Pilares no maestros

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Hace un tiempo creía que necesitaba ciertos pilares en mi vida, alguno de los cuales consideraba esencial y primordial. Adjudiqué el título de muro de carga a uno que no lo era y lo he descubierto porque, al derribarlo, mi estructura, mi esencia y la seguridad en mis cimientos no se han resentido.

Es curioso como nos aferramos a lo que creemos esencial, necesario, sea un estilo de vida, una rutina o una persona. Tenemos un miedo atroz a no ser nosotros mismos sin ello, sin esa seguridad aparente. Y, sinceramente, vivir con el miedo a perder algo, o a no ser completo por su falta , no tiene cuenta. Sigue leyendo

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Hormiga

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Pequeña, muy pequeña, mínima. Así se sentía. Cansada, agotada, con un peso enorme. Así se sentía. Ella era una simple hormiguita a la que nadie veía, insignificante. Una hormiguita que aceptaba todo comentario de su poca valía, de su poca importancia en la vida. Así se sentía y así se veía. Ningún esfuerzo era meritorio, toda equivocación era esperada. Ningún logro era merecido sino cosa del azar. No era nada y se lo creyó.

Así siguió viviendo una gran temporada, cargando un peso que era 6 veces mayor que ella. Acatando premisas de otros que la desmotivaban. No era nadie, no era nada. Una simple hormiga que nadie tenía en cuenta. Llegó un día que ni tenía miedo a que la pisaran, a que le dijeran que era una indefensa hormiga. No era nadie, no era nada. Era prescindible, absolutamente prescindible. Si bien, quien la hacía sentir pequeña, le decía que era lo más grande que tenía. Ironía en sus palabras.

Quien disfrutaba de verla empequeñecida, necesitando su ayuda, su aprobación, su apoyo pese a no ser nada, no la quería bien. Bueno, no la quería. Se quiere o no se quiere. Nadie quiere mal, ni a su manera. Cuando se quiere, se quiere y se hace al otro más grande, más hermoso, más válido, aunque el otro ya lo sea. Cuando se quiere, uno acepta defectos y aptitudes. Pero en su caso, sólo se veían sus defectos. Tenía suerte de que la quisieran.

Hasta que un día, vio su reflejo. Se vio con esa carga enorme que no le correspondía. Se vio pudiendo con esa carga, pese a ser esa hormiguita enclenque que decían. Si podía con ese peso, era fuerte. Era más de lo que creía. Era más de lo que le habían hecho creer. Tenía que cambiar, todo estaba en su mano.

Dejó su peso, buscó sus orígenes. Se alejó de quien le hacía sentir agradecida de su atención. Abrió su mente y se lanzó al mundo. Confió en sus decisiones, dejó a quienes le decían que ella no podía decidir. Se sintió libre y se encontró. Dejó de ser una hormiga y volvió a ser ella.

La maldición se había acabado.

De complejos, adolescencia y Renée

Desde que nos encontramos con las imágenes de una desconocida Renée Zellwegger, tuve claro que quería hablar de éste tema. Sin embargo, lo he ido dejando en borradores y creo que ya es hora de que vea la luz.

Como os decía de Renée, su transformación ha sido tal con eliminarse las bolsas superiores de sus ojos y afinar su mandíbula, más el uso del bótox en la frente, que no queda nada de nuestra adorada Roxy (Chicago), Bridget Jones o la desdolida Ruby (Cold Mountain).

Como habréis leído, ella dice estar encantada de que la gente la vea diferente. No es que se le vea diferente, es que es diferente. Lo que más me desconcierta es su pérdida de expresión de ojos, está comprobado que la mirada contribuye enormemente a nuestra identidad. Sus palabras han sido:

“Mis amigos dicen que estoy en paz. En forma. Durante mucho tiempo, me descuidé demasiado. Tenía un horario que no era realista, ni sostenible. En lugar de detenerme a calibrar mi vida, seguí corriendo hasta que me agoté, y tomé malas decisiones acerca de cómo ocultar este agotamiento. Pero era consciente del caos. Y, finalmente, tomé otra dirección. Hice el trabajo que me permite ser yo misma, formar un hogar, amar a alguien, aprender cosas nuevas y seguir creciendo como persona. La gente no me conoce desde que cumplí 40 años”.

