Por fín, puerto

Después de una larga travesía, en la que el miedo a haber perdido el rumbo amenazó alguna vez, puedo decir que he llegado al puerto previsto. No obstante, el verdadero viaje empieza ahora, esta travesía sólo ha sido una prueba, una dura prueba.

La sensación de estar perdida, a la deriva, en ocasiones me asediaba. Llegué a pensar que, aunque empecé la aventura con la máxima confianza en mí, me había equivocado. Después, las condiciones no fueron nunca favorables: galernas, tormentas, marejadas y asaltos de otros buques,… Eso sí, a pesar de todo, nunca dejé de mirar hacia la Estrella del Norte, ni mapas, ni rutas, ni brújulas, ni mi valía como timonel eran fiables, pero si me fijaba en ella, si no la perdía de vista… habría una esperanza.

Y sí, ella no me falló, mi determinación y no darme nunca por vencida hizo el resto. Hoy he llegado a puerto, he conseguido mi objetivo prioritario y ahora sólo me queda echarme otra vez a la mar, en busca de mi Ítaca.

Iré compartiendo mi diario de Bitácoras.

Un regalo, Ítaca

itaca

Hace unos años, cuándo acabamos el instituto, los profesores nos propusieron una cena de despedida. Iríamos a cenar, haríamos juegos, daríamos medallas a los compañeros que más significaran para nosotros y ellos nos darían un regalo.

Después de muchos años dedicados a los ciclos superiores y a la Formación Profesional, éramos la primera generación que había entrado directamente del colegio. Éramos sus pequeños y estaban orgullosos de todos y cada uno, pues nos habíamos dejado aconsejar y guiar para salir “a comernos el mundo” y “ser lo qué quisiéramos ser”.

Me siento muy afortunada por encontrar en mi camino a ese maravilloso equipo, por descubrirme mundos que no conocía y por hacer que mi curiosidad y ganas de aprender fuera inmensa.

Volviendo al regalo, destacó uno por encima de todos. Nuestra querida y admirada profesora de Literatura. La singular, entusiasta y maternal Reyes, nos regalaba el Poema. No un poema cualquiera, no.

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