Siempre presentes

En las últimas entradas: Primeras alarmas, En alerta y Recordando… he intentado recoger cómo el Alzheimer llegó para quedarse en nuestras vidas. Contado desde el punto de vista de mi abuelo, con algo de la inocencia que yo tenía por esa época (era una niña cuando empezó y no había tanta información como ahora) y algo de la conciencia de esta enfermedad que tengo ahora.

A día de hoy no sé cuánto llegarían a sufrir los dos. Todo apunta a que mi abuela olvidó todo, pero sólo espero que en ese proceso, la conciencia de su deterioro no fuera demasiada. Aún así, me cuesta creerlo por los momentos en los que luchaba por hacerse entender y en los que veías ese brillo en su mirada al reconocerte. Mi abuelo tuvo que ser testigo de cómo esa chiquilla vital y de carácter, a la que había querido desde siempre y con la que había formado una familia, poco a poco desaparecía ante sus ojos.

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Recordando… Olvidando

Despertó y, como cada mañana desde hacía un tiempo, dedicó unos minutos a recordar. Su vida no había sido fácil pero ella siempre había estado ahí, era su motor. Recordaba sus primeros bailes, los encuentros en el abrevadero,…, hacía poco tiempo se lo había contado a sus nietos como una historia de dos. Quién iba a decirle que formarían una familia tan grande y llegarían a conocer a su primer bisnieto. Sonrió.

Se giró en la cama para darle un beso como cada mañana y volvió a encontrarse con su mirada vacía. Eso le rompía el corazón, miraba sus ojos pero no la veía, su mujer no estaba allí. Había recuperado algo de movilidad y habla, sin embargo, los periodos de tiempo en los que estaba ausente iban a más. Unos días le preguntaba por el ganado, otros le decía que tenía que ir a casa de sus padres,…, siempre le descolocaba porque, en cuestión de segundos, volvía al presente y le preguntaba dónde había estado. A ver que le deparaba ese día…

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En alerta

Habían pasado unos meses desde que el médico le dijera “son cosas de la edad, algo de demencia pero no te asustes”. Sin embargo, el comportamiento de su esposa iba volviéndose más extraño. Quién se ocupaba de las comidas era él, entre preguntas y despistes de ella conseguía hacer algún plato, nadie se extrañaba de verle ir y venir con su carrito de la compra, ir al médico por los dos y llevar las cuentas de la casa.

Una mañana le extrañó que, al despertar, ella no estuviese levantada. Se giró para mirarla y estaba con los ojos abiertos y la mirada fija. Le habló, la movió, pero ella seguía igual. Recordó que él estuvo así unos años atrás, cuando le dio la trombosis que lo tiró de su burra. Intentó levantarse lo más rápido posible pero la edad no perdona y menos con esa dichosa enfermedad que le diagnosticaron, Parkinson o algo parecido. Intentar incorporarse le costaba y el abotonarse una camisa le suponía todo un reto. Cuando quiso llamar por teléfono, ella reaccionó y le preguntó extrañada si había fuego o iba a fugarse de casa. Ella y su dichoso humor, qué alivio sintió al “verla” de vuelta.

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Primeras alarmas

Era la primera vez que iba a hacer la compra y se preguntaba cómo reaccionarían las vecinas al verle entrar. Su nieta pequeña le acompañaba, iba contándole las aventuras del día anterior. Le encantaba esa complicidad y no se cansaba de que ella le relatara todo un día de colegio o cómo había ganado una carrera con la bici. Cuándo quiso darse cuenta, ya estaban en la puerta del supermercado.

Abrió la puerta y sonó una dichosa campanita, pensó “no podía entrar en silencio, no”; todos se giraron y le miraron con cara de sorpresa. Tuvo que explicar que su esposa no se encontraba bien y se había ofrecido, como si fuese un delito que un hombre se ocupase de eso. El dependiente le acompañó por toda la superficie y se ofreció a llevarle la compra a casa por si le daba vergüenza. ¡Lo que había que oír!.

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