Reencuentro

Había pasado mucho tiempo, “¿Tal vez demasiado?” Sí, demasiado, pero dicen que nunca es tarde. “Ojalá hubiera sido antes”. Borró ese pensamiento, era el momento y eso era lo que importaba. Ahí estaba, enfrente suya. ¿Cómo podía apenas no reconocer ese rostro?

Ese pequeño lunar en el arco de Cupido, ese hoyuelo en la mejilla derecha al sonreír. Esa sonrisa, ¡esa maravillosa y cálida sonrisa! La cual iba acompañada del arqueo de su ceja izquierda. Pero, sobre todo, era incapaz de comprender cómo había sido tan fácil olvidar el hipnótico brillo de sus ojos. Y sí, ahí estaba, mirando esos grandes ojos, hoy risueños por verle de vuelta.

Su corazón latía a más de 100 pulsaciones por minuto, no cabía duda. Sentía una especie de mariposas en la boca de su estómago, unas mariposas ya olvidadas y comenzó a llorar de emoción. Lloraba y sonreía mientras pasaba sus manos por ese rostro tan familiar y, después, por ese pelo rubio oscuro que parecía brillar como lo hiciera antaño. No podía ser, “No puede ser”…

Pasó a su cuerpo. Sí, ahí estaba el lunar de su clavícula, al igual que los puntos rubíes entre sus pechos y la cicatriz de su cesárea, esa que le picaba los días de lluvia pero que eran el recordatorio de su maternidad. Sus caderas eran algo más anchas; sin embargo, no tanto como le había hecho creer. Ni cánones ni no cánones, le encantaba lo que veía.

“Disculpe”, dijo una voz sacándola de su ensimismamiento, “si quiere otra talla de vestido se la acerco”. “Gracias, traiga el que usted decía, calculé bastante mal”, respondió con voz cantarina. Y así era, llevaba tanto tiempo aislada que había olvidado su reflejo.

Ahora, a kilómetros de su cárcel y carcelero, en un probador donde apenas entraban la sillita con su hijo de 3 años y ella, había tenido lugar un ansiado momento: el reencuentro consigo misma. Eran libres, era libre y se comenzaba a amar de nuevo.

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La estrategia

Sonó el despertador, un nuevo día se abría paso. Saltó de la cama, comenzaba la semana de clases y la vería. Le había llamado la atención el primer día del curso,  sin embargo, no fue hasta que se dirigió a él para preguntarle algo cuando cayó rendido a sus ojos. El color, el brillo, la alegría que desprendían,… “Algún día será mía”.

La divisó con su mejor amiga a unos diez metros de él, hoy le llevaban ventaja pero no iba a correr para alcanzarlas. Podría ponerse en evidencia y esa no era su forma de actuar. Además, la semana anterior había sido incapaz de hablarle durante las prácticas. Por suerte, estaban en el mismo grupo. Cierto es que la había visto deshacerse en risas con el pánfilo ese del que todos decían que era un guaperas y el chico no parecía nada incómodo… pero se la ganaría él.

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Mientes

jaque

Mientes, lo sabes. Mientes, lo sé.

Estudiaste tu disfraz de caballero galante, pero fallaste. Tus palabras son hermosas, pero tu sonrisa es cínica. Se adivina tu ferocidad en el brillo de tus ojos. Tratas de distraer la atención, con flores, con cumplidos, con dulces frases al oído. Te conozco, te he descubierto, tapas tus faltas y despistes con halagos. Con medida sibilina cargas las culpas en mi, soy yo la reticente, la que no se fía, la que duda de todo y no dudas en mostrarte ofendido.

Tú, sólo tú lo haces todo perfecto. Todo por mi, por un nosotros… Pero mientes, sólo soy tu trofeo, el premio a tu trabajo agotador. El perfecto trofeo para un lobo disfrazado de cordero. Pensabas que la corderita era dócil, pero diste con la que nunca sigue al rebaño. No me trago tus halagos, no quiero tus piropos ni tus flores, ni tus excusas cuando sabes que haces mal pero no lo quieres reconocer. Sabes que no soy una más y eso te amarga, nunca diste con una corderilla tan empecinada.

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