Y yo me pregunto, ¿estará tan encantada realmente o es pose de cara a la galería? ¿Os imagináis someteros a un retoque estético y no reconoceros en el espejo? La sensación debe ser vertiginosa porque llevas años conviviendo con tu imagen, te agrade o no, viendo como la adolescencia o nos convierte en unos pimpollos o en “feos”, asimilando como con la juventud y la madurez, esos rasgos vuelven a la normalidad y se afinan.

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De bloqueos: 80´s, ciencia y yo

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Bloqueada, pero no falta por ideas… Tengo la sensación de tener tanto que expresar que no me sale. Es como si todo se quedase atascado porque las ideas se agolpan y no son capaces de organizarse y, claro, una se desespera.

No obstante, prefiero que sea así y esperar a que ellas se aclaren a no tener nada qué aportar, nada sobre lo que dar mi pequeño grano de arena o mi dispensable opinión. Es cuestión de tiempo y calma. Por suerte, no se me cumple ningún plazo como en el instituto o la facultad ante una redacción o un informe (¿quién no ha llegado a “conclusiones” y ha visto que no tenía ninguna?), ni un plazo impuesto por la agenda laboral. Eso quita una parte de presión que, contradictoriamente, muchas veces es necesario para que salga todo y redondo.

Cuando hace algo más de un año escribía para la desaparecida Generación80, recuerdo que teníamos una lista inmensa de temas que tocar y bastaba con que quisiera hacer una en concreto, con ilusión, y haber recopilado información, para que nada cuadrase como quería y la entrada tardase más días de los que esperaba. Ni cambiando a otra, ni dándole todas las vueltas posibles. A fuerza de no cumplir con mis plazos, aprendí a relajarme un poco y olvidarme de la entrada hasta que aparecía en mi cabeza cómo quería montarla.

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Cicatrices

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Hace unos días, leí una frase: “No hay nada que cause más dolor que una cicatriz emocional”. ¿En serio? ¿Cuántos os habéis parado a pensar en ésto? ¿Puede una cicatriz ser un gran impedimento?

Sabemos que las cicatrices corporales, las que se ven a simple vista, son duras de asimilar. Hay gente que nunca lo supera y/o recurre a la estética para borrarlas. Otros, simplemente, se avergüenzan de ellas y se esconden hasta de su reflejo en el espejo. Y luego están los que las muestran con orgullo, como símbolo de una lucha ganada y están dispuestos a contar “su historia” a quién le de la importancia justa o ninguna. Sólo la percepción y el punto del vista de quién las lleva en su piel son capaces de gestionarlas.

Pero, ¿y las emocionales? ¿Las que no se ven? Ciertamente, son paralizantes. La herida que las precede suele ser de dimensiones catastróficas, llegando a anular al individuo y que sienta que ese dolor nunca pasará. La herida va sanando con el paso del tiempo, emocional o física, siempre pasa. Pero… la cicatriz queda, como un grabado a fuego entre nuestra marabunta de neuronas, formando un nuevo nudo que no se deshace y que cambia nuestro comportamiento, tanto con nosotros mismos como con los demás.

¿Puede llegar una cicatriz emocional a paralizarnos y convertirnos en alguien distinto a quién éramos? Sin duda. ¿Podemos dejar de verlo como algo negativo, cargado de malas experiencias y culpabilidad hacía quién nos lo originó y hacía nosotros mismos? Sin duda, también. Con esfuerzo y mucho amor propio; con objetividad para situarla en el tiempo, en la linea temporal de nuestro YO, de nuestra vida.

Nada ni nadie debería causarnos tanto daño como para dejar que esa cicatriz nos acompañe, en negativo, el resto de la vida. Hay que elaborarlo, darle vueltas, aprender de lo pasado, saber que nada volverá a pasar igual, que cada experiencia nueva es eso ¡nueva!, ¡llena de posibilidades!. Esa cicatriz no sirve para que te acobardes, sino para que sepas leer las señales, para que tengas la seguridad de que no volverá a repetirse. Esa cicatriz duele y pesa, “pica” con los cambios en tu hoy; pero también es la puerta hacia la libertad en tu futuro. Esa cicatriz es imborrable pero poderosa, para bien, si tú te lo propones.

Todos tenemos cicatrices, todos sufrimos y decidimos “aprender” o no. Sólo depende de nosotros mismos el que la balanza se incline hacia un lado u otro. Pensadlo