Pilares no maestros

pilares

Hace un tiempo creía que necesitaba ciertos pilares en mi vida, alguno de los cuales consideraba esencial y primordial. Adjudiqué el título de muro de carga a uno que no lo era y lo he descubierto porque, al derribarlo, mi estructura, mi esencia y la seguridad en mis cimientos no se han resentido.

Es curioso como nos aferramos a lo que creemos esencial, necesario, sea un estilo de vida, una rutina o una persona. Tenemos un miedo atroz a no ser nosotros mismos sin ello, sin esa seguridad aparente. Y, sinceramente, vivir con el miedo a perder algo, o a no ser completo por su falta , no tiene cuenta. Sigue leyendo

De complejos, adolescencia y Renée

Desde que nos encontramos con las imágenes de una desconocida Renée Zellwegger, tuve claro que quería hablar de éste tema. Sin embargo, lo he ido dejando en borradores y creo que ya es hora de que vea la luz.

Como os decía de Renée, su transformación ha sido tal con eliminarse las bolsas superiores de sus ojos y afinar su mandíbula, más el uso del bótox en la frente, que no queda nada de nuestra adorada Roxy (Chicago), Bridget Jones o la desdolida Ruby (Cold Mountain).

Como habréis leído, ella dice estar encantada de que la gente la vea diferente. No es que se le vea diferente, es que es diferente. Lo que más me desconcierta es su pérdida de expresión de ojos, está comprobado que la mirada contribuye enormemente a nuestra identidad. Sus palabras han sido:

“Mis amigos dicen que estoy en paz. En forma. Durante mucho tiempo, me descuidé demasiado. Tenía un horario que no era realista, ni sostenible. En lugar de detenerme a calibrar mi vida, seguí corriendo hasta que me agoté, y tomé malas decisiones acerca de cómo ocultar este agotamiento. Pero era consciente del caos. Y, finalmente, tomé otra dirección. Hice el trabajo que me permite ser yo misma, formar un hogar, amar a alguien, aprender cosas nuevas y seguir creciendo como persona. La gente no me conoce desde que cumplí 40 años”.

Y yo me pregunto, ¿estará tan encantada realmente o es pose de cara a la galería? ¿Os imagináis someteros a un retoque estético y no reconoceros en el espejo? La sensación debe ser vertiginosa porque llevas años conviviendo con tu imagen, te agrade o no, viendo como la adolescencia o nos convierte en unos pimpollos o en “feos”, asimilando como con la juventud y la madurez, esos rasgos vuelven a la normalidad y se afinan.

Sigue leyendo

Cicatrices

cicatriz

Hace unos días, leí una frase: “No hay nada que cause más dolor que una cicatriz emocional”. ¿En serio? ¿Cuántos os habéis parado a pensar en ésto? ¿Puede una cicatriz ser un gran impedimento?

Sabemos que las cicatrices corporales, las que se ven a simple vista, son duras de asimilar. Hay gente que nunca lo supera y/o recurre a la estética para borrarlas. Otros, simplemente, se avergüenzan de ellas y se esconden hasta de su reflejo en el espejo. Y luego están los que las muestran con orgullo, como símbolo de una lucha ganada y están dispuestos a contar “su historia” a quién le de la importancia justa o ninguna. Sólo la percepción y el punto del vista de quién las lleva en su piel son capaces de gestionarlas.

Pero, ¿y las emocionales? ¿Las que no se ven? Ciertamente, son paralizantes. La herida que las precede suele ser de dimensiones catastróficas, llegando a anular al individuo y que sienta que ese dolor nunca pasará. La herida va sanando con el paso del tiempo, emocional o física, siempre pasa. Pero… la cicatriz queda, como un grabado a fuego entre nuestra marabunta de neuronas, formando un nuevo nudo que no se deshace y que cambia nuestro comportamiento, tanto con nosotros mismos como con los demás.

¿Puede llegar una cicatriz emocional a paralizarnos y convertirnos en alguien distinto a quién éramos? Sin duda. ¿Podemos dejar de verlo como algo negativo, cargado de malas experiencias y culpabilidad hacía quién nos lo originó y hacía nosotros mismos? Sin duda, también. Con esfuerzo y mucho amor propio; con objetividad para situarla en el tiempo, en la linea temporal de nuestro YO, de nuestra vida.

Nada ni nadie debería causarnos tanto daño como para dejar que esa cicatriz nos acompañe, en negativo, el resto de la vida. Hay que elaborarlo, darle vueltas, aprender de lo pasado, saber que nada volverá a pasar igual, que cada experiencia nueva es eso ¡nueva!, ¡llena de posibilidades!. Esa cicatriz no sirve para que te acobardes, sino para que sepas leer las señales, para que tengas la seguridad de que no volverá a repetirse. Esa cicatriz duele y pesa, “pica” con los cambios en tu hoy; pero también es la puerta hacia la libertad en tu futuro. Esa cicatriz es imborrable pero poderosa, para bien, si tú te lo propones.

Todos tenemos cicatrices, todos sufrimos y decidimos “aprender” o no. Sólo depende de nosotros mismos el que la balanza se incline hacia un lado u otro. Pensadlo 

Perdedor profesional

junco

¿Recuerdas mi  post sobre el débil cotidiano? Pues otro concepto o definición que tengo por la cabeza es la de “perdedor profesional”.

