Me espero

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Con esas dos palabras, mi vecina (10 años) dió por finalizado el tema y me hizo sentir orgullosa de su madurez.

Hace un año se hizo un perfil de Facebook. El nombre de su prima, sus apellidos al revés y su cumpleaños con el año justo para tener los 18 requeridos. Este verano, me pidió el móvil para entrar en su correo (uno al que los profes puedan recurrir, en un futuro, para mandar problemas y lecciones) y, de paso, en Facebook. Le pregunté que si lo sabían sus padres y si ella era responsable de no aceptar solicitudes de gente desconocida. A lo primero, me respondió que no lo sabían pero que tenía agregado a su primo más mayor y él estaba pendiente. A lo segundo, me dijo “nadie sabe que, en realidad, tengo 9 años”.

Después, empecé la charla sobre la inseguridad cibernética, ser responsable, no chatear porque sí, no poner cosas ofensivas, no aceptar nada si no procedía de un conocido (y aún así),… Resumiendo, que las redes sociales hay que saber utilizarlas y ella no debería estar en Facebook (y menos, mintiendo sobre su edad). Ahí quedó el tema pero no lo desactivó.

Hace dos semanas, vino a mi casa para jugar un rato y, como no, perseguir a mis gatitos. Vio mi teléfono nuevo y me dijo que si lo podía ver. Se lo dejé pues es muy cuidadosa. Al poco, pregunta si la dejo entrar en su Facebook pues lleva un tiempo sin mirarlo (afortunadamente, sus padres no han puesto ADSL en el pueblo para que no entre en la red). Le di el visto bueno porque, así, yo podía verla en acción.

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Tempos y momentos

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Ayer tarde, me puse a pensar sobre el tema a abordar en esta entrada. Sin embargo, mis dedos no comenzaban a teclear, estaba completamente en blanco. Es decir, no había nada que fluyera. Todas mis entradas anteriores, así como las frases que publico por Twitter, textos que comparto por Outlook con mis amigos,… todo eso es fruto de una falta absoluta de plan o guión. Surgen de la improvisación, en ese momento puntual.

Veréis, desde hace un tiempo tengo un sistema del que me fío casi al 100%. Siempre que escribo un e-mail y no soy capaz de enviarlo al primer intento, es que no tengo que mandarlo. Alguna vez que lo hice, contradiciendo a mi instinto, metí la pata. Así que, si me pongo delante de una pantalla en blanco y no empiezo a teclear, es que no es mi día.

Por todo esto y por una conversación que tuve anoche, he decidido hablar de “momentos”. Me explico, ¿alguna vez habéis intentando solucionar algo lo más rápido posible pero no ser capaces de encontrar el momento adecuado? Pues de eso se trata, ¿habéis pensado en el por qué?. Bueno, pues yo tengo otra teoría para ésto y está relacionada, ni más ni menos, que con el wu wei o “acción no forzada”. ¿Os suena?.

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