Último paso

Alguien me dijo un día “Laura, el último paso es el que más cuesta, no te agobies. Lo ves ahí, a mano, te queda un último esfuerzo pero, al mismo tiempo, sientes un cansancio inmenso por lo que te costó llegar”.

Debo decir que tenía mucha razón. No lo dudé en su momento y no lo dudo ahora. Ahora… faltan apenas 10 días para que se cumpla uno de los plazos con los que, últimamente, me llevo tan mal. Dentro de unos días, sabré si consigo o no que ese último paso, ese último esfuerzo sea el justo y necesario.

Y aunque tengo una ilusión tremenda por cerrar una etapa, por centrarme al 100% en mi recuperación y la medida de mis fuerzas,… el cansancio se nota. Pienso que si llegué hasta aquí con lo intrincado que se puso el camino, con las veces que veía los obstáculos tan grandes como para no superarlos y, después, no entrar en mí de orgullo por rebasarlos y coger fuelle, etc. ¡¿Cómo no voy a poder con la última semana?!.

Sólo un paso más… Puede ser el que más cueste pero no llegamos hasta ahí para caer desfallecidos ante la línea de meta, ¿no?

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Batalla

Su Enemigo volvió con fuerzas renovadas, atacando por otros frentes. El Dolor recorría, sin pudor, su espalda y se irradiaba hacia el esternón. Sentía una opresión en el pecho terrible, no había respiro. La batalla se le estaba yendo de las manos, su Enemigo se imponía.

Notó que su ceño se fruncía, que no paraba de emitir lamentos,… había caído en su trampa. Decidió contraatacar, se tendió tranquila, respirando rítmicamente y se abrazó a sí misma. Apretando sus brazos sobre la caja torácica descubrió que la presión aliviaba el dolor… Sonrío al pensar en lo bien que le sentarían ciertos “abrazos de oso”, aquellos con los que todo pasaba y se notaba en casa. Dejó la mente en blanco, sólo así y con los ojos cerrados llegó a un estado de tranquilidad en el que el Dolor parecía mitigarse poco a poco.

Sufriría durante horas. Posiblemente, al día siguiente hubiera otra batalla. Pero ésta la estaba ganando y, en poco tiempo, vendría Morfeo para formalizar la tregua.

Sueño en dolor

dolor

Hace unos días, tuve una jornada muy dura, el dolor llegó hasta las costillas y sentía una presión constante en el pecho. Volví a no aguantar sentada, a parar menos de 10 minutos tumbada boca arriba y a sentir mis piernas de goma. Además, sentía fuego en las tibias y un pinchazo constante en el muslo izquierdo que me impedía parar y relajarme. Aquella noche había soñado en dolor:

Tengo un sueño que se repite cada cierto tiempo. Bueno, más bien es cómo me siento yo en ese sueño. Sea cual sea el escenario, la gente siempre va más rápido que yo y noto cómo mis piernas flaquean de rodillas para abajo. Siento un cansancio y un dolor muscular muy concreto. Si os ponéis a hacer una sentadilla, parad a la mitad del recorrido que podáis hacer y tratad de andar. Sentiréis mucha tensión y os dolerán algo las tibias. Pues eso es lo que siento en el sueño, no puedo ni correr, ni escapar,… veo como me canso y, lo peor, por la mañana me despierto con un dolor tremendo.

Aquella noche corría, saltaba, me metía en problemas y tenía que huir de la policía por las calles del barrio. Todo iba bien hasta que me cambió el chip y quedé a cámara lenta, viendo como mis compinches corrían y yo era atrapada. Ni empezando bien logró acabar los sueños a lo Usain Bolt. Cómo es costumbre, amanecí con dolor… me desperté por el dolor, mejor dicho.

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Nunca más

Aquel Fantasma volvía a atosigarle. Tiempo atrás pensó que lo había conjurado bien. Pero ahí estaba, no había duda alguna… como la otra vez. Un lobo disfrazado de cordero.

Por suerte, ahora lo había detectado a la primera. Todo había sido una prueba, para comprobar bien el no equivocarse. Sí, su instinto lo supo antes que sus ojos y antes de las pruebas. Lo había descubierto.

Sin embargo, el Fantasma no se daba por vencido. Trataba incansablemente de despertar los recuerdos  más dolorosos, un episodio aciago para él. Una batalla a muerte contra el Fantasma, quien le hizo luchar contra sí mismo. Antaño, estuvieron a punto de destrozarse los dos.

“Nunca más”, se juró años atrás. Y jamás faltaba a su palabra. El Fantasma seguía ahí, pero ya no le asustaba. Volvería a conjurarlo, esta vez… para Siempre.

El Pozo de la Tristeza

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Cuando la tristeza te envuelve, no puedes ver nada a tu alrededor. Tienes la sensación de que la vida duele demasiado y te refugias en esa penumbra; si es durmiendo, mejor. Allí, al menos, el reloj no avanza, no se espera nada de ti y nada del exterior puede perturbarte.

De vez en cuando, oyes una voz conocida dándote ánimos. Intenta que te quites esa venda sobre tus ojos. ¿Para qué? Cedes, expresas lo que sientes pero te chocas con la incomprensión,… Visualizas un pozo. Sí, ahora ves que estás en un pozo frío, húmedo y muy profundo. Para complicar las cosas, si miras hacia arriba sólo ves un cielo nuboso, tormentoso y nadie parece asomarse para lanzarte un cabo.

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