Belleza matinal

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Despertó con un ligero hormigueo en el brazo y sonrió al pensar que bien valía por tener la cabeza de ella tan cerca de él. Vio que su lado estaba vacío y una sensación de tristeza le invadió, pero sus ropas, sus zapatos,…, todo estaba desperdigado por la habitación. ¿Dónde estaría?

Comprobó que faltaba su jersey azul, el mismo que no le había dejado cuando Ella replicó que le haría frío por el pasillo con su fina camisa. No pretendió ser descortés, ¡cómo le gustaba esa camisa en ella! Sus botones traicioneros y… no se le ocurría otra prenda con la que estuviera tan seductora como aquella noche. Percibió sonidos al fondo del pasillo y encaminó hacia allí sus pasos, sigiloso se asomó a la cocina.

¿Qué le pasaba? Tenía la mente en blanco, paralizado ante la imagen que tenía delante. Unos pies pequeños y descalzos, unas piernas bien torneadas… y una melena ondulada y despeinada que caía sobre su grácil figura cubierta con el jersey azul. Daría todo por parar el tiempo en ese instante o, como mucho, unos segundos después, cuando Ella se volviera y le mirara con esos preciosos ojos negros…

De repente, los aplausos resonaron en el salón y se encendieron las luces. Allí estaba Ella, tan profesional, tan hermosa,… tan lejos en el escenario como lejana en el tiempo esa aún nítida imagen suya…

Hormiga

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Pequeña, muy pequeña, mínima. Así se sentía. Cansada, agotada, con un peso enorme. Así se sentía. Ella era una simple hormiguita a la que nadie veía, insignificante. Una hormiguita que aceptaba todo comentario de su poca valía, de su poca importancia en la vida. Así se sentía y así se veía. Ningún esfuerzo era meritorio, toda equivocación era esperada. Ningún logro era merecido sino cosa del azar. No era nada y se lo creyó.

Así siguió viviendo una gran temporada, cargando un peso que era 6 veces mayor que ella. Acatando premisas de otros que la desmotivaban. No era nadie, no era nada. Una simple hormiga que nadie tenía en cuenta. Llegó un día que ni tenía miedo a que la pisaran, a que le dijeran que era una indefensa hormiga. No era nadie, no era nada. Era prescindible, absolutamente prescindible. Si bien, quien la hacía sentir pequeña, le decía que era lo más grande que tenía. Ironía en sus palabras.

Quien disfrutaba de verla empequeñecida, necesitando su ayuda, su aprobación, su apoyo pese a no ser nada, no la quería bien. Bueno, no la quería. Se quiere o no se quiere. Nadie quiere mal, ni a su manera. Cuando se quiere, se quiere y se hace al otro más grande, más hermoso, más válido, aunque el otro ya lo sea. Cuando se quiere, uno acepta defectos y aptitudes. Pero en su caso, sólo se veían sus defectos. Tenía suerte de que la quisieran.

Hasta que un día, vio su reflejo. Se vio con esa carga enorme que no le correspondía. Se vio pudiendo con esa carga, pese a ser esa hormiguita enclenque que decían. Si podía con ese peso, era fuerte. Era más de lo que creía. Era más de lo que le habían hecho creer. Tenía que cambiar, todo estaba en su mano.

Dejó su peso, buscó sus orígenes. Se alejó de quien le hacía sentir agradecida de su atención. Abrió su mente y se lanzó al mundo. Confió en sus decisiones, dejó a quienes le decían que ella no podía decidir. Se sintió libre y se encontró. Dejó de ser una hormiga y volvió a ser ella.

La maldición se había acabado.

No sólo un sueño

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Volvió a soñar con Ella, a sentir en sueños las mismas sensaciones como si estuviese despierto. Sólo paseaban y Él le decía “sé que no has venido para quedarte, que te marcharás aún sabiendo lo que me haces sentir”. Ni esperaba respuesta, ni la tendría, Ella sólo le miraba unas décimas de segundo para seguir mirando al frente. “Sé que sientes lo mismo y aún así volverás a marcharte. Te tendré sin tenerte nunca, igual que tú me tendrás por siempre”. Media sonrisa se abrió paso en el rosto de Ella para desaparecer.

