sobrevives por inercia, como si no tuvieses nada que te motivara para saltar de la cama. Había caído en esa desidia, en ese creerse atrapada en la normalidad y ni se le pasaba por la mente el cambiar, no pensaba. Sólo sobrevivía, nada más.

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Amor a primera vista

Me enamoré de él a primera vista. La luz era tenue por las altas horas de la noche, pero no hizo falta verle mejor… me enamoré de él en cuánto lo vi.

Era algo más tarde de la medianoche y sentí un motor de coche, levanté la cabeza hacia la ventana de modo instintivo y vi como el coche se detenía a mi puerta. Las cortinas de cuentas de cristal que decoran nuestra puerta en verano chocaron entre sí y no hizo falta que el timbre sonara. Me dirigí a la puerta y allí estaba… Mi sonrisa fue inmensa y me temblaron las manos. Levanté la tapa agujereada de esa caja de zapatos y ahí lo vi, pegadito a un lateral, temblando más que yo. Una bolita blanca y anaranjada, no más grande que la palma de mi mano. Me había enamorado de Tico, mi “gordo”, mi “neno”, mi gato.

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Mientes

jaque

Mientes, lo sabes. Mientes, lo sé.

Estudiaste tu disfraz de caballero galante, pero fallaste. Tus palabras son hermosas, pero tu sonrisa es cínica. Se adivina tu ferocidad en el brillo de tus ojos. Tratas de distraer la atención, con flores, con cumplidos, con dulces frases al oído. Te conozco, te he descubierto, tapas tus faltas y despistes con halagos. Con medida sibilina cargas las culpas en mi, soy yo la reticente, la que no se fía, la que duda de todo y no dudas en mostrarte ofendido.

Tú, sólo tú lo haces todo perfecto. Todo por mi, por un nosotros… Pero mientes, sólo soy tu trofeo, el premio a tu trabajo agotador. El perfecto trofeo para un lobo disfrazado de cordero. Pensabas que la corderita era dócil, pero diste con la que nunca sigue al rebaño. No me trago tus halagos, no quiero tus piropos ni tus flores, ni tus excusas cuando sabes que haces mal pero no lo quieres reconocer. Sabes que no soy una más y eso te amarga, nunca diste con una corderilla tan empecinada.

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Despierta

reflejo

Como quién despierta de un largo letargo, le pesaban aún los párpados cuando el sueño le abandonó. Debió dormir muchas horas, pues la luz entraba a raudales a través de la persiana. Se incorporó y sintió sus piernas muy livianas, pero no podía con el peso de sus zapatillas… Sintió el frío de las baldosas en sus pies desnudos y le encantó esa sensación. Notaba que su ánimo era distinto, su cuerpo estaba más relajado.

Se miró en el espejo y se sorprendió de sus ojos brillantes y gesto relajado, ni un resto de preocupación o sufrimiento en su rostro. No fue capaz de abrir el grifo, algo empezaba a no ir bien. Sintió el ruido familiar de llaves y cómo alguien entraba en su casa, se asomó al pasillo y sofocó un grito.

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Días de lucha

“De nuevo, el dolor quiere jugar una mala pasada. Ha impedido el sueño reparador, la sensación de pesadez en las piernas le ha hecho dar vueltas y más vueltas en la cama. En ausencia de sueño, el dolor se hace patente y no hay descanso.

Cuando no aguanta más en la cama, se levanta. La gravedad debe ser mayor en torno a ella, siente como si tuviera un peso enorme encima de la cabeza, que hace que sus piernas flaqueen. Además, se imagina unos pesos de plomo colgando de su cintura y tirando de ella hacia atrás. No pinta bien.

Haciendo un esfuerzo, consigue llegar a la cocina. Desayuna, acompañando su desayuno con las pastillas contra el dolor y vuelve a tumbarse pero en el sofá, el único lugar dónde puede tener la espalda apoyada. Todos los días, lo mismo.

La convencen para salir de paseo, no le conviene tanta inactividad. Su cuerpo le pide descanso, pero si cede sabe que todo irá a peor. Sale, le da el aire, charla,… el tobillo y la rodilla arden, la cadera le recuerda que duele también. No les va a hacer caso, aunque llegue sin energía a casa, caminará hasta que se vea al límite.

Vive en una guerra que  no acaba con el dolor, cada día es una batalla. Esta semana, el bando del dolor ha ganado más que ella, pero no todo está dicho. A la menor lo esquivará, si el ánimo está en alto, aunque sea poco a poco, el día irá para mejor.”

Aún no se gestionar mi energía y mis límites, cuánto puedo invertir en cada tarea. Hay muchas cosas que no he vuelto a hacer y tardaré en conseguirlas, pero tengo una cosa clara y es que nunca más dejaré que el dolor pueda con mi ánimo y mis ganas de superarme. Puede que tarde más, puede que tenga que renunciar (como ya he hecho) a muchas cosas,…, pero iré paso a paso, como si fuese una reconquista. No voy a dejar que maneje mi vida.