Morfeo y yo

Hoy escribo sobre mi relación con Morfeo. Una relación curiosa, necesaria y muy parecida a la de dos amantes.

Esta semana, por ejemplo, está conmigo a todas horas, no se cansa de mí  y yo me rindo a sus fornidos brazos y su acogedor pecho. Da igual lo que esté haciendo o tenga que hacer. Me mira con esos ojos golositos y acaba con todas mis defensas, mis intentos de mantenerme despierta.

Igual que esta semana estoy rendida en sus brazos; muchas tardes o mañanas, estando fuera: con los amigos, con mis padres, de paseo, comiendo… lo diviso y quiero correr rauda a sus brazos. Si bien no es momento. Suelo engañarnos con un cafetito o té bien cargado (alguien me dijo que una manzana tiene el mismo efecto energético, pero me siento un poco Eva, jeje) y le susurro al oído que, al llegar a casa, nos abandonaremos los dos y, juntos, mantendremos a Dolor a raya y sostendremos mi mundo.

 

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(Juliet Doherty)

Por las mañanas, siempre está ahí hasta media mañana. Me despierto para tomar la medicación pero me acompaña en lo que me hace efecto. Por la tarde, dormimos la siesta casi siempre. Esas dos horitas desde las tres de la tarde son casi sagradas para nosotros, en nuestro sofá. Aunque hay días, como esta semana, en la que no se quiere ir y me acuna durante horas, ahuyentando a Dolor.

Lleva un tiempo que no permite que Dolor se meta en mis sueños, hace un tiempo que vuelve a arroparme si me despierto por el dolor en algún punto de mi cuerpo o en varios. Me acaricia la cabeza y me tranquiliza, esos dolores no impedirán que descansemos.

No obstante, hay días que tengo que pasar de su amorosa mirada si tengo que hacer cosas, si he quedado con alguien, si tengo que ir a alguna consulta. Y, entonces, me siento desamparada, dolorida y somnolienta, pues me falta. Incluso mi gesto se vuelve triste y mis ojos pierden su brillo o brillan como si tuviera ganas de llorar. Le echo de menos, quiero refugiarme en sus brazos pero no puedo. Y no rindo bien, como una tonta enamorada que se abandona a la ilusión, en vez de centrarse en sus tareas.

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(Semenikhina Thais por Darian Volkova)

No obstante, por la noche… Por la noche me cuesta hacerle caso. ¿Por qué? Porque siempre he sido búho y porque en la cama duermo muy mal. Hace apenas un año, mis dolores matutinos eran un horror, eran tan abrumadores, tan paralizantes, tan insoportables que yo no quería irme a dormir porque Dolor, al día siguiente, iba a ser más fuerte. Morfeo no me entendía, lo espantaba no haciéndole caso, leyendo, escribiendo, no tomando mis pastillas para inducir el sueño… O muchas veces, Dolor se encargaba de que esas pastillas no tuvieran efecto y yo me quedase con el dolor físico y el cansancio psicológico que ya tenía. Era como el típico ex que te amenaza si no vuelves con él y/o rehaces tu vida. ¿Me iba con Morfeo para aguantar la ira de Dolor al día siguiente o me quedaba en vela con Él? Era una relación muy tóxica y me pasaba todo el día apagada, con sueño, con dolor, arrastrando mi agotamiento por la casa, por las calles, sin poder concentrarme en nada, sin quedarme con las palabras de mis amigos, …, un fantasma en vida. Y Morfeo solo venía en los momentos en los que me veía caer de puro agotamiento.

Por suerte, me recetaron clonazepam y, poquito a poco, mis piernas por la mañana no estaban tan pesadas, mis dolores en las caderas, la caja torácica, las rodillas, …, era mucho menor que antes y casi me levantaba de un salto, incrédula. Sigo durmiendo mejor en el sofá que en la cama, pero ya no me da miedo irme con Morfeo por las noches, abandonarme a él, ya sea en el sofá o en la cama (con mi legión de cojines para hacer de respaldo). Y Morfeo, por las noches, ya no está de guardia… sabe que no me despertaré entre sueños como antes. Se queda cerca por si alguna noche ocurre que el Dolor viene a rondarme. Pero ya duermo como toda persona con dolor crónico debería dormir: de una forma abandonada, confiada y viendo/viviendo el sueño como una forma de recargar pilas, coger fuerzas para el día siguiente y disfrutar de unas reparadoras horas. Teniendo una tregua con el Dolor, como Mayuko Nihei en esta foto de Carlos Quezada.

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Para concluir: el sueño en el paciente con dolor crónico es esencial, ya se consiga con inductores del sueño, por puro agotamiento, con relajantes musculares o técnicas de relajación antes de ir a dormir. (Cada maestrillo tiene su librillo). Y, por favor, si vivís con un aquejado por dolor crónico dejarle dormir donde esté, no le molestéis para llevarlo a su cama, porque puede que duerma mejor donde está. No creáis que la cama es lo más cómodo para todo el mundo. Dentro del dolor crónico, los pacientes somos todo un crisol respecto al origen del dolor crónico y cada paciente debe buscar sus técnicas y la ayuda necesaria para descansar del dolor que nos atenaza cada día. Si cada persona es un mundo, cada paciente también. Cada uno tenemos nuestros horarios, nuestras costumbres, nuestros tempos y, los demás, debemos respetarlo y hacerle la vida más sencilla.

Respetad nuestros tempos, nuestro sueño. Amigos y familiares, no nos llaméis en las horas en las que sabéis que no estaremos disponibles sino abandonados a ese mundo onírico, mundo en el que todo es posible y Dolor entra pocas veces o ninguna. Poneros en nuestro lugar, aunque eso sea complicado, pero intentadlo.

