Reencuentro

Había pasado mucho tiempo, “¿Tal vez demasiado?” Sí, demasiado, pero dicen que nunca es tarde. “Ojalá hubiera sido antes”. Borró ese pensamiento, era el momento y eso era lo que importaba. Ahí estaba, enfrente suya. ¿Cómo podía apenas no reconocer ese rostro?

Ese pequeño lunar en el arco de Cupido, ese hoyuelo en la mejilla derecha al sonreír. Esa sonrisa, ¡esa maravillosa y cálida sonrisa! La cual iba acompañada del arqueo de su ceja izquierda. Pero, sobre todo, era incapaz de comprender cómo había sido tan fácil olvidar el hipnótico brillo de sus ojos. Y sí, ahí estaba, mirando esos grandes ojos, hoy risueños por verle de vuelta.

Su corazón latía a más de 100 pulsaciones por minuto, no cabía duda. Sentía una especie de mariposas en la boca de su estómago, unas mariposas ya olvidadas y comenzó a llorar de emoción. Lloraba y sonreía mientras pasaba sus manos por ese rostro tan familiar y, después, por ese pelo rubio oscuro que parecía brillar como lo hiciera antaño. No podía ser, “No puede ser”…

Pasó a su cuerpo. Sí, ahí estaba el lunar de su clavícula, al igual que los puntos rubíes entre sus pechos y la cicatriz de su cesárea, esa que le picaba los días de lluvia pero que eran el recordatorio de su maternidad. Sus caderas eran algo más anchas; sin embargo, no tanto como le había hecho creer. Ni cánones ni no cánones, le encantaba lo que veía.

“Disculpe”, dijo una voz sacándola de su ensimismamiento, “si quiere otra talla de vestido se la acerco”. “Gracias, traiga el que usted decía, calculé bastante mal”, respondió con voz cantarina. Y así era, llevaba tanto tiempo aislada que había olvidado su reflejo.

Ahora, a kilómetros de su cárcel y carcelero, en un probador donde apenas entraban la sillita con su hijo de 3 años y ella, había tenido lugar un ansiado momento: el reencuentro consigo misma. Eran libres, era libre y se comenzaba a amar de nuevo.

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Sueños

Soho

(Foto de Mary Helen Bowers @balletbeautiful)

¿Cuándo fue la última vez que cerró sus ojos y levantó su cara para sentir el sol? ¿Cuándo fue la última vez que su calor la arropó y le infundió seguridad? Hacía mucho que no sentía esa calidez, ese instante de dejar la mente en blanco y sonreír. Hacía mucho que sus sueños estaban en oscuridad, en un rincón oscuro de su mente, dentro de un baúl imaginario cubierto de polvo.

Llevaba años en los que no vivía, sobrevivía. Es muy distinto porque sobrevives por inercia, como si no tuvieses nada que te motivara para saltar de la cama. Había caído en esa desidia, en ese creerse atrapada en la normalidad y ni se le pasaba por la mente el cambiar, no pensaba. Sólo sobrevivía, nada más.

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Amor a primera vista

Me enamoré de él a primera vista. La luz era tenue por las altas horas de la noche, pero no hizo falta verle mejor… me enamoré de él en cuánto lo vi.

Era algo más tarde de la medianoche y sentí un motor de coche, levanté la cabeza hacia la ventana de modo instintivo y vi como el coche se detenía a mi puerta. Las cortinas de cuentas de cristal que decoran nuestra puerta en verano chocaron entre sí y no hizo falta que el timbre sonara. Me dirigí a la puerta y allí estaba… Mi sonrisa fue inmensa y me temblaron las manos. Levanté la tapa agujereada de esa caja de zapatos y ahí lo vi, pegadito a un lateral, temblando más que yo. Una bolita blanca y anaranjada, no más grande que la palma de mi mano. Me había enamorado de Tico, mi “gordo”, mi “neno”, mi gato.

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Mientes

jaque

Mientes, lo sabes. Mientes, lo sé.

Estudiaste tu disfraz de caballero galante, pero fallaste. Tus palabras son hermosas, pero tu sonrisa es cínica. Se adivina tu ferocidad en el brillo de tus ojos. Tratas de distraer la atención, con flores, con cumplidos, con dulces frases al oído. Te conozco, te he descubierto, tapas tus faltas y despistes con halagos. Con medida sibilina cargas las culpas en mi, soy yo la reticente, la que no se fía, la que duda de todo y no dudas en mostrarte ofendido.

Tú, sólo tú lo haces todo perfecto. Todo por mi, por un nosotros… Pero mientes, sólo soy tu trofeo, el premio a tu trabajo agotador. El perfecto trofeo para un lobo disfrazado de cordero. Pensabas que la corderita era dócil, pero diste con la que nunca sigue al rebaño. No me trago tus halagos, no quiero tus piropos ni tus flores, ni tus excusas cuando sabes que haces mal pero no lo quieres reconocer. Sabes que no soy una más y eso te amarga, nunca diste con una corderilla tan empecinada.

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Despierta

reflejo

Como quién despierta de un largo letargo, le pesaban aún los párpados cuando el sueño le abandonó. Debió dormir muchas horas, pues la luz entraba a raudales a través de la persiana. Se incorporó y sintió sus piernas muy livianas, pero no podía con el peso de sus zapatillas… Sintió el frío de las baldosas en sus pies desnudos y le encantó esa sensación. Notaba que su ánimo era distinto, su cuerpo estaba más relajado.

Se miró en el espejo y se sorprendió de sus ojos brillantes y gesto relajado, ni un resto de preocupación o sufrimiento en su rostro. No fue capaz de abrir el grifo, algo empezaba a no ir bien. Sintió el ruido familiar de llaves y cómo alguien entraba en su casa, se asomó al pasillo y sofocó un grito.

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