La oí en un programa televiso en el que una candidata a entrar en la selección de participantes renunció a una segunda prueba porque “era todo o nada”. Según ella, si dos de los tres jueces le daban el sí pero, un tercero, le decía que no pues  no tenía lógica pasar una segunda prueba, no estaba al nivel.

Intentaron hacerle ver que era otra oportunidad y que había más gente, en su situación, preparada para ese segundo reto. Pero hizo oídos sordos, ella era una perfeccionista y creía que su trabajo era buenísimo; pero si ya contaba con un negativo,  no se merecía entrar en ese concurso. Cuando abandonó la sala, dijeron de ella que era una “perdedora profesional”.

Y eso me hizo pensar. Tenía una actitud que rayaba el egocentrismo (muy subido) pero, en realidad, no se permitía ni un fallo y era una verdadera crítica consigo misma. Aparentaba algo que no era y su afán de superación o no defraudarse le estaba quitando grandes oportunidades. Me hizo pensar porque yo también soy muy autocríitica y durante un tiempo me he dedicado a ser reo, juez y jurado, 3 en 1 que me tenían con un sentimiento de decepción personal con la que no podía. Siempre me echaba en cara el no intentarlo más, el pensar que con un poco de esfuerzo la situación sería distinta, no me perdonaba ni errores, ni el no haberme quitado la venda de los ojos antes,…, la culpa nunca era por las circunstancias: yo podía con todo y si, al final, no podía, la culpa era solo mía. Sigue leyendo

Los sonidos del silencio

silencio

Habéis leído bien, voy a hablar de los sonidos del silencio. Puede que sea un concepto bastante personal, por lo que paso a exponer mi visión:

Si vamos a su definición, según la RAE, el silencio es: 1) Abstención de hablar, 2) Falta de ruido 3) Falta u omisión de algo por escrito. Son las tres primeras definiciones y de todas sacamos que el silencio es la ausencia de una palabra hablada, un sonido o una palabra escrita. Hasta aquí todos de acuerdo, supongo.

Sigamos, pues. El silencio es “ausencia de”, un espacio vacío que no nos gusta. El silencio nos desorienta, nos desarma o pone a la defensiva,…, seguimos muchas veces la premisa “el que calla, otorga” sólo para interpretarlo como queremos. Pero eso no es así, el silencio no es algo plano, que haya ausencia no significa que no pueda existir. De hecho, el silencio engloba tantas respuestas y dice tanto que tendemos a aceptarlo o no, según nos afecte. Voy a simplificarlo en tres grupos.

Cuando estamos muy cómodos con alguien, suele pasar que hay silencios. De esos silencios que calman, que abrigan, que son un grado de confianza y bienestar extremo. Hay veces que no necesitas más que la compañía de ese “alguien”, ya sea un padre, un hermano, un amigo o tu pareja. Este sería su sonido dulce, apaciguador, el que nos hace estar serenos.

También hay ocasiones en las que el silencio es molesto, nos incomoda. En una entrada, os hablé de mi combate con él y cómo no dejaba que apareciera. Cuando tienes una cavilación, que no es más que un acto para desgastarte sin llegar a ninguna solución, el silencio no es bien recibido. Ese espacio que deja en blanco es aprovechado por nuestro cerebro para no dejarnos descansar. Ese es su sonido repetitivo, el que saca de quicio.

Y llegamos al silencio que duele, ese que se impone, generalmente, entre dos personas y es interpretado de distinta manera. Como dije antes, el silencio no es plano, no sólo tiene una lectura sino tantas como personas. Puedes callar por temor, por timidez,… y que el otro lo tome como una falta de interés. Otras veces, callamos esperando a que sea el otro quién de el paso; ¿qué pasa si la otra persona piensa lo mismo?. Muchas veces, el silencio puede ser el portador del orgullo. He visto a gente perdiendo lo bueno que tenían con otra persona, por culpa no tanto por el silencio, sino por la interpretación que hacían. Ese es el sonido estridente, el doloroso.

En ocasiones, perdemos oportunidades, amistades, tiempo,… por callar aquello que quiere salir a borbotones por la boca. Más de una vez, me he vuelto a casa con las palabras que quería decirle a alguien, aquí, atascadas en la garganta. Sé que si las palabras no salen, suele ser porque no es el momento adecuado. Pero aún así, aunque después se solucione todo, ese silencio dañino y subjetivamente interpretable se impone.

A día de hoy, aunque tengo claro todo esto; tengo algunas cosas sin comunicarle a gente que me importa. El silencio ha sido mi opción para no modificar distintas situaciones, por creer que no soy nadie para cambiarlas. Tal vez sea la forma de justificar miedos y sé que esos no llevan a ninguna parte, pero son inherentes a nosotros.

Puede que no predique con el ejemplo pero pensad sobre ello. El silencio puede ser lo peor que se interponga entre nosotros, su tonalidad e interpretación es tan amplia que cada uno asume una de ellas y una postura. Puede que, de vez en cuando, sea mejor hablar, decir las cosas conlleven lo que conlleven y dejarse de miedos o inseguridades.

Sea como sea, consideremos que es mejor callar por no estropearlo más o que es mejor hablar; espero que seamos nosotros quienes los gestionemos y no al revés.