Este relato trata sobre mi relación con el sueño y el dolor. Como veréis, mis horas activas son pocas, aunque variables. Y aún hoy, tras 7 años de padecerlo… tengo que recordar a mis padres que me dejen dormir donde me encuentren, que no se empeñen en levantarme antes de la hora si no hay necesidad (cita médica, por ejemplo) porque eso va a repercutir en todo mi día. Y aún hoy, tengo que escuchar el “Laura, a la cama”  a la una de la madrugada cuando estoy escribiendo, buscando información o con los ojos como platos porque tengo un dolor tremendo y Morfeo no ha llegado a nuestra cita.

Gracias por la lectura.

 

 

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El chico del tren

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Hace no demasiados años, existía un tren (varios), denominado “el Borreguero”, con asientos de madera, redes prendidas al techo para llevar el equipaje sobre las cabezas…, cuya tarea era llevar a los jóvenes de 21 años desde sus provincias o partidos judiciales (donde estuviera su cuartel) a sus destinos para cumplir el servicio militar. Eran viajes que duraban, por lo general, días.

En uno de ellos, con más días de camino por delante, iba un muchacho de apenas 21 años que no pensaba en su destino sino en que, la noche anterior, había conseguido la promesa de un baile por parte de una esquiva chiquilla. Serían 15 meses mínimo y estaba convencido de que le esperaría, aunque le hubiera rechazado varias veces ya.

Después de su periplo por África, regresó y se arregló para ir a por su baile. La divisó en la discoteca, con su grupo de amigos. Nunca le habían dejado pertenecer por ser más pequeño. Tocó el hombro de la muchacha y le dijo “me debes un baile, he vuelto”. Ella soltó un suspiro y le dijo que cumplía las promesas. Bailaron y, ocho meses después, se dieron el “sí, quiero”. No se había equivocado cuando, a los 16 años, se cruzó con ella en el hospital tras ir ambos, sin saberlo, a ver al mismo bebé.

Montaron un negocio, comenzaron a prosperar, darse caprichos y, pronto, esperaban a su primer hijo. No podían ser más felices. Hasta que un día de marzo, el feto murió y ella casi pierde la vida entre gritos, lágrimas y dolores. Aquello los unió aún más. Un año y dos meses después, volvía a repetirse la historia. Su esposa se moría de dolores, sin dilatar y su esperada hijita se apagaba. No podía creerlo.

Quiso el destino que el doctor que la reconoció en su día, pasara por allí y le practicara una cesárea de urgencia. Ya eran tres y él no podía casi reaccionar, ¡qué miedo había pasado! Estaba tan en las nubes que le compró un chupete y un ratón, en vez de un biberón.

Llegó la primera Navidad, había que hacerle su primer regalo y tuvo una idea: ¿qué mejor que un scalextric, un tren rojo y verde? Todos le rieron la ocurrencia, sus sobrinos de 9 (aquel bebé), 7 y 6 años se lo agradecieron bastante. ¿Y la bebé?

Ella aún conserva un vagón rojo entre sus juguetes infantiles.

A mi padre

¿Sólo un juguete?

La noche se le hacía eterna, estaba cansada de dormir. No podía abrir los ojos aún, pero sentía que un rayito de luz se colaba por una rendija.

Despertó y se encontró con esos ojos amables en los que podía ver su propio reflejo. Comenzaba la rutina, él le eligió un vestido precioso, como cualquiera de los que tenía. Aunque hoy le apetecía ir de rojo, no de verde. ¡Ojalá pudiera decírselo! El verde no estaba nada mal, pensó.

Le repasó el maquillaje y, al ver su sonrisa, supo que estaría preciosa, causaría sensación. Sin embargo, la dejó sentada delante de un espejo y, al verse, pensó que algo de colorete o un poquito de color en los labios le favorecería. Emitió un pequeño suspiro, ¡ojalá pudiera arreglarse ella!

Aunque no tenía razón para quejarse por detalles tan nimios como de qué forma ir vestida o maquillada, él estaba contento con ella y ella era feliz, ¿no? Había escuchado que si dudabas sobre tu felicidad, algo iba mal. Apartó ese pensamiento, era feliz, ¡Y era todo gracias a él!

Pasado un tiempo, él volvió arreglado, elegante y emanando una seguridad que no todos tenían. Hoy bordaría su actuación, no había duda. Sólo esperaba estar a la altura. ¿Podría equivocarse y hacerle sentir vergüenza? Imposible, sabía qué decir, estaba marcado en el guión.

Sintió su abrazo y cómo la reconfortaba, notó la aprobación en su cara y se sintió plena. La cuenta atrás comenzaba. Se abrió el telón y observó como todos sonreían; sus palabras salían al ritmo de las paradas de él, no olvidó nada de su texto. Todos reían, aplaudían y ella se sintió feliz otra vez.

Se apagaron los focos, podía notar el orgullo en la cara de su compañero pero, al llegar al camerino, su gesto se volvió serio. No le dijo “buen trabajo” o “estoy orgulloso de ti”. Hacía mucho que no se lo decía y comenzó a sentirse triste.

Sonó una melodía conocida y observó como él tecleaba sin parar, sonreía. Sólo significaba una cosa: se iría como otras tantas noches y la dejaría sola.

Le puso su modesto camisón, le lavó la cara para no dejar restos de maquillaje y la metió en la cama. Aunque… no sabía si podía llamar cama a una caja donde la dejaría prisionera hasta la próxima función.

¿No habría nada más en la vida de una marioneta?

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