Perdido en vida

perdido en vida

Sé que no vas a leer ésto, pese a estar todo el día pegado a tu ordenador. Aunque no te mereces que pierda mi tiempo con nada referente a ti, sigo siendo algo ilusa y confío en que tus ojos pasen sobre estas líneas algún  día.

Te estás perdiendo la Vida, por mucho que pienses que tu vida es Ella. Dichoso tópico de enamorados… Lo siento, debo decirte que la Vida es lo que está fuera de tu habitación, lejos del ordenador, sólo a una voz tuya y no una llamada o un simple tecleo.

Sé que no eres consciente y estás en tu burbuja de aparente Felicidad. Vuelvo a decirte lo siento, eso no es felicidad es dependencia y absorción. ¿Cómo alguien a cientos de kilómetros puede tenerte tan controlado? ¡Con lo fácil que es apagar el ordenador o no coger el teléfono! Pero no, no hay manera. Te hemos perdido y, lo que es peor, nos has perdido a todos los que algún día sentimos cariño por ti.

Tus amigos ya no te llamamos, ni avisamos, ni mandamos un simple mensaje o whatsapp. Primero, porque pasas de nosotros, nos dejas a un lado y te da igual si es porque queremos salir a divertirnos o necesitamos desahogarnos por algún problema. Segundo, porque Ella te abronca cada vez que alguno te reclamamos,  te conectas para hablar con alguien que no sea ella o  te das el lujo de jugar a la Play con los chicos, por ejemplo. Tercero, porque has consentido que nos aparte de ti, aunque la última palabra es tuya y captamos el mensaje “te estorbamos”.

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Sólo una historia más…

una historia más

A pesar del tiempo, no se había acostumbrado a su ausencia. Aún cuando pasaba cerca de su balcón, levantaba la vista con los ojos llenos de melancolía. En ocasiones, pensaba que era un tonto romántico y, en otras, sentía que traicionaba a su esposa.

No podía quejarse de su vida. Cierto que se fue de la ciudad con el corazón roto pero, al cabo de unos años de dedicarse a su trabajo, Cecilia apareció para devolverle la ilusión. Hasta ese momento se había dedicado a sus casos, a hacerse un hueco en el gabinete donde le dieron su primera oportunidad y había decidido no volverse a enamorar. Bueno, eso no era del todo cierto, sabía que no se volvería a enamorar. Cuando llegó a ser socio, le invitaron a un gran evento, con la flor y nata de la ciudad y allí le presentaron a Cecilia. Bailaron unas piezas, compartieron charla durante la cena y poco más.

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Recordando… Olvidando

Despertó y, como cada mañana desde hacía un tiempo, dedicó unos minutos a recordar. Su vida no había sido fácil pero ella siempre había estado ahí, era su motor. Recordaba sus primeros bailes, los encuentros en el abrevadero,…, hacía poco tiempo se lo había contado a sus nietos como una historia de dos. Quién iba a decirle que formarían una familia tan grande y llegarían a conocer a su primer bisnieto. Sonrió.

Se giró en la cama para darle un beso como cada mañana y volvió a encontrarse con su mirada vacía. Eso le rompía el corazón, miraba sus ojos pero no la veía, su mujer no estaba allí. Había recuperado algo de movilidad y habla, sin embargo, los periodos de tiempo en los que estaba ausente iban a más. Unos días le preguntaba por el ganado, otros le decía que tenía que ir a casa de sus padres,…, siempre le descolocaba porque, en cuestión de segundos, volvía al presente y le preguntaba dónde había estado. A ver que le deparaba ese día…

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En alerta

Habían pasado unos meses desde que el médico le dijera “son cosas de la edad, algo de demencia pero no te asustes”. Sin embargo, el comportamiento de su esposa iba volviéndose más extraño. Quién se ocupaba de las comidas era él, entre preguntas y despistes de ella conseguía hacer algún plato, nadie se extrañaba de verle ir y venir con su carrito de la compra, ir al médico por los dos y llevar las cuentas de la casa.

Una mañana le extrañó que, al despertar, ella no estuviese levantada. Se giró para mirarla y estaba con los ojos abiertos y la mirada fija. Le habló, la movió, pero ella seguía igual. Recordó que él estuvo así unos años atrás, cuando le dio la trombosis que lo tiró de su burra. Intentó levantarse lo más rápido posible pero la edad no perdona y menos con esa dichosa enfermedad que le diagnosticaron, Parkinson o algo parecido. Intentar incorporarse le costaba y el abotonarse una camisa le suponía todo un reto. Cuando quiso llamar por teléfono, ella reaccionó y le preguntó extrañada si había fuego o iba a fugarse de casa. Ella y su dichoso humor, qué alivio sintió al “verla” de vuelta.

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Primeras alarmas

Era la primera vez que iba a hacer la compra y se preguntaba cómo reaccionarían las vecinas al verle entrar. Su nieta pequeña le acompañaba, iba contándole las aventuras del día anterior. Le encantaba esa complicidad y no se cansaba de que ella le relatara todo un día de colegio o cómo había ganado una carrera con la bici. Cuándo quiso darse cuenta, ya estaban en la puerta del supermercado.

Abrió la puerta y sonó una dichosa campanita, pensó “no podía entrar en silencio, no”; todos se giraron y le miraron con cara de sorpresa. Tuvo que explicar que su esposa no se encontraba bien y se había ofrecido, como si fuese un delito que un hombre se ocupase de eso. El dependiente le acompañó por toda la superficie y se ofreció a llevarle la compra a casa por si le daba vergüenza. ¡Lo que había que oír!.

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