Volvía a estar solo, pero esa sensación vívida sentida a su lado permanecía. Ella le había enseñado a reconocer el verdadero amor, el puro, el que no corta las alas, el que respeta la libertad del otro y el que sigue presente aún cuando ese amor no puede con las circunstancias.

Ella, una vez, le dijo que encontraría a alguien con quién sería tan feliz como lo fueron los dos, el Destino no permitiría que alguien tan noble y especial se quedase solo, sumido en un Recuerdo. Ese amor se reencarnaría, lo reconocería y llenaría el resto de su Vida. Él sólo quería que tuviese razón, aunque tuviese otro aspecto… el amor que le inspiraría esa nueva alma sería el mismo.

Despertó y no se sintió solo a pesar de su piso vacío, siempre quedarían sus sueños y la promesa de su reencuentro.

Tras la lluvia

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Recuerda, detrás de la tormenta siempre vuelve a salir el Sol”. No duda que sea verdad, de hecho, sabe que es verdad pero ve al Sol muy lejano. Se había marchado al verla. Había sido un impulso idiota haber vuelto allí, dónde sabía que podría encontrarse con Él. Ahora, tenía que enfrentarse a la dura realidad, se había acabado todo.

No se veía capaz de hacer su vida y poder encontrárselo en cualquier calle, al tomar cualquier esquina. No se veía capaz de volver a sus sitios: sus cafeterías, sus parques,… Necesitaba poner tierra de por medio. “¿Qué me retiene aquí?” Podía pedir un traslado en el trabajo, tenía algún ahorro para volver a matricularse en aquella carrera que dejó en ‘stand by’. Aquella no era su ciudad, estaba sola.

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Carta

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Se había despertado con muy buenas sensaciones y ahora estaba disfrutando de la ducha matinal. Le habían dejado levantar para eso y, por tanto, el diagnóstico del médico iba a ser favorable.

Ya aseado y fresco, tumbado sobre su camilla pensó en su querido hijo y lo triste que estaba. Más bien, tenía tristeza pero también sentía la culpa de una decisión tomada. Recordó la cara de su hijo esa misma noche, los ojos se le pusieron acuosos cuando le dijo que no se condenase.

“Y yo en esta habitación…” tenía que ver a su muchachita, a ese ser tan dulce y alegre que llevaba tiempo en su familia. Todos estaban como locos con ella y su hijo también, por eso no entendía la situación actual, qué había cambiado.

“Bueno, Sebastián -dijo el doctor al entrar- he visto las analíticas y gráficas, los puntos van bien, estás respondiendo y esta mañana te has levantado sin problemas, por tanto eres libre de moverte por la habitación y los pasillos. Eso sí, sin cansarte y coger frío. Si te sientes mal, a la cama y avisas a enfermería”.

Bien, no estaría otro día atado y sin saber cómo ponerse. Si cierto es que había estado unas jornadas tan enfermo que ni se daba cuenta de dónde estaba y el cuerpo no le dolía del colchón. “Si no paro es que estoy mejorando mucho”. Lo primero que hizo fue ir hacia la cristalera. Había una vista preciosa y a él lo habían tenido alejado de eso por una gruesa cortina. Fue a sentarse en el sillón convertible cuando divisó un montón de papeles rotos y arrugados debajo de un banco. Sería alguna tontería de su guardés nocturno, pues su hijo siempre llevaba encima algo para escribir. Se agachó y recogió el montón.

Incorporándose con gran dolor, se dejó caer en el sillón y empezó a juntar las piezas. “Necesito decirte tantas cosas…” eso mostraban los tres primeros trozos. “Es una carta para Ella, anoche debió volcar todo lo que siente…” Piensa que con esa carta se podía arreglar todo, ¿qué hacía rota?. Necesitaba saber realmente que había pasado entre esos dos y si la carta podría jugar un papel importante.

Siente la puerta, oye los pasos inconfundibles de su mujer. Esconde lo que queda de carta en el bolsillo de su bata y sonríe algo forzado. “¿Qué estás tramando, Sebas? tu gesto te delata”. ¿Se lo cuenta? No, aún no. Como si de un niño se tratara le dice que es un secreto pero que si le trae celofán, unos sobres y algún folio se lo contará. Su plan está en marcha…